El último caso de Ricardo Piglia

El autor, fallecido el año pasado a causa de la ELA, dictó varios relatos policiacos póstumos que completó con la ayuda de un software de escritura con la mirada. ‘La resolución’, que aquí ve la luz, es uno de ellos

Fernando Vicente (EL PAÍS)

Vamos a analizar un caso y tratar de sintetizar el modo de trabajar de Croce. Quiero destacar dos aspectos en el sistema de investigación del comisario. Primero, su extraordinaria capacidad de observación. Actúa como un rastreador, uno de los saberes básicos en el campo argentino es la capacidad de seguir rastros y de leer signos y pistas. Por ejemplo, con solo morder una brizna de pasto, por el sabor del yuyo, Croce es capaz de identificar con exactitud en qué estancia y en qué zona de la pampa está. Sabe leer detalles mínimos y sus observaciones son de tal exactitud que asombran.

Más información
La construcción de un mito de la literatura policial

Su segunda virtud es la deducción arriesgada, su talento para lo que los lógicos llaman las inferencias hipotéticas, una disposición casi adivinatoria para sacar conclusiones conjeturales y seguir esas conclusiones inciertas hasta el final, o lo que Croce llama sus corazonadas o pálpitos.

Otra gran cualidad de Croce, como se verá en este caso, es su posibilidad de pensar con las categorías de su rival, pensar con la cabeza del asesino, y seguir conceptualmente sus pasos (mentales). Esa intuición para razonar como si fuera otro es una clave en este problema. Veamos este caso ejemplar de Croce.

Un banquero fue asesinado en su casa de campo.

Croce recibió una carta de la jefatura en la que le pedían ayuda para resolver el asesinato de Torres, cuyo cadáver había sido encontrado en su casa que daba a la laguna. 

El cuento lo protagoniza
su célebre comisario Croce

Además de tener amplios conocimientos sobre la zona (completos y detallados), Croce verifica que la noche anterior ha llovido después de un mes de sequía. Un poco antes de llegar a la dirección dada, baja de su auto y hace un trecho a pie. Observa así las roderas de un carruaje en el barro, delante de la casa donde se ha cometido el crimen. La distancia entre las ruedas indica que se trata de un sulky de trote usado en las carreras. Croce me informa que el sulky se destaca por su sencilla construcción y escaso peso, y eso se ve en las marcas dejadas por las ruedas. Croce, que las ha hecho fotografiar, me muestra un ligero desvío, nítido cuando miramos la foto con lupa.

De estos datos, saca la conclusión de que el carruaje llegó probablemente durante la noche y fue abandonado sin que nadie lo vigilara. En ese punto, es probable que una vaga hipótesis haya comenzado a tomar forma en su mente: que el conductor del carruaje está de alguna manera implicado en el asunto. Croce busca otras huellas, observa meticulosamente las pisadas en el sendero que conduce a la casa y distingue, entre otras, medio tapadas y por lo tanto más antiguas, las de dos sujetos, uno con botas con puntera cuadrada y otro con taco fino. Croce deduce que las botas con puntera cuadrada pertenecen a un hombre joven, puesto que atraviesan de una zancada un charco de un metro veinte de ancho, mientras que las otras han dado un rodeo. De esto concluye que dos personas entraron en la casa antes de que lo hiciera nadie más (quizá, por lo tanto, durante la noche). Uno es alto y joven y el otro, por la liviandad de las huellas y por el tipo de calzado, puede ser una mujer. ¿Cuánto pesa?, se pregunta. Unos sesenta kilos, concluye.

Los textos formarán parte de un libro que se publica en septiembre

Croce se encuentra con el casero y le pregunta si alguien ha llegado en auto esa mañana. Don Ruiz, que así se llama, dice que no. Esto confirma la hipótesis de que los dos sujetos llegaron por la noche en un sulky.

Entra en la casa y ve la escena del crimen con el cadáver. De inmediato, encuentra una nueva confirmación: el hombre de las botas con las puntas cuadradas es la víctima. De aquí a imaginar que el asesino es la mujer hay un corto paso, puesto que la víctima debe ser uno de los dos.

En la cara del muerto el asesino dejó una revista mexicana de cómics abierta en la historieta El Zorro y Croce ve en la pared escrita con sangre la letra Z. Me las tengo que ver con un bromista, se dice. Varias veces se ha enfrentado con asesinos cuya perversa pulsión criminal los convierte en chistosos muñecos barrocos que dejan rastros de su demoníaco humor. ¿Está ante un caso como esos o se trata de una pista falsa para desviar la atención? ¿Y si las botas de mujer las calzara un hombre? ¿Un alfeñique de cuerpo enjuto y pies pequeños? ¿Un satírico y malévolo agente o cómico del mal? No es la primera vez que se enfrenta con uno de esos títeres malvados de motivación alegre, un payaso envenenado que se disfraza y urde escenas absurdas para divertirse a costa de las así llamadas fuerzas del orden. ¿Un criminal que apueste al delirio y al desorden? Alguien como yo, piensa Croce, mi doble, mi otro yo que mata por sus razones pero que desafía la ley mofándose de la lógica. Toda esta cadena de asociaciones no le ha llevado a Croce más de un minuto, así que mientras infiere estas hipótesis (un retrato psicológico del posible asesino, digamos) no deja de registrar el cuarto.

Una virtud de Croce es la reducción arriesgada

Croce observa después diversos detalles que le sugieren algunas deducciones: a) El muerto tiene el rostro alterado, con una expresión de odio y de terror. b) De sus labios se desprende un olor ligeramente amargo. El cadáver tiene un profundo tajo en la garganta, como si primero lo hubieran obligado a ingerir veneno y después le hubieran cortado el cuello. c) Como ya vimos, en la pared aparece garabateada con sangre la letra Z. Croce llega de inmediato a la conclusión de que se trata del signo que se asimila al vengador enmascarado de la leyenda y deduce que el motivo del crimen es una venganza, o quieren que él piense eso para desviar las investigaciones, porque nadie en su sano juicio se hubiera tomado el macabro trabajo de usar la sangre del muerto para escribir una letra. No ha usado el dedo. Luego de una rápida requisa encuentra un pincel de los que se usan para dibujar con tinta china caracteres pictográficos del alfabeto chino. Tinta china y caracteres chinos. Ahí hay algo, se dice. d) Encuentra un anillo encima de la víctima. Esto lo lleva a imaginar que tal vez el objeto haya servido para recordarle a la víctima una mujer muerta o lejana. (Croce, además, sabe enseguida, sin decirme por qué, que el anillo ha sido olvidado por el asesino y no dejado deliberadamente). e) En el suelo hay huellas de sangre, pero no hay rastros de lucha. De esto Croce concluye que la sangre pertenece al asesino, dado que sabe que los individuos femeninos son a menudo propensos a sangrar bajo el influjo de una emoción fuerte. Pero todo eso se pudo haber fingido para hacer creer que se trata de una mujer en uno de sus días difíciles. Formula la hipótesis de que el asesino es un hombre vestido de mujer que se ha hecho una herida y que su sangre es una pista falsa. Quiere que yo crea que es una mujer, piensa Croce. Encuentra un bolso de lona que huele a perfume femenino. ¿Habrá traído ahí su ropa de mujer y después de matarlo se disfrazó? Quizá, piensa Croce, todo es confuso y embrollado.

Otra gran cualidad de Croce, como se verá en este caso, es su posibilidad de pensar con las categorías de su rival

Llegado a este punto, Croce pasa a examinar atentamente toda la estancia, ayudado de una lupa y una cinta métrica. a)Observa las huellas de los tacos y mide los pasos y el número de estos. De ello infiere (mediante cálculos que él conoce) la talla de la fingida mujer, y establece que ha recorrido la estancia varias veces de un extremo al otro en una gran agitación, dado que la longitud de sus pasos ha ido aumentando. b)Observa un montoncito de ceniza en el suelo y, por ciertas características, establece que se trata de ceniza de un cigarro Lucky Strike.

Croce va a visitar al policía que ha descubierto el cadáver durante su ronda nocturna y lo interroga. Esto nos da una prueba de que Croce piensa en el cochero como responsable del crimen: le pregunta si al salir de la casa donde encontró a la víctima se cruzó con alguien en el camino y, al enterarse de que ha visto a una mujer, le pregunta si por casualidad llevaba un látigo y si vio un coche. El policía responde negativamente a ambas preguntas y describe a la mujer como alterada y embozada. La apariencia de la mujer hace que el vigilante la deje ir sin problemas. Esto confirma adicionalmente la hipótesis de Croce: el asesino es un hombre vestido de mujer.

—¿No sería un varón? ¿No vio algo raro en la chica que iba sola en ese descampado?

—Negativo, contesta el agente.

En este punto, una vez abandonada la escena del crimen, Croce envía un telegrama. Nunca revela por qué envía el telegrama, pero luego me dice que pidió a La Plata, la ciudad natal de Torres, información sobre su matrimonio, con el fin de poner a prueba la hipótesis sugerida por el anillo, es decir, que hay implicada una historia sentimental. Estaría complicada la supuesta mujer en el crimen. La jefatura está segura de que sí, pero Croce no comparte.

—El criminal —me dice— quiere que pensemos que es una dama, pero yo no acepto esa conjetura.

—¿Y en qué se basa?, le pregunto.

La hipótesis: el asesino es un hombre vestido de mujer

—Bueno, 50% de intuición y 50% de lógica. Es demasiado evidente que quiere que pensemos eso.

Croce pone un anuncio en el periódico a nombre mío en el que informa que ha encontrado un anillo de oro en las cercanías de la laguna. Intenta incapaz de imaginarse que un ciudadano corriente haya podido relacionar el anillo con el asesinato, anillo que por lo tanto debió perder en la calle. En resumen, la estratagema fracasa, porque quien acude por el anuncio no es el individuo enjuto, sino una anciana, que recoge el anillo y consigue zafarse de Croce.

Con el argumento de que el domicilio de Torres es el de la capital y que su quinta en el pueblo es una casa de fin de semana, la Policía Federal interviene en el caso y margina a Croce, que sin embargo sigue investigando por su cuenta. Se lanza sin vacilar sobre otra pista: ha llegado a la conclusión de que un jockey es el asesino. Supone, además, que el jockey no ha dejado su actividad para no levantar sospechas a los pocos días del crimen.

En este punto, tiene lugar un golpe teatral: se descubre una nueva víctima, apuñalada en el corazón. Se trata del secretario de Torres, a quien no había sido posible localizar. Este asesinato también ha sido firmado Z. En el contexto de la historia, el nuevo crimen parece desmentir todas las hipótesis. En la casa del secretario Núñez, los federales se encontraron una carta escrita a máquina y firmada "Eduarda", en la que se insinuaba que Torres y Núñez mantenían con la mujer un trío sexual con cama redonda incluida, dijo el inspector federal, y que la mujer los había matado por despecho y para liberarse de la enfermiza relación.

Croce no cree en esa versión. Demasiado fácil, me dice con sorna. En realidad, si se examina bien, el hecho confirma los pálpitos de Croce. a) Un vecino ha visto escapar al asesino y confirma que se trata de un hombre enjuto y de complexión delgada. b) Una llamada de Rosa, la bibliotecaria, le confirma a Croce que Torres era un jugador compulsivo, que participaba en las carreras de trote y que era dueño de un caballo ganador. c) Una cajita que contiene dos píldoras confirma el uso (esta vez, el intento de uso) de veneno.

Después del segundo asesinato, la Policía Federal está convencida de que la asesina es una mujer de nombre Eduarda, pero esa noche el peoncito que cuidaba a los caballos aparece muerto con otra cuchillada certera y con el aroma de veneno en su boca. En la pared del cuarto de pensión está dibujada la previsible Z y en la oreja izquierda del chico le han colocado un arete de mujer. Es el bromista una vez más, decide Croce. ¿Qué tienen en común estas tres muertes? Hay dos planos acá, los motivos del crimen son recubiertos por la mascarada y la parodia. Un bribón que usa el humor para distraer y disfrazar sus intenciones.

Vamos a analizar un caso y tratar de sintetizar el modo de trabajar de Croce. Quiero destacar dos aspectos en el sistema de investigación del comisario. Primero, su extraordinaria capacidad de observación. Actúa como un rastreador, uno de los saberes básicos en el campo argentino es la capacidad de seguir rastros y de leer signos y pistas. Por ejemplo, con solo morder una brizna de pasto, por el sabor del yuyo, Croce es capaz de identificar con exactitud en qué estancia y en qué zona de la pampa está. Sabe leer detalles mínimos y sus observaciones son de tal exactitud que asombran.

Su segunda virtud es la deducción arriesgada, su talento para lo que los lógicos llaman las inferencias hipotéticas, una disposición casi adivinatoria para sacar conclusiones conjeturales y seguir esas conclusiones inciertas hasta el final, o lo que Croce llama sus corazonadas o pálpitos.

Otra gran cualidad de Croce, como se verá en este caso, es su posibilidad de pensar con las categorías de su rival, pensar con la cabeza del asesino, y seguir conceptualmente sus pasos (mentales). Esa intuición para razonar como si fuera otro es una clave en este problema. Veamos este caso ejemplar de Croce.

Un banquero fue asesinado en su casa de campo.

Croce recibió una carta de la jefatura en la que le pedían ayuda para resolver el asesinato de Torres, cuyo cadáver había sido encontrado en su casa que daba a la laguna.

Además de tener amplios conocimientos sobre la zona (completos y detallados), Croce verifica que la noche anterior ha llovido después de un mes de sequía. Un poco antes de llegar a la dirección dada, baja de su auto y hace un trecho a pie. Observa así las roderas de un carruaje en el barro, delante de la casa donde se ha cometido el crimen. La distancia entre las ruedas indica que se trata de un sulky de trote usado en las carreras. Croce me informa que el sulky se destaca por su sencilla construcción y escaso peso, y eso se ve en las marcas dejadas por las ruedas. Croce, que las ha hecho fotografiar, me muestra un ligero desvío, nítido cuando miramos la foto con lupa.

De estos datos, saca la conclusión de que el carruaje llegó probablemente durante la noche y fue abandonado sin que nadie lo vigilara. En ese punto, es probable que una vaga hipótesis haya comenzado a tomar forma en su mente: que el conductor del carruaje está de alguna manera implicado en el asunto. Croce busca otras huellas, observa meticulosamente las pisadas en el sendero que conduce a la casa y distingue, entre otras, medio tapadas y por lo tanto más antiguas, las de dos sujetos, uno con botas con puntera cuadrada y otro con taco fino. Croce deduce que las botas con puntera cuadrada pertenecen a un hombre joven, puesto que atraviesan de una zancada un charco de un metro veinte de ancho, mientras que las otras han dado un rodeo. De esto concluye que dos personas entraron en la casa antes de que lo hiciera nadie más (quizá, por lo tanto, durante la noche). Uno es alto y joven y el otro, por la liviandad de las huellas y por el tipo de calzado, puede ser una mujer. ¿Cuánto pesa?, se pregunta. Unos sesenta kilos, concluye.

Croce se encuentra con el casero y le pregunta si alguien ha llegado en auto esa mañana. Don Ruiz, que así se llama, dice que no. Esto confirma la hipótesis de que los dos sujetos llegaron por la noche en un sulky.

Entra en la casa y ve la escena del crimen con el cadáver. De inmediato, encuentra una nueva confirmación: el hombre de las botas con las puntas cuadradas es la víctima. De aquí a imaginar que el asesino es la mujer hay un corto paso, puesto que la víctima debe ser uno de los dos.

En la cara del muerto el asesino dejó una revista mexicana de cómics abierta en la historieta El Zorro y Croce ve en la pared escrita con sangre la letra Z. Me las tengo que ver con un bromista, se dice. Varias veces se ha enfrentado con asesinos cuya perversa pulsión criminal los convierte en chistosos muñecos barrocos que dejan rastros de su demoníaco humor. ¿Está ante un caso como esos o se trata de una pista falsa para desviar la atención? ¿Y si las botas de mujer las calzara un hombre? ¿Un alfeñique de cuerpo enjuto y pies pequeños? ¿Un satírico y malévolo agente o cómico del mal? No es la primera vez que se enfrenta con uno de esos títeres malvados de motivación alegre, un payaso envenenado que se disfraza y urde escenas absurdas para divertirse a costa de las así llamadas fuerzas del orden. ¿Un criminal que apueste al delirio y al desorden? Alguien como yo, piensa Croce, mi doble, mi otro yo que mata por sus razones pero que desafía la ley mofándose de la lógica. Toda esta cadena de asociaciones no le ha llevado a Croce más de un minuto, así que mientras infiere estas hipótesis (un retrato psicológico del posible asesino, digamos) no deja de registrar el cuarto.

Croce observa después diversos detalles que le sugieren algunas deducciones: a) El muerto tiene el rostro alterado, con una expresión de odio y de terror. b) De sus labios se desprende un olor ligeramente amargo. El cadáver tiene un profundo tajo en la garganta, como si primero lo hubieran obligado a ingerir veneno y después le hubieran cortado el cuello. c) Como ya vimos, en la pared aparece garabateada con sangre la letra Z. Croce llega de inmediato a la conclusión de que se trata del signo que se asimila al vengador enmascarado de la leyenda y deduce que el motivo del crimen es una venganza, o quieren que él piense eso para desviar las investigaciones, porque nadie en su sano juicio se hubiera tomado el macabro trabajo de usar la sangre del muerto para escribir una letra. No ha usado el dedo. Luego de una rápida requisa encuentra un pincel de los que se usan para dibujar con tinta china caracteres pictográficos del alfabeto chino. Tinta china y caracteres chinos. Ahí hay algo, se dice. d) Encuentra un anillo encima de la víctima. Esto lo lleva a imaginar que tal vez el objeto haya servido para recordarle a la víctima una mujer muerta o lejana. (Croce, además, sabe enseguida, sin decirme por qué, que el anillo ha sido olvidado por el asesino y no dejado deliberadamente). e) En el suelo hay huellas de sangre, pero no hay rastros de lucha. De esto Croce concluye que la sangre pertenece al asesino, dado que sabe que los individuos femeninos son a menudo propensos a sangrar bajo el influjo de una emoción fuerte. Pero todo eso se pudo haber fingido para hacer creer que se trata de una mujer en uno de sus días difíciles. Formula la hipótesis de que el asesino es un hombre vestido de mujer que se ha hecho una herida y que su sangre es una pista falsa. Quiere que yo crea que es una mujer, piensa Croce. Encuentra un bolso de lona que huele a perfume femenino. ¿Habrá traído ahí su ropa de mujer y después de matarlo se disfrazó? Quizá, piensa Croce, todo es confuso y embrollado.

Llegado a este punto, Croce pasa a examinar atentamente toda la estancia, ayudado de una lupa y una cinta métrica. a) Observa las huellas de los tacos y mide los pasos y el número de estos. De ello infiere (mediante cálculos que él conoce) la talla de la fingida mujer, y establece que ha recorrido la estancia varias veces de un extremo al otro en una gran agitación, dado que la longitud de sus pasos ha ido aumentando. b) Observa un montoncito de ceniza en el suelo y, por ciertas características, establece que se trata de ceniza de un cigarro Lucky Strike.

Croce va a visitar al policía que ha descubierto el cadáver durante su ronda nocturna y lo interroga. Esto nos da una prueba de que Croce piensa en el cochero como responsable del crimen: le pregunta si al salir de la casa donde encontró a la víctima se cruzó con alguien en el camino y, al enterarse de que ha visto a una mujer, le pregunta si por casualidad llevaba un látigo y si vio un coche. El policía responde negativamente a ambas preguntas y describe a la mujer como alterada y embozada. La apariencia de la mujer hace que el vigilante la deje ir sin problemas. Esto confirma adicionalmente la hipótesis de Croce: el asesino es un hombre vestido de mujer.

—¿No sería un varón? ¿No vio algo raro en la chica que iba sola en ese descampado?

—Negativo, contesta el agente.

En este punto, una vez abandonada la escena del crimen, Croce envía un telegrama. Nunca revela por qué envía el telegrama, pero luego me dice que pidió a La Plata, la ciudad natal de Torres, información sobre su matrimonio, con el fin de poner a prueba la hipótesis sugerida por el anillo, es decir, que hay implicada una historia sentimental. Estaría complicada la supuesta mujer en el crimen. La jefatura está segura de que sí, pero Croce no comparte.

—El criminal —me dice— quiere que pensemos que es una dama, pero yo no acepto esa conjetura.

—¿Y en qué se basa?, le pregunto.

—Bueno, 50% de intuición y 50% de lógica. Es demasiado evidente que quiere que pensemos eso.

Croce pone un anuncio en el periódico a nombre mío en el que informa que ha encontrado un anillo de oro en las cercanías de la laguna. Intenta incapaz de imaginarse que un ciudadano corriente haya podido relacionar el anillo con el asesinato, anillo que por lo tanto debió perder en la calle. En resumen, la estratagema fracasa, porque quien acude por el anuncio no es el individuo enjuto, sino una anciana, que recoge el anillo y consigue zafarse de Croce.

Con el argumento de que el domicilio de Torres es el de la capital y que su quinta en el pueblo es una casa de fin de semana, la Policía Federal interviene en el caso y margina a Croce, que sin embargo sigue investigando por su cuenta. Se lanza sin vacilar sobre otra pista: ha llegado a la conclusión de que un jockey es el asesino. Supone, además, que el jockey no ha dejado su actividad para no levantar sospechas a los pocos días del crimen.

En este punto, tiene lugar un golpe teatral: se descubre una nueva víctima, apuñalada en el corazón. Se trata del secretario de Torres, a quien no había sido posible localizar. Este asesinato también ha sido firmado Z. En el contexto de la historia, el nuevo crimen parece desmentir todas las hipótesis. En la casa del secretario Núñez, los federales se encontraron una carta escrita a máquina y firmada "Eduarda", en la que se insinuaba que Torres y Núñez mantenían con la mujer un trío sexual con cama redonda incluida, dijo el inspector federal, y que la mujer los había matado por despecho y para liberarse de la enfermiza relación.

Croce no cree en esa versión. Demasiado fácil, me dice con sorna. En realidad, si se examina bien, el hecho confirma los pálpitos de Croce. a) Un vecino ha visto escapar al asesino y confirma que se trata de un hombre enjuto y de complexión delgada. b) Una llamada de Rosa, la bibliotecaria, le confirma a Croce que Torres era un jugador compulsivo, que participaba en las carreras de trote y que era dueño de un caballo ganador. c) Una cajita que contiene dos píldoras confirma el uso (esta vez, el intento de uso) de veneno.

Después del segundo asesinato, la Policía Federal está convencida de que la asesina es una mujer de nombre Eduarda, pero esa noche el peoncito que cuidaba a los caballos aparece muerto con otra cuchillada certera y con el aroma de veneno en su boca. En la pared del cuarto de pensión está dibujada la previsible Z y en la oreja izquierda del chico le han colocado un arete de mujer. Es el bromista una vez más, decide Croce. ¿Qué tienen en común estas tres muertes? Hay dos planos acá, los motivos del crimen son recubiertos por la mascarada y la parodia. Un bribón que usa el humor para distraer y disfrazar sus intenciones.

Entonces Croce decide ir al hipódromo que está a medio camino entre el pueblo y Tandil. Una pista oval de 1.600 metros, o sea de una milla inglesa, donde se corren carreras de sulkys y mucha gente apuesta fuerte. Croce se interioriza en la forma de la competencia. Las carreras de sulkys se corren generalmente por heats, y se proclama ganador el que consigue los dos mejores de tres heats o los tres mejores de cinco. Se conceden descansos suficientes para que los caba- llos tengan tiempo de refrescarse después de cada heat.

En el descanso Croce baja a la pista y, por las huellas que ha hecho fotografiar, deduce que el sulky que busca tiene flojo el fleje. Tiene flojo el fleje, recita Croce en voz baja.

¿Por qué flojo el fleje? Para darle más control al conductor a costa de un trote más duro, porque el carro no tiene ya suspensión. ¿Entonces? No es posible buscar señales en la pista, es un embrollo de marcas cruzadas, pero puede ver los sulkys que paran veinte minutos entre cada heat. Tiempo suficiente, se dice. Se agacha a mirar y comprueba que dos carros tienen flojo el fleje, el 56 y el 44. Un tal Cristaldi y un tal Sibelius. Va a la zona de descanso y ve un enjambre de hombres flaquísimos y de corta estatura que descansan tirados en colchonetas sobre el piso de un galpón que da sobre la pista. No puede identificar al que busca y vuelve a las gradas.

Cuando se reanuda la carrera, decide que el suyo es el 44. El jockey viene revoleando la fusta y mira a los otros conductores con una actitud de soberbia teatral. No puede con su genio histriónico. Además, en vez del gorro con vi- sera va con una ridícula gorra de vasco blanca. Le gusta hacerse notar al muy bandido, piensa Croce.

Antes de que termine la carrera va a las oficinas del hipódromo. Ahí comprueba que el fulano que busca es Sibelius. Un gran jockey, pero un fanfarrón y un pendenciero. Rápido sabe que el tal Sibelius había apostado contra sí mismo y había ido a la retranca para perder. Se lo contó el gerente, un hombre bajo y gordo encargado de pagar las apuestas.

No le cuesta demasiado trabajo comprobar con los empleados del hipódromo que Sibelius había ido a menos en una carrera muy importante. Se decía que Torres había perdido mucha plata, mientras que el jockey había ganado una fortuna apostando contra sí mismo. No es seguro, pero Croce compra, como se dice, esa versión y ve ahí, en esa deuda y en esa tramoya, la motivación del crimen. Uno que apuesta contra sí mismo y pierde deliberadamente una carrera calza bien en el perfil psicológico del siniestro bromista.

– Está bajo observación y es probable que lo descalifiquen, y que esta sea su última participación en nuestras pruebas hípicas –le dice el gordinflón–, porque es una ove- ja negra. Aunque clasificado como profesional, lo nuestro tiene un espíritu amateur. Muy frecuentemente los conductores son los mismos dueños, inteligentes jinetes, que se hacen viejos en su profesión.

–Entonces, ¿Sibelius es el dueño del caballo?

–No –le contesta el hombre obeso–. El caballo y el sulky eran, o son –se rectifica–, del finado Torres.

Ya lo tengo, piensa Croce, está claro como el agua.

Le gustaba hacerse notar y eso lo perdió. Cuando volví al galpón lo vi chacoteando y haciéndose el payaso. Lo encaré y se le cayó la careta, no imaginó que yo estuviera tan cerca. Es típico de estos maníacos que si uno les descubre la mascarada caen como chorlitos. No bien me di a conocer se aflojó como el fleje.

–Sos un maestro –le dije, y mordió el anzuelo–. ¿Cómo hiciste para convencer a Torres para que fuera con vos esa noche a la quinta?

–Muy fácil –alardeó–. Le capté la psicología. Era un avaro y un jugador compulsivo, así que yo le venía como anillo al dedo. Vamos ahora, le dije. Tenemos que arreglar cuentas. Estaba bajo mi influjo, me pasa a menudo. Tengo como un poder magnético. –Estaba loco, chiflado y con- vencido de que era un ser superior–. Yo lo tuteaba y él me trataba de usted. Está listo, cocinado, pensé.

–¿Y cómo hiciste para que subiera al sulky? –le pregunté.

–Le dije que estaba lloviendo y el auto se iba a empan- tanar.

–¿Y por qué mataste a Núñez?

–Porque él podía cobrarme la deuda de juego. Pedir la plata que yo le debía a Torres.

–Sí, entiendo, ¿y vos escribiste la carta?

–Afirmativo –dijo Sibelius.

–¿Y al chico por qué lo mataste?

–Para confundir a los pesquisas.

–Una última cuestión, ¿y las pastillas de veneno por qué las pusiste?

–Por joder.

En resumen, detuvo al jockey y lo llevó al calabozo: se trataba del asesino. Todos los policías de la capital quedaron asombrados. Croce, siguiendo su misterioso hilo rojo, ha llegado a la prueba final, que confirma todas sus hipótesis. El jockey confesó en el acto.

–Es raro que hayan ido juntos en el sulky a la casa esa noche –le dije.

–Eso no tiene explicación lógica –me dijo Croce–. La lógica no tiene cabida en la cabeza de Sibelius. Le dijo que estaba lloviendo y lo convenció. Es irracional, es absurdo. En todos los casos hay un punto oscuro, sin motivación, azaroso. Los crímenes tienen una lógica perversa.

–¿Y la tinta china y los chinos? –le pregunté.

–Me extraña –me dijo el comisario–. El caballo se llama Shanghái y el caso está cerrado –concluyó.

–Un treinta y tres por ciento de los crímenes –dijo Croce– son pasionales y se dan en el medio familiar. Otro treinta y tres por ciento son crímenes obligados, es decir, tienen motivaciones fuertes. El treinta y tres por ciento restante son crímenes cometidos por tipos delirantes que se inventan una motivación, pero en realidad matan porque les gusta y se inventan después los motivos. Y esos son los más interesantes y son los que nosotros, o mejor, yo, tratamos de resolver. Están llenos de detalles que no tienen función. Por ejemplo, dejar el sulky en las caballerizas de la quinta y volver a buscarlo a la madrugada. ¿Cómo se fue? Llamó a un taxi desde la estación de ferrocarril. Son maniobras sin sentido, como dice un amigo, primero está la voluntad de matar y luego buscan a la víctima y encuentran la razón.

–¿Y el uno por ciento que queda suelto?

–Esos los resolvemos de chiripa. Son invisibles. En sus relatos póngales, si los escribe, los crímenes invisibles –concluyó–. ¿Vamos a tomar una cervecita?

–Cómo no –le dije- y salimos a la calle y enfilamos para el almacén de los Madariaga.

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