Crítica | Nico, 1988
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Todas las fiestas futuras

Es una extraña, atractiva y doliente biografía cinematográfica, huidiza del biopic convencional

Tryne Dyrholm, en un fotograma de 'Nico, 1988'.
Tryne Dyrholm, en un fotograma de 'Nico, 1988'.

“He estado en la cima, y he tocado fondo. Y ambos lugares están vacíos”. La frase de la cantante alemana Christa Päffgen, alias Nico, mito contracultural junto a The Velvet Underground en los sesenta, resuena como antiépico resumen en el transcurso de la película italiana Nico, 1988, extraña, atractiva y doliente biografía cinematográfica, huidiza del biopic convencional, ambientada en un corto espacio de tiempo, y no en los de subida, sino en los de caída.

Tercer largometraje de Susanna Nicchiarelli, ganador de cuatro premios David di Donatello, Nico, 1988 aborda la lúgubre gira de la alemana, junto a un inclasificable grupo de músicos, por ínfimos locales de Italia y Checoslovaquia. Una película que, de forma consciente y exacta, abandona el glamour en su composición y su puesta en escena, para ilustrar la existencia de una mujer obsesionada por la grabación de sonidos (de una caldera de agua a las olas del mar, pasando por los pitidos de la máquina que mantiene a su hijo con vida en un hospital), heroinómana, inteligentísima y seguramente vacía, que paradójicamente vive del mito sin mirar atrás.

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Nicchiarelli, que se las arregla para acabar componiendo un musical sin necesidad de serlo en apariencia, rueda su relato en el clásico formato 4:3, lo que, unido al aspecto sombrío de los escenarios, dota a su película de un aurea en las antípodas de la distinción. Todo es salvajemente cotidiano: el sexo en calcetines, los chutes de heroína en el tobillo, el trago adictivo a una botella de dos litros de Coca-Cola. Y, sin embargo, con estilosos flashes del pasado, de apenas unos segundos, insertos de un tiempo de luces y triunfo, la directora italiana también nos devuelve el pretérito, y en esa conjunción la obra adquiere, casi como en una película de Jim Jarmusch, una cierta poesía visual de lo inhóspito.

Para Nico lo esencial no era lo que había dejado atrás, sino lo que tenía por delante. Y en ese contrasentido, el de “todas las fiestas futuras”, que cantaba en All Tomorrow’s parties junto a la Velvet, Nichiarelli encuentra el interior de un ser humano mucho menos fútil que los tiempos de fuego y agonía con los que quiso coexistir.

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