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OPINIÓN

Pintora del silencio

Fallece a los 82 años Isabel Baquedano, artista que estuvo centrada en su obra, etérea y muy espiritualizada. hasta el momento mismo en que le sorprendió la muerte

isabel baquedano
Isabel Baquedano posa junto a su mesa de trabajo en el año 1989. Diario de Navarra

¡Qué difícil es poner adjetivos a la personalidad y a la obra de una artista, como Isabel Baquedano, tan bien remetida en su mundo interior! ¡Tan discreta, tímida y ensimismada! Nacida en la localidad navarra de Mendavia en el fatídico año de 1936, Baquedano fue, por tanto, una “niña de la guerra y, desde luego, que creció en la empobrecida posguerra española. Años de tribulación y miseria, de total incertidumbre, los menos aptos para el florecimiento de una sensibilidad artística, y, menos, si quien la posee pertenece a un carácter introvertido. Así con todo, el arte hinca no pocas veces sus raíces en estos paisajes desolados, rebuscando los visajes brillantes escondidos en los páramos más yermos. En cualquier caso, definida su vocación, ya en plena década de 1950, Isabel Baquedano se trasladó a Madrid, donde se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, y, en 1957, ganó una plaza como profesora de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, lo que le permitió sobrevivir materialmente e ir perfilando su personal estilo pictórico de orientación figurativa realista, pero con un sello personal de elegante sutileza, donde el adusto paisaje urbano se transfiguraba con delicados toques cromáticos. En 1960, a los 24 de edad, presentó su primera exposición individual en Pamplona, mostrando a continuación, en esta y las siguientes décadas, su obra con cierta regularidad en diversas galerías y centros de exposiciones de Madrid, a través de lo cual obtuvo un cierto reconocimiento crítico, aunque quizás no el suficiente para la original calidad de su arte, por esa su tendencia a encerrarse discretamente en su mundo íntimo.

Sea como sea, al margen de las circunstancias, Baquedano fue dando forma a su particular universo de manera constante, sintetizando cada vez más las formas y logrando dar una peculiar pátina sorda a sus colores aplanados de estirpe matissiana, un poco como retractivamente quedándose solo con lo esencial. Con ello su pintura se hizo etérea y muy espiritualizada, concordante con una temática en la que la realidad cotidiana se fue girando hacia asuntos clásicos en la representación de la intimidad femenina, como las Anunciaciones de la Virgen María, tratadas muy próxima a los maestros del siglo XV italiano. En este sentido, Isabel Baquedano consiguió la reducción de lo simbólico a los momentos y gestos esenciales de la narración, mientras que formalmente destiló una composición apurada al extremo, las figuras silueteadas con una afilada trama, el aplanamiento cromático y la apurada atmósfera en luminosa sordina. Esta economía de medios estuvo siempre al servicio de intensificar al máximo el testimonio de lo que creía verdadero, una virtud tan moral como estética.

Por último, hay que destacar el hecho de que Isabel Baquedano estuvo centrada en su obra hasta el momento mismo en que le sorprendió la muerte, hace unos días el año en que cumplía 82, y mientras preparaba una exposición para el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Su arte, embebido en el silencio, deja tras de sí una estela cantarina, como el eco de las notas musicales de un canto de maitines de un convento. Una resonancia purificadora que se queda indefinidamente fijada en el aire. Fue Baquedano un ejemplo de recogimiento.