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in memoriam
Columna
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Neil Simon, adiós en el cielo de la comedia

Durante muchos años le encasillaron como “escritor de humor” pero uno de sus grandes talentos fue combinar risa y drama, arriesgándose a perder a su público en el paseo por esa cuerda floja

Neil Simon en una foto de archivo de 2006 en Washington. En vídeo: Tráiler de 'La extraña pareja'.Vídeo: Jonathan Ernst (REUTERS) | YOUTUBE
Marcos Ordóñez

Neil Simon ha muerto a los 91 años, con más de 30 obras y casi tantos guiones a la espalda. Era un artesano obsesivo: reescribió 20 veces su primera función, Come Blow your Horn (1961), que duró más de un año en cartel. En 1963, cuando Descalzos por el parque sobrepasó las 1.500 funciones, comenzaron a llamarle “el nuevo rey de Broadway”. Y no solo de Broadway: sus éxitos no tardaban en representarse en medio mundo y en pasar al cine.

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Siguieron éxitos crecientes, tanto en piezas de humor (La extraña pareja, 1965; Plaza Suite, 1968), o libretos para musicales, como Sweet Charity (1966), de Cy Coleman y Dorothy Fields, sobre Las noches de Cabiria, de Fellini, o Promises, Promises (1968), sobre El apartamento, de Wilder, con partitura y letras de Bacharach y David.

Simon se llevó sendos tonys, por Descalzos por el parque y La extraña pareja, pero tardó casi 30 años en ganar el Pulitzer por Perdidos en Yonkers (1991). Sin embargo, en 1983 se convirtió en el único dramaturgo norteamericano que recibía un estupendo homenaje en vida: el Alvin Theatre pasó a llevar su nombre.

Durante muchos años le encasillaron como “escritor de humor” (e imbatible) pero uno de sus grandes talentos fue combinar risa y drama, arriesgándose a perder a su público en el paseo por esa cuerda floja.

Quienes celebraron los tintes amargos de Perdidos en Yonkers parecían olvidar su veraz retrato de una alcohólica en Bienvenida a casa (The Gingerbread Lady, 1970), la crónica de una depresión en El prisionero de la Segunda Avenida (1971), los rifirrafes de dos cómicos decadentes en Los reyes de la risa (The Sunshine Boys, 1972) o la valentía de Chapter Two (1977), donde Simon abordaba el periodo de duelo por la muerte de su segunda esposa, Joan Baim, y su intento de salir adelante con la actriz Marsha Mason, empecinada en sacarle del pozo. Fueron piezas aplaudidas por el público, aunque no llegaron a alcanzar los triunfos de California Suite (1976), del guión de La chica del adiós (1977) o el musical Están tocando nuestra canción (1979), con partitura de Marvin Hamlisch y letras de Carol Bayer Sager.

En 1983, Simon estrena Brighton Beach Memoirs, la primera entrega de su trilogía autobiográfica, completada por Biloxi Blues (1985) y Broadway Bound (1986), en las que evoca su dura adolescencia en la década de los años treinta y cuarenta, y en cierto modo revisitada, tonalmente hablando, por la ya citada Perdidos en Yonkers (1991), que transcurre, con otros personajes, en plena Segunda Guerra Mundial, y con 780 funciones fue el mayor éxito de su autor en los noventa.

Tengo una debilidad, sin embargo, por Laughter on the 23rd Floor, que estrena en 1993, y en la que sigue asomándose a su pasado.

En este caso nos encontramos a un trasunto del veinteañero Neil Simon, que gracias a su hermano mayor, Danny, entró en los años cincuenta como guionista en la NBC, en Your Show of Shows, el programa de humor y variedades que lideraban Sid Caesar e Imogene Coca. Un retrato delicioso y lleno de vida de los orígenes de la comedia televisiva, en el que el dramaturgo retrata con afecto no exento de malicia a sus compañeros Mel Brooks, Carl Reiner y Selma Diamond, entre otros.La obra cumplió 320 representaciones en Broadway, con Nathan Lane, y cinco meses en Londres, en 1996, con un cartel encabezado por Gene Wilder. 

Lo último que vi de Neil Simon fue un revival de El prisionero de la Segunda Avenida, en Londres, en el verano de 2010, con fenomenales trabajos de Jeff Goldblum y Mercedes Ruehl, a las órdenes de Terry Johnson, en una producción de Kevin Spacey para el Old Vic, aunque se hizo en el Vaudeville, del Strand. No olvido mi sorpresa ante las malas críticas, y también recuerdo la felicidad del público, aplaudiendo puesto en pie.

Neil Simon ya se ha ido, pero sigue en muchos lados. Basta rastrear la huella de sus diálogos, enfebrecidos y realistas, y de sus situaciones, siempre bien observadas, en clásicos de la comedia televisiva americana como Frasier, Friends o Senfield.

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