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Las imágenes robadas de Mario Muchnik

Una muestra refleja en París la vocación fotográfica del editor

Daniel Cohn-Bendit, con un micrófono, en París en 1968.
Daniel Cohn-Bendit, con un micrófono, en París en 1968.

Mario Muchnik fue bachiller en Buenos Aires, universitario en Nueva York, físico nuclear en Roma, jefe de una empresa de audiovisuales en Londres, director de colecciones literarias en París, fundador de la editorial que llevó su nombre en la Barcelona de 1973 y después responsable de distintos proyectos librescos en Madrid, donde sigue residiendo. ¿Qué tienen en común estas vidas sucesivas? Pues que, en todas ellas, Muchnik se volcó en una pasión inmutable: la fotografía. En 2017, el editor argentino cedió 133 imágenes de su archivo al Instituto Cervantes, que le agradece ahora el gesto con una exposición itinerante, Mario Muchnik, el fotógrafo, que condensa la mitad de aquella donación.

La muestra, inaugurada en la sede parisiense de la institución, permite descubrir sus retratos de escritores e intelectuales de medio mundo. Sartre y Beauvoir aparecen en una terraza romana allá por 1965. Malraux ora de espaldas en algo que, de lejos, parece un mitin. John Cage juega al ajedrez y fuma con boquilla. Borges posa en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires a principios de los setenta. Gabriel Garcia Márquez, Adolfo Bioy Casares, Alejo Carpentier, Pierre Mendès France, Daniel Cohn-Bendit, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Italo Calvino o Dario Fo protagonizan el resto de instantáneas, todas ellas de marcado aspecto natural, sin encuadre estudiado ni escenografía a destacar. Además, Muchnik utiliza en todas ellas un riguroso blanco y negro.

“El color nunca me dijo nada. Para mí, el blanco y negro ya era suficientemente expresivo. El color fue solo un arreglo de las compañías de fotografía”, opina Muchnik, ausente de la inauguración en París a causa de una caída doméstica de su esposa, Nicole, todavía convaleciente. “La mayoría de fotografías son fruto del azar. No las busqué conscientemente. Simplemente, me cruzaba con Goytisolo o con Vargas Llosa y les hacía una foto. Y así hasta llegar a reunir 50.000 negativos…”, relata el editor y fotógrafo.

Jean-Paul Sartre, en Roma en 1965 retratado por el editor y fotógrafo Mario Muchnik.
Jean-Paul Sartre, en Roma en 1965 retratado por el editor y fotógrafo Mario Muchnik. EL PAÍS

Las imágenes tienen otra imprecisa calidad en común: el aura de soledad que envuelve a sus personajes. “La fotografía de Muchnik es literaria”, escribe el pintor Eduardo Arroyo en el catálogo de la muestra. “Personajes perplejos casi siempre, ocupados en paisajes desolados”.

Otro bonaerense madrileñizado, el poeta y ensayista Marcos-Ricardo Barnatán, ha ejercido de comisario de la exposición. “Desde muy joven estuvo en contacto con escritores, al ser hijo de otro gran editor como Jacobo Muchnik, legendario en Argentina y responsable de una colección de poesía en la que nos formamos muchos”, declaró. “Esa es la razón por la que, siendo todavía niño o adolescente, conoció a Alberti o a Sábato”.

Pese a esos tempranos contactos, Muchnik recuerda que el protagonista de su primer retrato fue su perro. “Tendría 8 o 9 años. Era un perro bravo”, recuerda. Recibió excelentes críticas, aunque todas procedieran de parientes suyos, lo que le hace dudar sobre su credibilidad. De todas formas, desde ese día nunca dejó de pulsar el disparador. “La psicología que me mueve siempre ha sido la misma: reflejar una realidad. No ha primado la estética, que no me interesa. A mí me ha interesado mucho la realidad”, asegura Muchnik.

Sus cámaras favoritas fueron sus dos Leicas “con sus cuatro objetivos”, que prefirió a robustos modelos germanos como Contaflex y Rolleiflex por la agilidad y la rapidez de reflejos que le proporcionaban. “Allá donde iba, siempre se llevaba una cámara”, cuenta su hijo Federico, cineasta asentado en Boston desde hace décadas, que se desplazó a París para asistir a la inauguración. “Las cámaras suelen ser un filtro, una forma de poner algo entre la vida y tú. Una cámara es un buen lugar detrás del que esconderse. Y, a la vez, también son una manera de intentar conectar con el otro”.