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La aventura española de James Baldwin, “un furibundo invertido”, según la censura

El escritor negro, reivindicado en los EE UU de Trump, fue jurado del Premio Formentor y amante de Gil de Biedma

James Baldwin, en Formentor, en mayo de 1962.
James Baldwin, en Formentor, en mayo de 1962.

“No soy pesimista, sigo vivo”, dice James Baldwin (1924-1987) en el documental I Am Not Your Negro, de Raoul Peck, en el que el escritor y activista afroamericano recuerda los asesinatos de sus amigos Malcom X, Medgar Evers y Martin Luther King, acribillados a balazos antes de que cumplieran los 40. Baldwin vive desde hace dos años un espectacular revival en los EE UU de las mentiras sistematizadas de Trump y del rencor racista derivado de la crisis, del triunfo de Obama y de la ansiedad de saber que en dos generaciones la población blanca será minoritaria. El 9 de septiembre el Festival de Toronto acogió con elogios If Beale Street Could Talk, la adaptación que Barry Jenkins, ganador del Oscar al mejor filme con Moonlight, ha hecho de la quinta novela de Baldwin, una historia de amor de una pareja atrapada en la telaraña de la violencia policial y la injusticia institucionalizada.

Hoy, como ayer, la narrativa estadounidense no puede entenderse sin haber leído a Baldwin o Ralph Ellison, el Kafka negro. Y las editoriales españolas también se han apuntado a la recuperación de Baldwin con nuevas traducciones de sus libros. La última, Otro país, en Tres Puntos.

El escritor conoció España, cuando, autoexiliado en París desde 1948, viajó al país en 1954 huyendo de sus deudas, aunque la visita que le dejó más huella ocurrió en 1962. Fue invitado por la editorial Grove a participar como jurado en los premios que los principales editores internacionales engagés concedían en Formentor (Mallorca), una idea de Jaime Salinas que Carlos Barral rápidamente llevó a cabo. El año anterior, el premio había significado el punto de inicio de la carrera del hasta entonces desconocido Borges.

Talentos

En 1962, el hotel mallorquín acogía una impresionante reunión de talento: Moravia, Calvino, Henry Miller, Octavio Paz, Hans Magnus Enzensberger, Jean Paulhan, Roger Caillois, Gabriel Ferrater, Michel Butor… Baldwin no pudo llegar el día de la inauguración, el 29 de abril, porque había sido invitado por Kennedy a una cena en la Casa Blanca de homenaje a los premios Nobel. Faulkner excusó su asistencia: “No voy a hacer miles de millas sólo para comer”.

Cuando por fin llegó a Formentor, aún con la excitación de la cena presidencial, improvisó una breve y entusiasta loa al libro Ship of Fools, de Katherine Anne Porter, con quien había coincidido en la Casa Blanca. Miller defendía a John Cowper Powys y le molestó que Baldwin no le secundara. Hubiera sido inútil porque Moravia impuso el premio a La edad del malestar de Dacia Maraini (su nuevo amor, tras Elsa Morante), con el escándalo de los jurados del norte de Europa, no acostumbrados a las componendas latinas. El premio Internacional fue para Uwe Johnson, que batió por 5 a 2 a Reloj sin manecillas, de Carson McCullers. “Está por escribir la historia de las deliberaciones mantenidas en Formentor”, explica Basilio Baltasar, artífice de la resurrección del galardón, que la próxima semana recibirá en Mallorca el escritor rumano Mircea Cartarescu. “Bajo sus buenas y cultas maneras, los editores y miembros del jurado batallaban ferozmente por sus candidatos. John Rechy cree que su libro (La ciudad de la noche, postulada por Grove Press) fue maltratado por ‘el editor español’. Es probable que Carlos Barral expresara sus temores ante la posibilidad de presentar a la censura la epopeya literaria de un joven chapero”.

Jaime Gil de Biedma, en Londres en 1950.
Jaime Gil de Biedma, en Londres en 1950.

Aunque se ha escrito que Baldwin conoció en Formentor a Jaime Gil de Biedma, no fue así. “No recuerdo a Jaime aquel año”, dice Montserrat Sabater, ayudante de Barral. En sus diarios, el poeta fija su primer encuentro el 14 de mayo, en Barcelona: “La vida, desde el lunes, en que conocí a Jimmy Baldwin, ha sido tan agitada que hoy me encuentro en un estado de verdadero agotamiento moral y físico, agravado por la torpeza intelectual que trae consigo un régimen alcohólico como el que he venido siguiendo”.

Andreu Jaume, editor de los diarios y las cartas del poeta, dice que Gil de Biedma alojó a Baldwin en su sótano de la calle Muntaner, —“más negro que mi reputación”, lo definía— y vivieron siete días frenéticos junto con Luis Marquesán. Según contó este al biógrafo Miguel Dalmau, fueron a los merenderos de Montjuïc, donde vieron el paisaje de la miseria, las chabolas en desorden por la falda de la montaña, pero pasó algo más. La semana ebria con el novelista culminó en el poeta una crisis larvada en los últimos meses que entraba en una fase virulenta. “Por qué huyo y de qué, creo que lo ignoro”, escribe. “Quizá —se responde— de alguna decisión moral: en el fondo de mi conciencia parece serpear la insinuación de que soy un cobarde. Y no puedo decir si es verdad”.

Gil de Biedma había leído en inglés El cuarto de Giovanni, el segundo libro de Baldwin, donde afrontaba la aceptación de su bisexualidad, una cuestión que torturaba al poeta. “Un chico bajito, feo, negro, nacido en Harlem, y homosexual, que tiene que trabajar de niño para alimentar a su familia” era la historia de Baldwin. Gil de Biedma, burgués ilustrado e izquierdista, se arrodillaba llorando enternecido ante el activista.

El 24 de mayo, Gil de Biedma escribió un poema dedicado a Baldwin que se había ido el 20 a Lisboa, de vuelta a EE UU: “Todo fue hace unos minutos: dos amigos/ hemos visto tu rostro terriblemente serio/ queriendo sonreír”. Y el 20 de junio prosigue: “A solas con tu imagen, / cada cual se conoce por este sentimiento/ de cansancio, que es dulce —como un brillo de lágrimas/ que empaña la memoria de estos días, / esta extraña semana— Y el mal que nos hacemos, / como el que a ti te hicimos”.

En los archivos de Baldwin no hay mención a Gil de Biedma ni cartas entre los dos. Dalmau dice que en la biblioteca del poeta hay un ejemplar de la biografía de Baldwin Talking at the Gates, de James Campbell, publicada en 1991. Juan Marsé comenta que conoció a Baldwin en París por medio del traductor Coindreau. “Leí —dice— El cuarto de Giovanni y Jaime hablaba a menudo de la obra de Baldwin como la de un buen escritor”.

James Baldwin y Hans Magnus Enzensberger (en primer plano, a la derecha), en Formentor, en mayo de 1962. ampliar foto
James Baldwin y Hans Magnus Enzensberger (en primer plano, a la derecha), en Formentor, en mayo de 1962.

Baldwin era negro y gay. ¿Hubo en la izquierda prejuicios? Marsé cree que no, aunque a Gil de Biedma le fue negado el carnet del partido comunista por ser homosexual y una conferencia de Pasolini en Barcelona fue silenciada porque “no conviene que al partido le identifiquen con los maricas”, contaba José Agustín Goytisolo. Por otra parte, los intelectuales tenían bula para contratar los servicios sexuales de menores de edad de países subdesarrollados.

Gabriel Ferrater conoció a Baldwin en Formentor. Según Jordi Cornudella, que acaba de publicar una edición crítica de Les dones i els dies, Ferrater comenta en la solapa de Nadie sabe mi nombre, ensayos de Baldwin que tradujo para Lumen, que El cuarto de Giovanni es una “novela mediocre”.

Jordi Cornellà-Detrell ha documentado la censura franquista a las obras de Baldwin, que impidió que fuera bien leído en España. Entre las perlas: “La obra es un auténtico engendro propio para el solaz y recreo de mentalidades psicopáticas” o “el autor es un furibundo invertido”. Las ediciones argentinas que llegaban a España no contribuyeron a que ganara lectores. “Take a lean” (orinar) era convertido en “tomar una copa”. No sólo se suprimían los “shit”, “motherfucker”, etc., sino que frases tan explícitas como “She ever gave you a blowjob?” se convertían en un inverosímil “¿Nunca te ha engañado?”.

Franco, ejemplo de criminal impune

James Baldwin repite en varias de sus novelas personajes que hablan de España como su país ideal para vivir, si no fuera por su pobreza. Él había visto a la policía política interrogar en Formentor de madrugada a los editores Giulio Einaudi y Carlos Barral.

En Another Country (1962), uno de los personajes tilda de ingenua la idea de vivir en la “exótica” España sin contar con lo que representa la dictadura de Francisco Franco.

“Ah, Franco es gilipollas, no cuenta”, responde el aludido y la réplica es tajante: “¿Crees que todos los uniformes que ayudamos a pagar a Franco se pasean por Espana sólo por placer? ¿Crees que no hay balas de verdad en la pistola?”.

Años después James Baldwin pondría a Francisco Franco como ejemplo del criminal que no fue llevado ante ningún tribunal moral de Occidente.