Otro pasaje del terror
Desde que James Wan apareciera en un paisaje creativo adocenado, el terror ha experimentado una veloz sofisticación: ahora a sus filmes se les transparenta la mecánica

LA MONJA
Dirección: Corin Hardy.
Intérpretes: Taissa Farmiga, Demiám Bichir, Jonas Bloquet, Bonnie Aarosn.
Género: terror. Estados Unidos, 2018.
Duración: 96 minutos.
No se le puede negar la ambición a James Wan, autor que, tras consolidarse como renovador del cine de terror estadounidense equilibrando un sólido conocimiento de la tradición y un eficaz y generoso uso de la pirotecnia de los golpes de efecto, se dispuso a crear, a partir del éxito de Expediente Warren: The Conjuring (2013), una suerte de universo ficcional compartido entre varias franquicias. Tras las dos películas centradas en la muñeca Annabelle –hay una tercera en preproducción-, Wan abre con La monja un nuevo afluente derivado de las andanzas de la pareja de parapsicólogos formada por Lorraine y Ed Warren: el personaje del título tenía su primera aparición en el prólogo de Expediente Warren: el caso Enfield (2016), con el matrimonio en plena lidia con el célebre asunto de Amityville -¿querrá construir la saga el mapamundi de la memoria parapsicológica mundial?-. Esta entrega, subordinada al tronco principal de este universo narrativo intrincado sólo en apariencia, se dispone a revelar el origen de esa fuerza oscura.
No obstante, desde que Wan hiciera su aparición en un paisaje creativo bastante adocenado, el género de terror ha experimentado una veloz sofisticación de formas y planteamientos que, de manera inevitable, proyecta una luz algo severa sobre las propuestas del cineasta-productor, que, en el fondo, no son más que sofisticados –y ruidosos- pasajes del terror a los que se les empieza a transparentar la mecánica. Un convento rumano levantado sobre una puerta avernal es el enclave elegido para la auténtica montaña rusa de sustos que propone esta atracción, cuya vagoneta principal está ocupada por una joven novicia (Taissa Farmiga) y por un tópico de reciente cuño, el exorcista con niño muerto dentro de su carga de culpa que actúa como una suerte de rudo agente especializado del Vaticano (Demián Bichir).
Corin Hardy, director reclutado con tan solo una ópera prima a sus espaldas –The Hallow (2015)- parece haber dado con unas escasas secuencias eficaces –el suicidio inicial, el repiqueteo de campanillas en el cementerio- por azar, porque su manera de afrontar esta película parece seguir un único norte: disparar sustos elementales como cañonazos.
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