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Así montaron cinco vecinos del fin del mundo la romería más universal

El Festival Celta de Ortigueira nació como parte de las actividades de una escuela de gaitas y hoy reúne a 100.000 enamorados del folk

En primer término, José María Álvarez Marías, Álvaro Fernández Polo, Jesús Losada Otero y Francisco Bermúdez Garrote, fundadores del festival de Ortigueira.
En primer término, José María Álvarez Marías, Álvaro Fernández Polo, Jesús Losada Otero y Francisco Bermúdez Garrote, fundadores del festival de Ortigueira.

“Yo te apoyo pero no lo vas a conseguir, hasta aquí no va a venir nadie”. Eso fue lo que contestó en 1978 el mítico gaiteiro del grupo Milladoiro, Xosé V. Ferreirós, cuando el maestro de escuela Xabier Garrote le anunció que quería montar en Ortigueira, en la esquina norte de A Coruña, un festival de música celta con grupos de toda Europa. “Esto era el culo del mundo”, recuerda ahora Garrote, eslabón de una larga estirpe de músicos anterior al nacimiento de Beethoven. “Llegar era complicado, sí, pero teníamos un factor a nuestro favor: la colaboración de los vecinos al cien por cien”. Él y cuatro compañeros de la escuela local de gaitas se lanzaron a empapelar Galicia de carteles y repartieron 15.000 pegatinas por las playas, “una a una”. Fue hace justo 40 años y 10.000 personas desbordaron aquella primera gran romería en el fin del mundo, bautizada como Festival do Mundo Celta.

Garrote y sus cuatro camaradas -José María Álvarez Marías, Álvaro Fernández Polo, Jesús Losada Otero y Francisco Bermúdez Garrote- organizaron durante sus primeros seis años un festival que estos días celebra una nueva edición con 100.000 asistentes. Contactaban por carta con grupos de Alemania, Escocia, Gales o la Bretaña francesa y lograron lo imposible: atraer hasta este pueblo remoto una peculiar muchedumbre de amantes del folk y nuevos hippies. Las cocineras del colegio, vacío de niños por ser verano, preparaban y servían las comidas y cenas de los músicos en el comedor escolar, improvisado escenario nocturno de inolvidables jam sessions de gaita entre intérpretes de todo el mundo. Fuera, en las calles, los vecinos de esta comarca del norte de A Coruña descubrían, primero con escándalo y luego con indiferencia, hasta donde puede alguien estirar el placer de la libertad después de cuatro décadas de dictadura.

Para reunir el millón de pesetas (6.000 euros) que costó la primera edición, los cinco artífices del festival tuvieron que recurrir a un préstamo y avalarlo con una finca de la abuela de uno de los organizadores, que nunca se enteró de que había ayudado a tal histórica proeza. Comerciantes de la comarca hacían de proveedores incluso de forma gratuita y de “manera elegante”. Daban una vuelta por el recinto, veían qué era lo que faltaba y, al poco, lo traían, sin abrir la boca ni poner la mano. En una ocasión, un problema con los aviones atrapó a un grupo escocés en Ortigueira durante una semana. Recuerdan los promotores que cuando fueron al hotel a pagar, los dueños no les quisieron cobrar pese a la abultada factura, que incluía la ingesta de todas las reservas de whisky.

En los conciertos se cobraba entrada, no había otra forma financiar el festival, y se reclutaba un “servicio de orden” compuesto por vecinos fornidos y voluntarios que se ocupaban de vigilar los accesos y evitar altercados. El precio era siempre el de un pase para ver una película en el cine, pero no suscitó la aprobación de todo el mundo. Había quienes se lanzaban al mar para acceder nadando al recinto sin pasar por caja. Otros saltaban las vallas. Un día llegó a intervenir la Guardia Civil con gases lacrimógenos.

Con un pie en la dictadura y otro en la democracia, las autoridades de la época no sabían muy bien qué hacer con lo que estaba ocurriendo en Ortigueira. “Pedíamos cada año permiso gubernativo pero no nos lo daban hasta que acababa el festival. Se curaban en salud por si pasaba algo”, cuenta Garrote. Ortigueira agrietó la monolítica España del franquismo. Sus fundadores ven en el éxito del festival una explicación "ideológica” después de 40 años de represión. “El festival fue una llamada a la reivindicación de la cultura y del nacionalismo gallego. Estábamos asfixiados y se abrió una ventana para respirar. Había ganas”.

En el vientre de aquel festival que semajaba imposible se gestó Milladoiro, el venerado emblema de la música folk y cuyos miembros, incluido el gaiteiro Ferreirós, fueron claves para su desarrollo. Después de seis ediciones, Garrote y sus cuatro compañeros cedieron la organización al Ayuntamiento porque su crecimiento se había vuelto inmanejable económicamente. Traer a los grupos era cada vez más caro y llegaron a tener que fletar un avión para trasladar a una banda militar procedente de Irlanda. Hoy la romería del fin del mundo deja en la comarca de Ortegal más de cinco millones de euros.

Un pueblo sin gaitas

S. V.

Aquella romería internacional que hoy se llama Festival Internacional do Mundo Celta formaba parte del plan de formación de la escuela de gaitas que Garrote y sus compañeros regentaban en Ortigueira desde 1975 y con la que se proponían acercar otras culturas a sus alumnos. “Era un objetivo culturizador, queríamos ampliar su perspectiva cultural, que no se quedaran solo en aprender a tocar la gaita y en conocer lo nuestro”, explica Xabier Garrote sobre un instrumento que no sonaba en Ortigueira antes de que ellos fundaran el centro y que él aprendió a tocar en Lugo. El pueblo donde él nació tenía una tradición musical muy rica, pero alimentada solo por los bandas populares. Los únicos gaiteiros que se veían por Ortigueira hasta mediados de los setenta  llegaban de fuera durante las fiestas patronales.