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¿Quién es el enemigo del pueblo?

El director teatral Àlex Rigola invita al público a votar en su versión libre del clásico de Ibsen

De izquierda a derecha, Óscar de la Fuente, Francisco Reyes, Irene Escolar, Nao Albet, Israel elejalde y Álex Rigola, en un ensayo de la obra.
De izquierda a derecha, Óscar de la Fuente, Francisco Reyes, Irene Escolar, Nao Albet, Israel elejalde y Álex Rigola, en un ensayo de la obra.

Seguro que el dramaturgo Henrik Ibsen no imaginó que el título de una de sus obras más conocidas, Un enemigo del pueblo, iba a convertirse en una expresión multiusos más de un siglo después. “La prensa es el enemigo del pueblo”, dice el presidente estadounidense Donald Trump. “Trump es el enemigo del pueblo”, apuntan desde otra trinchera. “El pueblo es el enemigo del pueblo”, asegura otro frente…

Y usted, lector, ¿quién cree que es el enemigo del pueblo? La pregunta no va lanzada al aire. En la versión libre de la obra de Ibsen que el director Àlex Rigola estrenará la próxima semana en el teatro Pavón Kamikaze de Madrid, rebautizada como Un enemigo del pueblo (Ágora), cada espectador debe responder a esta cuestión en una votación real. ¿Es el protagonista de la obra, el doctor Stockmann, el enemigo del pueblo como le acusan sus vecinos o no? Recordemos la posición de este personaje: “El enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de nuestra sociedad es el sufragio universal. (...) ¿Quiénes suponen la mayoría en el sufragio? ¿Los estúpidos o los inteligentes? Espero que ustedes me concederán que los estúpidos están en todas partes, formando una mayoría aplastante. Y creo que eso no es motivo suficiente para que manden los estúpidos sobre los demás".

Cuando Ibsen escribió este parlamento, en 1883, levantó ya una buena polvareda pese a que el sufragio universal estaba todavía en pañales. “¿Todo el mundo tiene derecho a votar? ¿Está el pueblo capacitado para gobernarse a sí mismo?”, preguntaba el dramaturgo noruego, azuzando la polémica. Hoy la soberanía del pueblo es incuestionable y la única respuesta posible a estas preguntas parece ser “sí”. ¿O no?

Líneas rojas

La obra Un enemigo del pueblo adquiere una resonancia especial en versión de Àlex Rigola. El pasado octubre el director dimitió de su puesto al frente de los Teatros del Canal de Madrid por la “violencia ejercida contra los ciudadanos catalanes” durante el referéndum soberanista, según explicó en una carta, por considerar que no podía seguir ejerciendo un cargo para el que fue nombrado por el partido político que ordenó aquella intervención. Actuó, como el protagonista de la obra de Ibsen, contra sus intereses por una cuestión ética. ¿Por eso monta ahora esta pieza? “Evidentemente, en el trabajo siempre influye la situación personal. Pero no creo que yo deba sentirme más identificado con esta historia que cualquier ciudadano. Todos tenemos nuestras líneas rojas”, responde.

Rigola no da por hecho la respuesta fácil. “Cada día puede salir un resultado distinto. Quizá cada espectador crea que lo tiene claro al comienzo de la función, pero tal vez cambie de idea a medida que avanza la historia --explicaba la semana pasada el director durante un ensayo en el Pavón--. He convertido el patio de butacas en una esp­ecie de ágora en la que los actores exponen los hechos y el público debe emitir su dictamen con una votación real”.

Repasemos la historia. Imagine que usted tiene un bar en un pueblo en decadencia. Vive con lo justo. Pocos ingresos, pocos gastos. Hasta que de pronto un gran proyecto se pone en marcha: un balneario que aprovecha las aguas puras que bajan de una montaña cercana. Todos los vecinos se implican en su construcción, usted se convierte en accionista del balneario. El lugar se llena de turistas y el dinero fluye. Todos felices. Pero resulta que el doctor Stockmann descubre que esas aguas puras no son tan puras y están envenenando a los clientes. Cuando quiere hacerlo público, todas las fuerzas vivas del lugar (incluida la prensa) se le echan encima y lo declaran “enemigo del pueblo”.

Todo esto lo cuentan cinco actores (Israel Elejalde, Irene Escolar, Francisco Reyes, Nao Albet y Óscar de la Fuente) interpelando directamente al público para que vaya juzgando los hechos a medida que se van exponiendo, en un difícil ejercicio en el que combinan la interpretación de sus personajes con la defensa pública de sus posiciones. Así la cuarta pared desaparece. “A estas alturas no tiene sentido la cuarta pared. Teniendo el cine y la televisión, es difícil que el espectador de hoy se crea historias sobre un escenario. Por eso creo que es mejor aprovechar la gran baza que le queda al teatro: la posibilidad de conectar físicamente con el público y hacerle cómplice”, explica Rigola.

La versión libre de Rigola no se limita a actualizar el contexto y los personajes de Ibsen. El director mete más cizaña introduciendo un elemento nuevo en la historia, una compañía de teatro que depende de las subvenciones públicas para sobrevivir, cuyo conflicto puede influir también en el voto del público.

¿Quién cree Rigola que es el enemigo del pueblo? “El enemigo siempre es uno mismo. Cuando miramos para otro lado al ver una injusticia por miedo a perjudicar nuestros intereses. Cuando votamos sin saber en realidad qué estamos votando ni cuál es el programa de cada partido”, opina el director. Eso es, en el fondo, lo que temía ya Ibsen a finales del siglo XIX: el peligro de que la democracia se pierda en la demagogia.

Y usted, lector, después de haber leído este artículo, ¿quién cree que es el enemigo del pueblo? ¿Piensa que los votantes de Donald Trump conocían su programa político? ¿Por qué el pueblo vota a partidos xenófobos? ¿Por qué políticos acusados de corrupción ganan elecciones? ¿Hay alguna manera de mejorar el sistema democrático?