El cine también se lee
La lectura de los guiones jamás podría reemplazar la riqueza expresiva de la cámara de Bergman
Hubo un tiempo en que la publicación de guiones cinematográficos era algo normal y hasta necesario, especialmente en aquella España en que la censura impedía que se vieran las películas al completo, empezando por las del mismo Bergman. Ya que no podían verse, al menos las “leíamos”, y con ese consuelo para hambrientos fuimos rellenando huecos. A fin de cuentas, se solía decir, el cine nace de la literatura, y tal como dice Almodóvar en un graffitti que figura en la librería 8 y medio, de Madrid “el cine también se lee”. Es obvio que eso solo es cierto hasta cierto punto. No hay texto que pueda suplir la sutileza, la belleza de las imágenes o el color de, pongamos por ejemplo, El espíritu de la colmena; la lectura de aquellos guiones jamás podría reemplazar la riqueza expresiva de la cámara de Bergman. El lenguaje cinematográfico es harina de otro costal.
No obstante, tiene mucho de cierto que el cine nace en buena medida de la literatura, como bien nos recuerda esta semana el programa de la 2 Historia de nuestro cine, que exhibe largometrajes españoles nacidos del teatro que en muchos casos el cine hizo populares. Esto naturalmente no es exclusivo del cine español, véase el último libro del historiador Luis López Varona, Shakespeare en el cine, en el que cuenta cómo ver Ran, la película del maestro japonés Akira Kurosawa, le llevó a descubrir al universal dramaturgo y su obra El rey Lear.
Cuando el director iraní Jafar Panahi, castigado en su país a no hacer cine y recluido en su casa intentaba a pesar de todo hacer una película, contándole a un amigo cómo sería la que él soñaba rodar (Esto no es una película, en 2011) en un momento se dio por vencido y se interrumpió desalentado: “Esto es absurdo, si las películas se pudieran contar no sería necesario rodarlas”.


























































