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Ramón Vila, el ángel de los toreros

Atendió 1.500 cornadas en sus 32 años como cirujano jefe de la enfermería de la plaza de la Maestranza y fue un referente fundamental de la medicina taurina

Ramón Vila, en el burladero de los médicos de la Maestranza, el pasado 6 de mayo.
Ramón Vila, en el burladero de los médicos de la Maestranza, el pasado 6 de mayo.

Ramón Vila Jiménez (Sevilla, 1938), cirujano jefe de la enfermería de la plaza de toros de Sevilla durante 32 años, falleció la pasada madrugada en su domicilio sevillano de forma repentina. Un día antes había asistido a la presentación de un libro de Carlos Infante, cirujano cardiovascular, y nada hacía presagiar el fatal desenlace. Vila había padecido hace unos meses un problema cardiaco y, recientemente, estaba aquejado de un esguince en la pierna derecha, lo que le había obligado a someterse a rehabilitación y le había impedido acudir con asiduidad a las corridas de la reciente Feria de Abril.

Ramón Vila era hijo de otro afamado cirujano taurino, Ramón Vila Arenas, jefe de la enfermería sevillana, a quien sustituyó en el cargo en el año 1978, si bien ya colaboraba con su padre desde 1965.

Al frente del equipo médico de la Maestranza se convirtió en un referente fundamental de la medicina taurina. Amplió el número de sanitarios de cinco a doce miembros y convenció a la Real Maestranza, propietaria de la plaza, para trasladar la ubicación de la enfermería, que quedó convertida en un pequeño pero modernísimo hospital donde se puede atender cualquier contratiempo de salud a toreros y espectadores.

Gran aficionado a los toros, Ramón Vila se sentía, y así lo confesó en el blog El toro, por los cuernos, un médico-torero, y afirmó que se hizo cirujano para conocer lo que encerraban los toreros en su interior, aunque siempre lamentó que no hubiera tenido valor para ponerse delante de una becerra.

Francisco Rivera Paquirri fue su primer paciente cuando se hizo cargo de la enfermería sevillana. El torero había sufrido dos cornadas, una en cada muslo, y, ya en la camilla, se negó a ser operado por el doctor Vila y exigió la presencia del padre del médico, ausente por enfermedad. La firmeza mostrado por el joven doctor y la urgencia del trance convencieron al matador, que se recuperó satisfactoriamente, y lo que comenzó con un acto de rebeldía acabó en una íntima amistad que torero y médico mantuvieron hasta la muerte de aquel en Pozoblanco, en 1984.

Tenía a gala Ramón Vila las veces que su equipo había salido por la Puerta del Príncipe, que él asimilaba a las vidas que había salvado, y citaba los nombres del matador Pepe Luis Vargas, corneado gravísimamente en abril de 1987 por un toro de Barral en la puerta de chiqueros; el novillero Curro Sierra, en 2004, y los subalternos Luis Mariscal y Jesús Márquez, en 2010.

Precisamente, la gravedad de estas dos últimas cornadas, cuando el médico ya contaba con 73 años, le produjo “un bajón anímico”, según sus palabras, y decidió jubilarse, y dejar paso al cirujano Octavio Mulet, si bien Ramón Vila siguió formando parte del equipo médico como relaciones públicas, y por si alguna vez “fuera necesaria mi colaboración”.

Los momentos difíciles

También vivió momentos difíciles, como fueron las muertes de los banderilleros Manuel Montoliu y Ramón Soto Vargas, el 1 de mayo y el 13 de septiembre de 1992, respectivamente.

En total, más de 1.500 toreros pasaron por las manos de Ramón Vila, lo que le permitió alcanzar una gran notoriedad como cirujano taurino; le llamaban “El ángel de la guarda” de los toreros, participó en numerosos congresos médicos donde disertó sobre los avances de su especialidad, y era reconocido como un referente fundamental de la medicina taurina, que, según contó a este periódico, “se aprende en la calle, pues no hay una sola línea referida a ella en los libros de la carrera de Medicina”.

El pasado 1 de mayo recibió en su casa a este periódico y aunque se le vio mermado de facultades físicas mantenía el carácter jovial que siempre le caracterizó y mostró su ilusión por celebrar su ochenta cumpleaños, que había cumplido el 25 de abril, con un crucero veraniego por el Mediterráneo con su esposa, sus hijos y nietos. Ramón Vila no podrá hacer realidad este sueño: dejar en el recuerdo de sus nietos el crucero que ya tenía contratado, pero ha dejado una realidad incontestable por la que él y su equipo siempre serán recordados: han salvado las vidas de muchos toreros.