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Francia discute sobre el polémico Charles Maurras

El rescate de la obra literaria del intelectual nacionalista, monárquico y antisemita enciende el debate en su país

Charles Maurras se dirige a la Academia Francesa el 8 de junio de 1939.
Charles Maurras se dirige a la Academia Francesa el 8 de junio de 1939. Getty Images

Charles Maurras, el intelectual de la derecha nacionalista, monárquica y antisemita, es el gran maldito de las letras francesas contemporáneas. Lo fue todo en su tiempo: el escritor que marcaba el gusto de la época y estaba en todas las batallas políticas. Hoy no es nada: sus libros no se encuentran en las librerías y pocos le han leído o le reivindican. O eso parecía.

Maurras (1868-1952) regresa. Su figura provoca de nuevo debates públicos, como el reciente por su inclusión —después corregida por el propio Gobierno francés— en el libro oficial de las conmemoraciones nacionales de 2018. Su nombre, un referente de la ultraderecha contemporánea, aparece entre las influencias del nuevo populismo nacionalista como Steve Bannon, ideólogo de Donald Trump. La publicación, en abril, de una antología de más de mil páginas en la colección Bouquins, de la editorial Robert Laffont, es uno de los acontecimientos literarios de esta primavera en Francia. El volumen, titulado L’avenir de l’intelligence et autres textes (El futuro de la inteligencia y otros textos), pone a disposición de los lectores, por primera vez en décadas, una amplia selección de su obra estética, poética, política y periodística. Llamativamente, sin la polémica que ha rodeado el intento de publicar los escritos antisemitas de otro coetáneo suyo, Louis-Ferdinand Céline.

Nacido y criado en la Provenza, lejos de los cenáculos del poder literario y políticos de París, Maurras acabó siendo el intelectual central de las primeras décadas del siglo, como después lo sería Jean-Paul Sartre. Su influencia traspasó fronteras.

Política y estética

Uno de los problemas para recuperar a Charles Maurras, o lo que Maurras tenga de recuperable, es la continuidad entre su estética, que suscitó la admiración de escritores como Marcel Proust o T. S. Eliot, y su ideología, marcada por el antisemitismo que definió su pensamiento desde el caso Dreyfus. “Es difícil separarlo, porque él mismo dijo que fue la estética a que le llevó a la política”, dice Martin Motte, responsable de la nueva antología. La estética era la del clasicismo antirromático, que tenía que ver con la reivindicación de la lengua y la literatura provenzal, y la nostalgia de una Francia latina, mediterránea. Esta reivindicación, a la vez, era inseparable del movimiento federalista que aspiraba a una monarquía descentralizada que anulase el jacobinismo uniformizador de la Revolución francesa. Y el mediterreaneísmo y latinismo eran inseparables del odio a lo germánico, que Maurras, desde su perspectiva latina, asociaba con lo judío. Maurras fue antihitleriano porque veía en Hitler y en los nazis un eslabón más en el nacionalismo expansivo alemán que, en su análisis, venía de Fichte, Bismarck y Guillermo II. Por eso admiraba más a Mussolini que a Hitler, y más aún a Franco y a lo que calificó de “su magnífica cruzada”. Su antigermanismo, sin embargo, no le impidió ser cómplice de los nazis durante la ocupación.

Maurras fue el ideólogo del “nacionalismo integral”; el esteta que promovía un nuevo clasicismo, una identidad francesa arraigada en Grecia, Roma y el Mediterráneo y hostil a la Europa anglosajona y germánica. Fue el antisemita virulento; el teórico de la derecha reaccionaria, antiparlamentaria, monárquica y descentralizadora; el católico que no creía en Dios y que fue condenado por el Vaticano; el admirador del mariscal Pétain, líder de la Francia que colaboró con los nazis; el condenado a cadena perpetua al final de la Segunda Guerra Mundial por traición a la patria; el apestado.

Martin Motte, editor de la antología L’avenir de l’intelligence et autres textes, ve dos motivos por la marginalidad actual de Maurras. El primero son sus tomas de posición durante la Segunda Guerra Mundial: sus escritos llamando a perseguir a la Resistencia y a los judíos franceses, su adhesión inquebrantable a Pétain, cuya llegada al poder en 1940, escribió, fue una “divina sorpresa”. “Pero es una explicación insuficiente”, dice Motte en una entrevista telefónica. Porque la marginalidad de Maurras, añade, no empezó tanto en 1945, al terminar la guerra, sino a partir de finales de los 60. Y la asocia con el declive de una cultura —medieval y antigua— que constituye el núcleo de su pensamiento, y que requiere un universo de referencias hoy exótico incluso para muchos lectores cultos.

Motte no ha renunciado a incluir nada en antología, “ni las partes más innobles”. Estas partes figuran en el capítulo dedicado a los artículos en la publicación L’Action Française, artículos en los que el insulto contra el adversario e incluso el llamamiento a la violencia no es inusual.

¿Qué queda de Maurras? No era un populista, sino un elitista que desencajaba en la era de los movimientos de masas, pero sus teorías sobre las invasiones extranjeras y su nacionalismo anticosmopolita tienen un eco en el nacional-populismo del siglo XXI. En Francia, el Frente Nacional recoge parte de su espíritu, además de grupúsculos monárquicos y ultraderechistas. “Pero nadie hace la síntesis”, explica Motte. No hay un partido, ni un intelectual, que sea a la vez monárquico, nacionalista y federalista. Y el antisemitismo surge en otras esferas, como el islamismo radical.

Los ecos de Maurras nunca se apagaron en la literatura. Discípulos suyos —como su secretario durante la guerra, Michel Déon, y los novelistas de la generación de los húsares— ocupan un lugar de honor en el canon. Y hay algo maurrassiano en autores que reflejan los miedos a la sociedad moderna, como Michel Houellebecq, y en columnistas neorreaccionarios como Éric Zemmour.

También es notoria la influencia de Maurras en la V República, fundada en 1958 por el general De Gaulle. La Constitución de la V República concentra poderes en un presidente-monarca y convierte la política exterior en su “terreno reservado”, del que queda excluido el Parlamento.

El ensayo Kiel et Tanger, de 1910, fue lo más parecido que Maurras escribió a un manifiesto geopolítico. Allí teorizaba sobre las debilidades de la política exterior francesa —debilidades derivadas del régimen parlamentario— y abogaba por que Francia, como potencia media le permitiese ejercer de contrapeso a los imperios. Cuando el actual presidente, Emmanuel Macron, quiere regresar al gaullismo y a una presidencia su carácter monárquico, y cuando intenta devolver a Francia su papel de país mediador entre las grandes potencias, quizá también sea algo maurrasiano, aunque no lo sepa.

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