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Muere Darío Villalba, el artista que encapsulaba el tiempo

El creador, que introdujo en España la fotografía como soporte pictórico, fallece a los 79 años en Madrid

Darío Villalba, en su estudio de Madrid, en 2014. Ampliar foto
Darío Villalba, en su estudio de Madrid, en 2014.

Hay artistas que tienen la virtud de estar tres pasos por delante de su tiempo. Son como oráculos, pequeños rara avis capaces de estar aquí y allá, entre lo oculto y lo revelado, transitando de un polo a otro sin apenas distancias. Ocurre con Darío Villalba (San Sebastián, 1939-Madrid, 2018), que fallecía de un infarto ayer en Madrid. Hacía tiempo que un respirador de oxígeno acompañaba sus quehaceres en la pintura, en la que repetía que le quedaba mucho por hacer, aunque el legado que deja es uno de los más importantes del arte español reciente. En los años sesenta encontramos el porqué. Con apenas veinte años, Villalba elabora un lenguaje personal y radical, alejado de la abstracción informalista precedente y de un arte pop que le parecía vacío de contenido. En la metafísica, uno de sus lugares favoritos, encontró muchos de los temas de su pintura que pronto llevó al campo promiscuo de la fotografía. Empezó a trabajar con ella como soporte pictórico, algo insólito en aquel momento, para recoger emociones y pulsiones, la desmesura del ser humano, mediante brochazos de pintura, fragmentando el encuadre o al velar o desvelar imágenes.

Pronto llegaron sus “encapsulados rosas”, esos que Warhol calificó de pop soul y que le dieron el reconocimiento internacional. En 1970 lucían en el Pabellón Español de la Bienal de Venecia: esculturas con una pompa de metacrilato transparente y rosado que acogían en su interior personajes en estado límite. Para entonces ya era considerado un anticipador, un visionario y un precursor de las actitudes estéticas más revulsivas de ese momento, y que tan bien supo canalizar el galerista Fernando Vijande. Como él, conocía bien Estados Unidos y el aire cosmopolita de ese mundo del arte internacional que servía de faro. Su padre diplomático le abrió las puertas al mundo, y en él se formó. Allí jugaba a buscar una libertad imaginada y caprichosa, lo que hoy llamamos instalaciones pero que entonces era una “tensión de formatos” que le valió el barniz de raro. De aquellos encapsulados, el crítico de arte Pierre Restany, que abanderó el nuevo realismo en esos años sesenta, dijo que le producían “un escalofrío en la médula”. Fueron el germen de toda la trama de trabajo que haría en los cincuenta años posteriores, hablar de aquello que se oculta: la miseria, el género humano que documenta el espíritu. El pobre en su estado más puro. Cada cuadro era un campo de batalla de su alma. Así describía su obra y una entrega que poco que se veía poco en otros artistas.

En 1973, ya con la fotografía como protagonista, obtuvo otro de los aplausos que marcarían su carrera, el Premio Internacional de Pintura de la XII Bienal de Sâo Paulo. Y dos más llegaron en 2002: el de Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Aunque nada le hizo más ilusión que la exposición que le dedicó el Museo Reina Sofía a toda su carrera, desde ese 1957, año de su primera muestra en la Sala Alfil, a 2007 en que se celebró esta gran retrospectiva. Fotografía y pintura caminaban ya parejas en un proceso creativo cada vez más complejo, derivando hacia emulsiones fotográficas llenas de color, rozando el celebrado estilo de Wolfgang Tillmans, aunque de cerca devenían figuras humanas solitarias y desvalidas, manipuladas, derretidas y convertidas en símbolos. Villalba lo fue de una generación que puede parecer que languidece, pero no. Ni siquiera cuando se ha apagado la máquina de oxígeno, su obra deja de respirar. Su pulso artístico sigue vivo.