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Ángel Bados, Premio Nacional de Artes Plásticas 2018

El escultor vasco considera el galardón un homenaje a los que no ganan nada

'Cabeza I' (2012), de Ángel Bados
'Cabeza I' (2012), de Ángel Bados

A Ángel Bados (Olazagutia, Navarra, 1945) no le gustan mucho los premios. El Gure Artea, el más importante en el contexto vasco, el suyo, lo ha rehuido varias veces. De hecho, no le gusta nada que tenga que ver con las convenciones de lo artístico. Por eso enmarca el Premio Nacional de Artes Plásticas 2018, otorgado por el Ministerio de Cultura y dotado con 30.000 euros, en las necesidades de ese orden simbólico que rige el arte. El sistema, la cáscara, el escenario. El mainstream. “Vivimos en una época de solución, donde nada permanece. Por eso proliferan los premios. Pero no es fácil entender un premio cuando hay tanta gente trabajando que se queda sin reconocimiento. Así es que mi premio Nacional de Artes Plásticas es un homenaje a todos los artistas que no lo recibieron”, dice. Recordamos a Rosa Queralt al hilo de las ausencias y habla con silencios mientras explica que la cosa le ha cogido tomando un vino y unas aceitunas. “Menos mal”, exclama. Pocos artistas hay tan poliédricos en el campo del arte contemporáneo y que tanto merezcan este reconocimiento.

Con el tiempo ha conseguido lo que hacen pocos: tener un aplauso intergeneracional y el mejor de los consensos entre los críticos. A ello ha contribuido un trabajo escultórico excepcional dentro de la llamada “nueva escultura vasca”, no exenta de controversia ya en los ochenta, y su vocación docente como profesor, primero en Pamplona y luego en Bilbao. En San Sebastián y en Arteleku, junto a Txomin Badiola, abrió camino a mediados de los noventa a las ideas de una generación de artistas del País Vasco con proyectos importantes este año: Itziar Okariz, Sergio Prego, Jon Mikel Euba y Ana Laura Aláez, entre otros, aunque su estela llega hoy a artistas mucho más jóvenes como June Crespo. El suyo es un trabajo que reclama tiempo y discusión, un material escultórico que Bados modela con las manos aunque suele resolverse fuera de ellas, en la pura contingencia, entre el sinsentido y la anarquía, y con la ayuda de la fe que otorga el trabajo diario. Sus obras releen el pasado y escriben el futuro, con toda la contradicción que supone eso. El pensamiento de Beuys y Oteiza en su horizonte lejano, y la cultura árabe, en tejido y símbolo, en el cercano.

El jurado, formado por la artista Ángela de la Cruz, la catedrática de arte contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid Estrella de Diego, los comisarios Blanca de la Torre, Javier Montes y Ángel Calvo Ulloa y los directores de museos Ferran Barenblit y Karin Ohlenschläger, ha dado en el clavo, porque era, sin duda, su momento.

Durante mucho tiempo había elegido una no visibilidad a conciencia, rehuyendo de la escena pública y las exposiciones, pero en 2013 había abierto la puerta de sus últimos trabajos a varias galerías, Moisés Pérez de Albéniz en Madrid, quien ya prepara una nueva entrega para la temporada 2019-2020, y Carreras Múgica en Bilbao. En última muestra allí el año pasado, Para ambos lados de la frontera, tenía ya clara su posición: “Soy lo que soy y tengo mi propia ley (...) Podéis bajarme del pedestal al que me alzasteis o intercambiarme con otros objetos, pero bien sabéis que, antes y después de vuestras aventuras, solo yo puedo hacer ese material carne enamorada, para así dar cuerpo al tiempo de la duración. Y bien estaría que al ser estos los atributos simbólicos de la cualidad espacial que me adjudicáis los cuidarais con esmero”. Con el permiso de Oteiza, enhorabuena.