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Toda literatura es literatura del yo

Digámoslo alto y claro, escribir es exponerse. Cualquiera que no ­pretenda exponerse debería recoger sus bártulos y largarse

El autor estadounidense Philip K. Dick en mayo de 1977.
El autor estadounidense Philip K. Dick en mayo de 1977. GETTY

Toda literatura, en tanto que movimiento existencialmente sísmico cuyo epicentro es el propio autor —el tipo o la tipa que empuña el bolígrafo o cierne sus dedos sobre el teclado—, es literatura del yo. Es literatura del yo Los tres estigmas de Palmer Eldritch, de Philip K. Dick, en la misma medida en que lo es cualquier visceral relato de Lucia Berlin. ¿La diferencia? El género, diríamos. Sí, y no. El escritor, en tanto que nebulosa conciencia en busca de sí misma, sólo desea una cosa: salir, escapar, vivir, brillar. La manera en que cada uno consigue poner un pie en el mundo, alzar la voz y decir (MIRADME), es, evidentemente, distinta, y depende, como diría el bueno de Kurt Vonnegut Jr., de sus propias limitaciones en tanto que narrador. ¿Juega el pudor un papel esencial en esas limitaciones? Por supuesto. Más bien, podría decirse, que la manera en que el autor (o autora) acabará exponiéndose —siempre lo hacen, no pueden no hacerlo— depende de su capacidad para abrillantar o enmascarar —ficción mediante— su exposición. Porque, digámoslo alto y claro, escribir es exponerse. Cualquiera que no pretenda exponerse debería recoger sus bártulos y largarse. La primera batalla que el escritor debe librar en tanto escritor es una batalla contra sí mismo, contra su propia idea de sí mismo. Lo siguiente es derribar, ladrillo a ladrillo, el muro que lo separa del monstruo, la pulsión, lo que sea que le ha llevado a empuñar el bolígrafo, o fijar su vista en la hoja en blanco de la pantalla del ordenador, o a darle vueltas a la idea misma de hacerlo.

Para el escritor el pudor no es una opción. Porque si tienes miedo a exponerte es que no quieres exponerte en realidad. Lo único que desea el escritor es contarse. Lucia Berlin, poco antes de morir, grabó una serie de vídeos. En los vídeos contaba de qué manera sus relatos le habían salvado la vida. Leer a Lucia Berlin es bucear en su cerebro. Si su narrativa es un animal salvaje es porque no podía no serlo. En uno de esos vídeos habla del relato ‘Lavandería Ángel’. En él cuenta cómo una tal Lucia —ella— coge el coche y la ropa y se aleja de su barrio para lavarla. Acaba lavándola siempre en la misma lavandería, donde se topa con un indio alcohólico. “Los cuentos dicen cosas de mí que no fui capaz de reconocer en el momento en que los escribía. Cuando digo que el indio y yo estábamos conectados, que nos reflejábamos en el mismo espejo, me estaba diciendo a mí misma, estúpida e idiota de mí, que era alcohólica, pero tardé 20 años en darme cuenta de que la historia quería decirme eso”, dice en el vídeo. También dice que, para ella, en todo buen relato, debía producirse “una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad”, porque “lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad”. Esa verdad no estaría ahí si la autora no hubiese hecho caer el muro. Pero, diríamos, el suyo es un caso evidente. Hay otros que no lo son tanto. Pensemos en Philip K. Dick.

En el tiempo que Philip K. Dick estuvo casado con Anne R. Dick (1959-1965) escribió 19 novelas. Entre ellas, Los tres estigmas de Palmer Eldritch y Podemos construirle. Cuando las leyó por primera vez, Anne no pensó que tuviesen nada que ver con lo que estaba pasando entre ellos, pero cuando lo dejaron, volvió a leerlas y descubrió que todo lo que él pensaba de ella estaba ahí. “Dios mío”, escribió, “las antiheroínas de las novelas de esa época estaban basadas en mí. Hacían cosas que yo hacía, pero también eran horribles. Eran asesinas. Eran adúlteras, y estaban locas. Estaba tratando de destruirme y yo no me había dado cuenta. Luego vinieron los libros sobre divorcios y reconciliaciones, escritos justo en la época en la que nos estábamos separando. No los volví a leer hasta que Phil murió. ¿Habría sido distinto si hubiera podido leerlos antes? Tuvimos que comprar el Jaguar blanco antes de que escribiera Podemos construirle porque sale en la novela. El anuncio que nos llevó a comprar un piano también sale. Podemos construirle iba básicamente de nuestro viaje a Disneylandia y de lo mucho que le fascinó a Phil el robot de Abraham Lincoln. Mis hijas me ayudaron a situar otras cosas: ‘Eso ocurrió el año en el que estaba en tercero’. ‘Eso fue cuando me caí y me rompí los dientes’. ‘Y eso después de mi cumpleaños, aquel en el que tuvimos el pastel amarillo”.

Toda literatura es literatura del yo. Uno puede salir al campo de batalla desnudo —como Lucia Berlin— o cubierto con una armadura galáctica —como Philip K. Dick—, pero debe salir

Podría decirse que el caso de Philip K. Dick es distinto, pero en realidad no lo es. Él está exponiéndose, sólo que lo hace a su manera. Se deforma, rehúye la idea del pudor, pero no lo teme. No se teme a sí mismo. Incluso cuenta su primer gatillazo en Aguardando el año pasado. Por entonces, Anne y él iban a terapia de pareja. La cosa ya iba mal. Cada vez que se peleaban, el escritor se iba a casa de su madre. Una de las veces que volvió, intentaron acostarse pero la cosa no funcionó. Escribió en el libro: “No pudo hacerlo. Se apartó de ella, sintiéndose francamente mal”. Luego vendría el intento de reconciliación. En Los tres estigmas de Palmer Eldritch, cuya idea inicial fueron las barbies que Santa Claus les trajo a sus hijas esa Navidad, el escritor está tratando de confesarle a Anne, a través del personaje de Barney Mayerson, que nada en el mundo le gustaría más que volver con ella. Barney se odia a sí mismo y sabe que está siendo muy egoísta. Y el personaje realmente se comporta como un tipo egoísta y despiadado. Para expiar sus pecados y dejar de sentirse culpable por lo que está pasando con su mujer, decide exiliarse a Marte, sabiendo que no podrá volver. Va a dejarse inocular un virus que le pondrá a las órdenes de Palmer Eldritch, una especie de profeta galáctico. Bien, por esa época Philip K. Dick estaba empezando a ir a la iglesia y a dejarse seducir por la idea del cristianismo. Toda literatura es, efectivamente, literatura del yo. Uno puede salir al campo de batalla desnudo —como Berlin— o cubierto con una armadura galáctica —como Dick—, pero debe salir de todas formas.

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