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Una película como venganza contra los neonazis

El director alemán de origen turco Fatih Akin ataca el racismo en su país con 'En la sombra', que ganó el Globo de Oro a mejor filme extranjero

El director Fatih Akin, en Madrid, el martes 20 de febrero. (CLAUDIO ÁLVAREZ)

Alguien los bautizó como los asesinatos del kebab. En efecto, casi todas las víctimas regentaban alguna tienda de comida callejera. El río de sangre en Alemania empezó en 2000 y no paró hasta 2007. Se acabó llevando 10 vidas: nueve inmigrantes, de origen turco o kurdo, y una policía local. De ahí que muchos ya decidieran enseguida el culpable: la mafia turca. “Es el racismo de la sociedad”, sostiene Fatih Akin (Hamburgo, 1973). Era el relato más fácil de imaginar, y de olvidar: víctimas extranjeras, tal vez tráfico de droga o prostitución, algún ajuste de cuentas. Solo en 2011 se descubrió la firma real del crimen: NSU, un grupo terrorista de extrema derecha. En una palabra: neonazis. “Fue entonces cuando escribí el guion”, agrega el director alemán de origen turco. Siempre había querido filmar una película sobre el regreso del movimiento más peligroso del siglo XX. Para rodarla necesitó unos años más. Ahora, tras ganar el Globo de Oro a la mejor película extranjera, En la sombra llega a España.

El filme cuenta una historia de ficción. Pero Akin andaba sobrado de ejemplos reales en los que inspirarse. De adolescente, en 1986, se quedó “impactado” al enterarse de que un neonazi había asesinado a un turco. Y hace pocos años su nombre apareció en una lista online de políticos y artistas objetivos de la ultraderecha. “Lo considero un cumplido”, defiende. Con la cámara, pasó al contraataque. Filmó la tragedia de una mujer que pierde a su hijo y su marido por un atentado con bomba de dos neonazis. Y su lucha contra todo: el dolor, los prejuicios, la injusticia y el racismo. Porque si a un turco que estuvo en la cárcel (su esposo) le vuelan por los aires, seguro que algo habría hecho.

El racismo es el enemigo. No me refiero al de Le Pen, o de Alternativa por Alemania [la ultraderecha que entró en el Parlamento en las últimas elecciones]. Mire Polonia, Hungría, Turquía. Se ha vuelto mainstream, ya no está en los márgenes”, asegura Akin. Él mismo lo experimenta, al menos en su sector: "Trabajo duro por quitarme la etiqueta de 'cine de inmigrantes".

Un fotograma de 'En la sombra'. ampliar foto
Un fotograma de 'En la sombra'. Europa Press

A la vez, entre un filme y otro, el director volvía al guion de En la sombra. Lo retocaba, y lo apartaba. Hasta que se sintió listo: “Con cada película aprendes; ahora soy más crítico conmigo mismo, y más rápido”. “Me gusta que este largo tenga una rabia ausente en mis últimas películas”, agrega. A la ira contra el sistema, Alemania y el rechazo al otro, el director suma una contra el cine. El suyo, y el europeo. Habitual en los festivales, creador de las celebradas Al otro lado o Contra la pared, narrador de los márgenes de la sociedad, Akin argumenta: “Considero que hago cine de autor, pero no tiene sentido filmar películas solo para críticos. Si ruedo un filme sobre la clase obrera, dirigido a un público de élite, estoy usando a los trabajadores por mi propio beneficio, les estoy robando. Tiene que ser accesible también para ellos”. Y cita como ejemplo la serie Breaking Bad: “La ven la clase alta y el conductor del bus”.

Filmes que hablan

"Mis filmes dialogan entre ellos", suelta Fatih Akin. "Y no solo, también con los demás que me rodean en ese momento". El alemán devora cine sin parar, bebe y absorbe séptimo arte. En concreto, mientras preparaba En la sombra, Akin vio mucho cine coreano "de venganza" y Toni Erdmann. "Estaba justo montando el final y dije: 'Hay que cambiarlo todo, tenemos que hacer Toni Erdmann!".

El director cree que el diálogo es también lo mejor que el cine puede producir: "Una película no cambia el mundo, pero puede generar conversaciones, discusiones entre los espectadores. Y el público sí puede cambiar el mundo".

Por eso, entre otras razones, dividió En la sombra en tres capítulos: “Lo haría más accesible, y más creíble”. Los tres episodios son muy distintos entre ellos, casi tres géneros: el drama de la pérdida; el juicio y sus batallas dialécticas; un epílogo tenso que mira al thriller.

La elección de la actriz principal fue otro guiño al gran público. Diane Kruger actúa aquí por primera vez en su idioma natal y Cannes la encumbró con el premio a la mejor actriz. Akin también está conquistado, aunque tuvo sus dudas. “Quería una actriz rubia, de ojos azules, me gustaba la idea de que una aria jodiera a los arios. Y buscaba una intérprete guapa, quería disfrutar viéndola ya que iba a estar todo el tiempo en la pantalla”, afirma. Surgió, entre otros, el nombre de Kruger; Akin sabía poco de su carrera, pero le preocupaba que fuera más modelo que actriz. Se equivocaba. Kruger le invitó a cenar y se presentó tal y como Akin se imaginaba el personaje: ninguna estrella, una mujer cualquiera. Una vez en el rodaje, su concentración era tan intensa que contagió al cineasta y a los demás: “Todos susurraban, como si nadie quisiera molestar”.

Y eso que al cineasta le encanta fastidiar. De hecho, la acogida positiva del filme le sorprende: “Pensaba que dividiría más. No puedes hacer una obra cómoda sobre un tema tan incómodo. Aunque cierta reacción de la prensa preguntándose por qué hay una protagonista blanca, no musulmana, considerando la trama, me enseñó mucho sobre el racismo. Mis películas me ayudan a ver mis enemigos”.

Akin tiene unos cuantos. Muchos han atacado al director por el final de En la sombra. Él responde: “Bla, bla, bla”; tampoco le importa que en Turquía le hayan calificado de “traidor” por recordar en el filme El padre el genocidio armenio: “No me lo tomo en serio”. Tanto que uno de sus próximos proyectos es un filme sobre los guerrilleros kurdos que luchan en Siria. Contraataque con la cámara, su favorito.