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Muere el escritor, crítico y editor Javier Alfaya

Presidente de la Fundación Scherzo, formó parte de redacciones míticas como ‘Triunfo’ o ‘Cuadernos para el Diálogo’

Javier Alfaya, a principios de los noventa.
Javier Alfaya, a principios de los noventa.

Javier Alfaya fue muchas cosas, pero sobre todo una: un tipo íntegro. Y esa integridad la basaba en una constante beligerancia crítica respecto a la realidad. Le precedía su amplio mentón. La sonrisa representaba en él un prólogo travieso, dispuesto a la sana controversia. Disfrutaba de la música y ejercía paciente y apasionadamente, según el caso, de melómano. Si se te antojaba consultarle algo, sabías positivamente que lo podías hacer en el hall del Auditorio Nacional o en el descanso de cualquier concierto en varios puntos de España. Supo vivir, pero al final, con esa clarividencia que marca a los grandes, también supo morir.

Así ha sido este lunes, en Madrid. Lejos de esa Galicia a la que nunca dejó de pertenecer desde que naciera en Bayona (Pontevedra), un 6 de agosto de 1939. En esa alejada España bañada por el Atlántico y marcada por la posguerra, forjó su mirada crítica y comprometida con los perdedores. Llegó a Madrid en esa olla a presión contestataria de los sesenta. La política lo marcó y militó en la izquierda con la acción y el pensamiento centrados en una urgencia colectiva: derrotar el franquismo.

Se empeñó en ello desde el periodismo. Formó parte de redacciones legendarias. Escribió para Mundo obrero, La calle, Triunfo, Cuadernos del Diálogo, Revista de Occidente… Colaboró con EL PAÍS, El Mundo, El Independiente. Firmó fuera de España en publicaciones como Le Monde Diplomatique.

Pero sus inquietudes no quedaban reducidas al periodismo diario o semanario ni al articulismo. Se adentró en la poesía, el ensayo y la novela. Dentro de esos géneros aparecieron sus poemarios Transición o La libertad, la memoria. Junto a Nicolás Sartorius publicó La memoria insumisa y más adelante, en solitario, Crónica de los años perdidos. Como novelista produjo Eminencia o la memoria finjida, Inquietud y desorden en la casa abacial y Leyenda o el viaje sentimental.

Fue la música, sin embargo, a la que se entregó en las décadas finales de su vida. Como crítico, como dinamizador, como editor"

No fue suficiente para una especie de avidez congénita. Su indómita receta como forma de estar en el mundo y una inquebrantable curiosidad intelectual lo llevaron junto a su mujer, la serena y formidable, Barbara McShane y su hijo Patrick –a quien inoculó su pasión por la música y la literatura- a traducir obra grande. Destacaron sus incursiones en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, Hemingway, Iris Murdoch, George Steiner o Salman Rushdie, entre otros.

Fue la música, sin embargo, a la que se entregó en las décadas finales de su vida. Como crítico, como dinamizador, como editor. Dirigió la colección Alianza Música en la última etapa junto a Valeria Ciompi. Lanzó obra musical y biografías de compositores desde sus funciones como presidente de la Fundación Scherzo con sellos como Antonio Machado Libros. También, dentro de ese ámbito, fundó la revista mensual Scherzo e impulsó junto a dicho círculo los ciclos musicales que dependen de la fundación.

Exploró y aunó el arte musical con la letra impresa sin descanso. Gracias a ello fundía sus dos grandes pasiones. Pero sobre todo contribuía a engrandecer y ensanchar la sabiduría de varias generaciones. Lo hizo lejos de renunciar a la auto exigencia y sin saltarse campos minoritarios como editor concienzudo. En este sentido se arriesgó con la música contemporánea apostando por volúmenes dedicados a Hans Werner-Henze, por ejemplo, o en la reivindicación de autores españoles difuminados por la diáspora, caso de Roberto Gerard, de quien lanzó una fundamental biografía escrita por Leticia Sánchez de Andrés. Su obsesión se centró en un constante esfuerzo por formar públicos más sabios, seres humanos mejores. Costará saldar la deuda de su ingente legado.