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Marc Pataut, el fotógrafo que convive con el precariado

El autor reúne en el Reina Sofía 300 imágenes de desfavorecidos

Nöel Perros delante de su casa, en Cornillon (1994).
Nöel Perros delante de su casa, en Cornillon (1994).

La deriva esteticista de muchas obras de denuncia social puede banalizar y trivializar el discurso hasta hacerlo inane. No es el caso de Marc Pataut, que admitió ayer el gran peligro de “esta práctica tan extendida en el arte contemporáneo y también en algunas organizaciones”. Uno de los primeros trabajos creativos de este fotógrafo francés de 65 años fue impartir un taller a niños psicóticos. Pataut les repartió cámaras Instamatic que se convirtieron en un juguete y en una especie de prolongación del cuerpo de los menores. Lo que menos importaba eran los encuadres de las imágenes y lo que más se buscaba era la interacción, la creación de un espacio de libertad y de colaboración entre los muros de la institución hospitalaria. “No hacían fotos solo con lo que veían a través de sus ojos, sino con cualquier parte de su cuerpo”, explicó el fotógrafo ayer al inicio del recorrido de su primera exposición individual en España, que se inaugura hoy en Madrid, en el Museo Reina Sofía, en el marco del festival PHotoEspaña.

Corrían los años ochenta y aquel encargo resultó fundacional para el trabajo posterior de Pataut. “Las personas con las que trabajo son mi primer público. Fui a hacerme fotógrafo para elaborar un gran reportaje, para denunciar el internamiento. Me encontré con niños que sufren y me di cuenta de que había que hacer algo. Repartí cámaras desechables. Sus fotografías me causaron una gran conmoción. No tenían nada que ver con mi idea de la fotografía. Hice un retrato de cada uno de ellos con su hoja de contacto”, apuntó el artista junto a esos espléndidos retratos, que se exhiben al lado de las imágenes de los niños.

En 1994, empezó a fotografiar a los habitantes del solar de Cornillon, en Saint-Denis, que había sido elegido para erigir el rutilante estadio del Mundial en el que Francia ganó la final, en 1998. El fotógrafo retrató, con un acercamiento humanista sin trucos efectistas, respetando la privacidad, a la comunidad de los sin techo que vivían allí hasta su desalojo en 1995. “Vivían en una situación precaria, pero de forma muy digna”, recuerda el artista, que empezó como fotoperiodista y mostró estas imágenes en la Documenta de Kassel dos años después.

Los trabajos de la década de los noventa constituyen el foco de la exposición Marc Pataut. Primeras tentativas, que reúne 300 imágenes hasta el 27 de agosto en el museo, emplazado en el antiguo hospital general de Madrid. Jorge Ribalta, comisario de la muestra, destacó el testimonio de Pataut del surgimiento del precariado “como nuevo sujeto político” con el advenimiento de la hegemonía neoliberal que se instala definitivamente en Francia en aquellos años. Su obra da visibilidad “a los más desfavorecidos”, sostuvo Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, y no solo “reinventa el documental, sino que forma parte de él: convive con los colectivos representados como mediador, no es un trabajo contemplativo, la cámara es un elemento de mediación con los demás y se convierte en un trabajo de denuncia política y de la institución artística”.

Pataut fundó, junto al diseñador gráfico Gérard Paris-Clavel, el colectivo Ne Pas Plier, que pretendía proporcionar “medios políticos y estéticos” mediante la apropiación y tergiversación del lenguaje de la publicidad a las movilizaciones en los noventa de los precarios y los desempleados. Estos trabajos se muestran justo antes de las series dedicadas al desarraigo de los antiguos mineros de la localidad de Sallaumines y al experimento con la publicación La Rue (el equivalente a la española La Farola), en colaboración con Médicos del Mundo. Volvió a dar cámaras desechables esta vez a personas indigentes para fomentar su autonomía y testimoniar sus dificultades diarias.

El recorrido concluye en una amplia sala que recoge el trabajo conjunto de Pataut y la escritora y coleccionista francesa Sandra Álvarez de Toledo. Las imágenes del primero sobre el paisaje de la memoria del deslavazado jardín de un antiguo hospital psiquiátrico para personas sin hogar comparten espacio con los textos de la segunda.