Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Domingo y Kaufmann, duelo de voces entre dos siglos

El Teatro Real despide la temporada con ambos tenores en días consecutivos

Plácido Domingo (izquierda) y Jonas Kaufmann, en Múnich en 2015.
Plácido Domingo (izquierda) y Jonas Kaufmann, en Múnich en 2015. Getty Images

En apenas 24 horas, dos leyendas de la ópera se subirán al escenario del Teatro Real. Jonas Kaufmann (Múnich, 1969) lo hará primero este miércoles con un recital dedicado al repertorio francés y a Wagner. Plácido Domingo (Madrid, 1941) aparecerá un día después, el jueves, para ofrecer junto a la magnífica soprano albanesa Ermonela Jaho una versión en concierto de Thaïs, la ópera de Massenet.

Los paralelismos de esta coincidencia no pasan desapercibidos. Se trata de un duelo digno de comparaciones. Con sus estilos, sus similitudes, sus estrategias, sus repertorios comunes y a la vez dispares. Un acontecimiento fruto de la casualidad y las cancelaciones —en el caso de Kaufmann— que ha querido desembocar en un hito como regalo este fin de temporada.

Domingo dominó el siglo XX entre el eclecticismo y su obsesión por derribar muros que enlazaban lo lírico con el gran meollo dramático verdiano y wagneriano, sin renunciar al barroco o los rusos, junto a guiños constantes a los grandes públicos. Kaufmann reina en el XXI dentro de su espectro cada vez más abierto, pero mucho más reducido. Desde sus inicios mozartianos al fondo del repertorio francés, conjuga el verismo italiano, sin dejar de estar muy centrado en el gran Verdi, a los últimos papeles junto a Wagner.

Son dos tenores de carácter hondo, dramático y plusmarquista. El español ha batido todos los récords. Lleva consigo la mochila de unos inicios precarios. Los que le hicieron dar el salto de la zarzuela, heredada de sus padres cantantes —a la que jamás ha dado la espalda—, al mundo de la ópera. El alemán, hijo de una época donde domina la especialización, afina más el tiro. Los dos años anteriores a esta temporada le pasaron factura. La programación del Real ha servido de termómetro. Pero después de un par de cancelaciones, fruto de su mal estado y altibajos en su voz por un exceso de compromisos, llega en un gran momento. Quienes le pudieron disfrutar en el Andrea Chénier (Umberto Giordano) con que triunfó el pasado marzo en el Liceu, lo saben.

Nadie puede emular a Domingo en cantidad. Quienes lo han intentado han quedado tirados en una cuneta, exhaustos y escarmentados. Es un titán destroza marcas, con más de 3.600 representaciones a las espaldas. Otra cosa es en calidad. La época del primero —que ha sido el rey de muchas cuerdas en la segunda mitad del siglo XX— no tiene nada que ver con esta presente. Domingo dominó junto a Kraus, Pavarotti, Carreras y algún otro el trono de un arte que vivió la última edad dorada del divismo en manos de los cantantes.

Hoy, Kaufmann lo comparte con tres figuras más líricas de las que se diferencia él en otra línea como rey de la esfera dramática. Sus colegas coetáneos en lo más alto son belcantistas, bastante ortodoxos, que dan idea del panorama en las voces de la ópera actual. Un mundo dominado ahora a medias entre latinos y europeos del este. Por un lado, quedan el peruano Juan Diego Flórez y el mexicano Javier Camarena. Por otro, un polaco: Piotr Beczala, que inaugurará la próxima temporada en Madrid con Fausto, de Gounod.

Un papel une a Domingo y a Kaufmann de manera umbilical: el Otelo verdiano. Es el tótem de los récords para el español. Ha sido una meta a conquistar estas dos últimas temporadas para el alemán. El personaje de Shakespeare es la frontera donde ambos cruzan lo mejor de sí mismos. Domingo dominó su época con él en más de 250 representaciones. Lo debutó muy joven, con solo 35 años. La impresión que causó hizo a muchos expertos dudar de su fecha de nacimiento. Kaufmann ha sido más cauto y ha esperado a los 48 años. Pero quienes asistieron a su debut, en junio de 2017, en el Covent Garden londinense dieron cuenta de quien ha ocupado el trono del madrileño en esta nueva era.

La ópera francesa y Wagner son otras dos fuentes para comparar en ambas carreras. El recital de Kaufmann centra su primera parte en el primer repertorio con obras de Saint-Saëns, Bizet, Gounod y el propio Massenet, entre otros. Nada de Thaïs, como hará Domingo, pero sí un mismo estilo. El español afronta el papel de Athanaël, una de las partituras para barítono que se está dando el gusto de cantar en esta fase final de su carrera, con el regreso a la cuerda natural de su voz.

En el caso de Wagner toca detenerse. A buen seguro, Plácido andará atento el miércoles cuando Kaufmann entone Ein Schwert Verhiess Mir der Vater, el aria de La valquiria. En apenas una semana dirige esa misma ópera en Bayreuth. Será su debut en el foso dentro del festival dedicado al compositor y 18 años después de haber cantado por última vez encima del mismo escenario.

En un día, dos gigantes en Madrid. Dos ejemplos de divismo contemporáneo y excelencia sobre las tablas. Si el más profundo sentido de la ópera lo da el misterio de la voz, lo que ocurrirá en estas dos jornadas de cierre en el Real será una buena ocasión para comparar eras, vigencias, similitudes, riquezas y personalidades. El pasado, presente y futuro de la ópera encarnados a la vez, con su pureza, su esencia y su insólita espectacularidad, en la garganta de estos dos portentos.

Debut para el alemán, hábito para el español

Jonas Kaufmann debuta en el Teatro Real… crucemos los dedos. Ojalá nada estropee la cita de este miércoles después de haber cancelado ya dos veces su primera actuación en Madrid como gran figura. El 2016 fue año de suspensiones. Iba a aparecer el 10 de enero pero cayó enfermo. Lo pospuso para 11 meses después y también. Ahora toca. Así será. Pero lo cierto es que Kaufmann bien merece en Madrid su condición de deseado. Ojalá cuaje para algún título en una producción. A ver si a alguien se le ocurre que cante Don Carlo, por ejemplo. Por aquello de verle en un verdi español y mirando desde la plaza de Oriente a El Escorial, donde tiene lugar la ópera.

Lo de Plácido Domingo, sin embargo, es hábito. Desde que se reabriera el Real en 1997 no ha faltado a su cita casi cada temporada. Comenzó con Divinas palabras, del maestro Antón García Abril. En el teatro de la ciudad que lo vio nacer hace 77 años lo ha hecho todo: desde La valquiria y Parsifal, a Luisa Fernanda, de La dama de Picas (¡en ruso!) a Simón Bocanegra y MacBeth. Cuando empezó a tomar las medidas del escenario a finales de los noventa, los periodistas, con mal cálculo, solían preguntarle por la retirada. Queda claro que dicho momento, de perfecta lógica biológica para cualquiera, en él, ni se contempla.