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Una mirada al mundo ‘gipsy’

Tres obras de investigación coinciden con la celebración del Día Internacional del Pueblo Gitano aportando una desconocida mirada intelectual más allá de los habituales tópicos

'Gitanos cerca de Zumárraga' (1862), de Gustavo Doré, ilustración que se incluía en el artículo 'Voyage en Espagne: les provinces basques', del barón Charles Davillier.
'Gitanos cerca de Zumárraga' (1862), de Gustavo Doré, ilustración que se incluía en el artículo 'Voyage en Espagne: les provinces basques', del barón Charles Davillier.

En las crónicas históricas aparecían como raza de rufianes de la que siempre se sospechaba. Los gitanos impregnaron la literatura contumbrista del siglo romántico y fascinaron con recelo a los viajeros ansiosos de pintoresquismo. Su imagen ha sufrido durante siglos el tópico feroz pasando de las condenas antigitanistas del Antiguo Régimen a la fascinación de la actual televisión espectáculo en la que aparecen en una galería de hipérboles y extravagancias. Pero, ¿cómo son en realidad los gitanos? ¿Cuál es su origen? ¿De qué forma influyeron su lengua y sus costumbres en España? Coincidiendo con el Día Internacional del Pueblo Gitano aparecen tres oportunas novedades editoriales que ayudan a entender a este complejo pueblo desde una perspectiva histórica, literaria y filológica: Historia del pueblo gitano en España, de David Martín Sánchez, publicado por Catarata; Estudios sobre los gitanismos del español, de Carlos Clavería, y Teatro de gitanos y de la vida, de Juli Vallmitjana, ambos en Athenaica.

Lo tzigane, lo gitano, lo gipsy, lo egipcio o lo bohemio han provocado siempre una extraña mezcla entre la curiosidad hechizante y el desprecio. Lo llamativo es que la realidad gitana ha sido analizada sobre los cimientos del estereotipo y en escasas ocasiones desde el ámbito académico. Entre los primeros intelectuales curiosos del mundo de lo gitano está la ya casi mítica figura de George Borrow al que en Andalucía se le llamaba Jorgito el inglés. En la década de los treinta del siglo XIX el viajero británico llega a España como agente de la Sociedad Bíblica de Londres a España. Resultado de sus andanzas españolas está el libro La Biblia en España, pero Borrow fue más allá de sus estudios biblistas. Quedó seducido por los gitanos españoles y a ellos dedicó la obra The Zincali además de traducir en 1837 el Evangelio de San Lucas al caló. El estudio de Borrow coincidía además con la moda del flamenquismo entre los viajeros que buscaban en el Sur aventuras pasionales, emociones y personajes excesivos y extraños.

En Historia del pueblo gitano en España, David Martín Sánchez asegura que las ilustraciones de gitanos de los siglos XVIII y XIX “responden a estereotipos, imágenes festivas y folclóricas o a personas en contexto de marginación que, sin ser falsas, desvirtúan la verdad de un pueblo en el que solo una minoría se dedicaba al flamenco o vivía en cuevas”. Rodelas rayadas y de vivos colores, túnicas, pañuelos ceñidos a la nuca, collares, pulseras y argollas tobilleras definen el atuendo de estos personajes que sorprendían por su aspecto. Los camisones con mangas que usaban las gitanas y que descubrían parte del pecho y de la pierna provocaban el escándalo.

Paseo al Barrio de los Gitanos

Para culminar este rescate de bibliografía gitanófila Athenaica publica otro libro raro y curioso: Teatro de gitanos y de la vida, del escritor catalán Juli Vallmitjana, seguido del estudio La entrada patética de los gitanos en las letras occidentales, de Fernand Baldensperger. Joana Masó, responsable de la edición, descubre la figura de Vallmitjana (1873-1937), que paseaba desde el barrio de Gràcia de Barcelona al de Hostafrancs para descubrir el hechizante mundo de los gitanos. Mientras que Fernand Baldensperger despliega en su ensayo un sorprendente mapa europeo de la representación literaria de los gitanos desde las obras de Pushkin a Victor Hugo.

Martín Sánchez repasa las vicisitudes de los gitanos en España destacando varios periodos desde la llegada en el siglo XV de una inmigración que entró por los Pirineos procedente de Europa central. La primera referencia documental está fechada en 1425, cuando Alfonso V de Aragón autorizó a viajar durante un trimestre por sus dominios a don Juan de Egipto Menor.

Seguirán entonces la pragmática de los Reyes Católicos en 1499 y continúa hasta Carlos III, que deroga las leyes que impedían la entrada de los gitanos en cualquier oficio al declarar que no procedían de “raíz infecta” y convertir así a los gitanos en súbditos productivos. No se decidió expulsarlos como a las minorías de judíos y moriscos pero sí padecieron la represión continua. “Se intentó realizar una reglamentación asimiladora por parte de las autoridades y cuando no fue posible se utilizó al legislador para establecer penas durísimas como las galeras y el destierro”, señala Martín Sánchez. Sin embargo, hay un episodio negro, el de la Prisión General de 1749, también conocida como Gran Redada. “Sucedió durante el reinado de Fernando VI, con el ministro Ensenada como máximo valedor de una postura extrema para acabar con la cuestión gitana. Entre 9.000 y 12.000 personas consideradas gitanas fueron apresadas y encerradas”, añade.

Más allá del tono negativo en los textos procesales hay otra realidad que desvela la aportación riquísima que el mundo gitano hace al idioma español incorporando palabras del caló. En palabras del lingüista y sociólogo Jiménez González, los gitanos españoles hablan gitañol o español gitano. Precisamente, Athenaica recupera Estudios sobre los gitanismos del español, una obra clásica de quien fuera académico de la RAE y erudito filólogo, Carlos Clavería. Clavería aportó argumentos a la erudición gitanófila sentando las bases para trabajos posteriores en léxico gitanoespañol. Una obra que se publicó en 1951, pero que sigue siendo una referencia hoy día.

El estudio, que cuenta con presentación de Pedro G. Romero e introducción de Ivo Buzek, presenta el rastreo de Clavería en la literatura española para descubrir tipos gitanos en obras literarias como La gitanilla, de Cervantes, Don Álvaro, del Duque de Rivas, o los sainetes de Ramón de la Cruz en el siglo XVIII.