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La bondad de los extraños

Sobresaliente retrato del personaje que encarna Paulina García y modesta mirada a los provisionales momentos de plenitud que, en ocasiones, proporciona el azar

La novia del desierto
Paulina García, en 'La novia del desierto'.

LA NOVIA DEL DESIERTO

Dirección: Cecilia Atán y Valeria Pivato.

Intérpretes: Paulina García, Claudio Rissi, Martín Slipak, Susana Pampín.

Género: road movie. Argentina, 2017.

Duración: 78 minutos.

Sobre el lugar donde supuestamente se encontró el cadáver de Deolinda Correa, con su hijo abrazado a unos pechos que aún daban leche, levantó el pueblo un santuario consagrado al culto de una santa a la que jamás canonizaría la Iglesia. Situado a algo más de mil kilómetros de Buenos Aires, el santuario de la Difunta Correa es una crucial estación de paso en el viaje que narra La novia del desierto, primer largometraje dirigido por Cecilia Atán y Valeria Pivato, y funciona como perfecto espacio simbólico para entender el espíritu de una película que parece poseer una fe inquebrantable no en lo religioso, sino en la bondad de los extraños. El Gringo, personaje importante en el relato, cuenta en una secuencia cómo el santuario de la Difunta Correa le transformó, sin que se diera cuenta, en un creyente: tras años de instalar un puesto de mercadillo en la zona de culto, entendió que, a fin de cuentas, resultaba evidente que esa muerta de pechos lactantes proporcionaba a sus fieles algo tan irrebatible como la esperanza.

El comienzo de La novia del desierto demuestra que un mero cambio de plano puede dar una fiel idea del afecto que rige la mirada del tándem de cineastas: un amplísimo plano general muestra a un grupo de viajeros caminando por una carretera bajo el sol inclemente, después de que un accidente les haya obligado a abandonar el autobús en el que viajaban. La siguiente imagen se centra en la protagonista y la mujer que conversa con ella acerca de cuestiones de fe. El cambio de plano es un cálido abrazo a la frágil heroína de esta historia, Teresa Godoy –interpretada por la Paulina García que deslumbró, en clave completamente distinta, en Gloria (2013), de Sebastián Lelio-, una empleada de hogar que se dirige a su nuevo destino y que, fácil es deducirlo, está recorriendo el único paisaje de tránsito de su vida entre una prisión vital y otra. La película es un sobresaliente retrato de ese personaje y una modesta mirada a los provisionales momentos de plenitud que, en ocasiones, proporciona el azar.

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