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ENTREVISTA

Rafael Reig: “A lo mejor el rencor es conciencia de clase”

El escritor asturiano publica 'Para morir iguales', cuyos personajes esperan con ansia la venganza

El escritor Rafael Reig, en la librería Alberti, de Madrid, el pasado 9 de mayo.
El escritor Rafael Reig, en la librería Alberti, de Madrid, el pasado 9 de mayo.

Rafael Reig (Cangas de Onís, Asturias, 1963) es huérfano desde que tenía 35 años, pero vivió como educador en un orfanato de Madrid, y sabe qué hay en la conciencia y en los sentimientos de los niños que se quedan solos. Con esa amalgama trabó Para morir iguales (Tusquets) su última novela. Mientras fuma sus cigarrillos diminutos y espera a que Almudena Grandes le presente en la librería Alberti este libro cruzado, desde el título, de versos legendarios del mexicano José Alfredo Jiménez, este escritor, profesor y librero aborda la presencia del rencor en su libro. Del rencor, de la venganza, “de todo aquello que se considera malo”, y que habita la vida de los muchachos que pueblan su relato.

“La venganza”, dice, “es un sentimiento malo". "Pero yo me he educado para desconfiar de lo que nos cuentan: que el rencor es malo, la venganza es mala. A lo mejor el rencor no es tan malo, a lo mejor es conciencia de clase. ¿Y la venganza? Me repugna, no me he vengado nunca, pudiendo, pero me gusta plantear por qué alguna gente tiene necesidad de vengarse, porque la hace más fuerte o mejor”.

Sus personajes tienen rencor, aguardan vengarse. “Mi protagonista no es bueno, es un cabrón con pinta; el narrador es engañoso, no te cae mal al principio porque opina bien de las cosas, es un viejo cascarrabias, pero luego ves que no tiene moral”. Por la novela flota la orfandad. “Nuestra generación”, dice el narrador, “somos huérfanos del caudillo, fuimos adoptados por la democracia, no teníamos tele, no teníamos padre”. En cierto modo, le decimos a Reig, nadie tenía padre, o al menos este no nos hablaba de lo importante. “No teníamos lo que ahora se entiende como relación paternofilial; todos éramos huérfanos y todos estábamos en colegios de monjas”. No es la primera vez que este educador afronta el asunto. “Escribí una novela sobre Marilyn Monroe. Y ahora, releyéndola, me he dado cuenta de que es la más personal, porque ella era huérfana. En toda ella hay un ritornelo: ‘no quiero que me comprendan, quiero que me quieran”. Es lo que distingue a los huérfanos.

—¿Le marcó tanto ese trabajo con huérfanos o ha añadido sentimientos propios?

—Son sentimientos propios. Cuando escribí Marilyn entendía el sentimiento de orfandad: como los huérfanos no han tenido amor en la infancia, les cuesta creerse el amor de los demás; nunca se van a sentir queridos y a mí eso me impresiona.

—Pero en esa orfandad radical florece la amistad, y es duradera, se observa en la novela. A lo mejor su propio camino, Reig, ha sido ese: joven gallito que de pronto necesita agarrarse a ese modo de ternura que se llama amistad.

—Siempre he creído mucho en la amistad, en la lealtad a los amigos. Es el sentimiento más noble que existe. Y entre hombres es un sentimiento un poquito machista que entendemos mal entre las mujeres. A mí, la amistad me ha dado los mejores momentos de mi vida. Y por eso quería hablar en la novela sobre ese cariño, que adrede aparece como un poco ambiguo. La amistad siempre es ambigua, nunca es inocente, siempre hay algo de atracción sexual.

Por eso la venganza, cuando aparece, resulta cruel, pero no es necesariamente, como dice Reig, “un sentimiento malo”. Crece como otros sentimientos e incluso como los insultos que prosperan desde la infancia. “Yo era el niño al que llamaban gordo, yo los llamaba legañosos, y triunfaba en el recreo, porque era mucho más insultante que maricón hijoputa”.

Detrás de este libro hay mucha lectura y mucho cine. La naranja mecánica, basada en la novela de Anthony Burgess, “que decía de su protagonista que tenía a la vez amor al lenguaje y amor a la agresión”. Violencia, insulto… y eso que asociamos la infancia a la ternura. “¡Noooo! Hay que leer para saber que no es así. Hay que leer El señor de las moscas, de William Golding. ¿Cómo se puede decir que esos son niños buenos? ¡Venga ya!”. Y hay más libros, (casi) todos los libros en esta mente que ha dado de sí Para morir iguales. “Leer es fundamental, aunque, como se advierte en los trenes, es peligroso asomarse. Es un riesgo, porque te encuentras en tu burbuja, crees que todo es perfecto y de pronto te asomas a vidas que te cambian tu lugar en el mundo”.

Librero en la sierra de Madrid, tiene ya la costumbre de recomendar. ¿Qué leer de fecha reciente? El orden del día, de Éric Vuillard, “una joyita, un trabajo de orfebre, como una inyección que no duele pero que te invade las venas”. Ese libro explica cómo empezó Europa a ponerse a disposición de una violencia mucho más seria que la de los orfanatos: la de Hitler.