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Sánchez Mejías regresa a los ruedos

Un museo y el archivo personal del torero, escritor y amigo de los poetas del 27 abre sus puertas en Manzanares, donde recibió la cornada que acabó con su vida en 1934

En esta fotografía de fecha desconocida puede verse, de izquierda a derecha y en primera fila a Pedro Salinas, Ignacio Sánchez Mejías y Jorge Guilén. Detrás de ellos: Antonio Marichalar, José Bergamín, Corpus Barga, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Dámaso Alonso.
En esta fotografía de fecha desconocida puede verse, de izquierda a derecha y en primera fila a Pedro Salinas, Ignacio Sánchez Mejías y Jorge Guilén. Detrás de ellos: Antonio Marichalar, José Bergamín, Corpus Barga, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Dámaso Alonso.

Cuentan que, en el transcurso de una fiesta, la actriz Margarita Xirgu comunicó a Federico García Lorca que su amigo Ignacio Sánchez Mejías acababa de anunciar su regreso a los ruedos. Y que el poeta se puso blanco y dijo con voz entrecortada: “Ignacio me acaba de anticipar su propia muerte”. Poco antes, el torero escritor había dejado unas palabras premonitorias que enmarcaban bien su personalidad de fuego: “Vuelvo a los toros porque ha llegado con los años la hora de la formalidad… porque me asusta el peligro más que a nadie, vuelvo a torear”. La heterodoxa confesión puede leerse en una vitrina del nuevo Museo-Archivo Ignacio Sánchez Mejías, que abrirá sus puertas a mediados de este mes en Manzanares (Ciudad Real).

La ubicación de este pequeño templo a la memoria del matador sevillano no es caprichosa. Fue en la plaza de Manzanares donde, un 11 de agosto de 1934, Granadino —un negro zaíno manso y cornalón— enganchó en el muslo a Sánchez Mejías cuando el diestro trataba de torearlo sentado en el estribo, como solía. Falleció dos días después en Madrid como consecuencia de una gangrena. Se había negado a ser operado en la propia plaza de Manzanares, cuyos doctores pretendían amputarle la pierna. Tenía 43 años.

Cartas, fotografías, carteles, artículos de prensa, portadas de libros, proyecciones, grabaciones y enseres personales conforman este pequeño universo dedicado a su memoria. La apuesta decidida —con una inversión de 80.000 euros— por parte del Ayuntamiento de Manzanares con su alcalde Julián Nieva (PSOE) a la cabeza y la colaboración de los familiares de Sánchez Mejías, que han cedido el archivo personal del torero y escritor por un período inicial de diez años, han hecho posible este santuario dedicado a la literatura y a la Fiesta. La iniciativa ha contado con la colaboración de la Peña Taurina Ignacio Sánchez Mejías de Manzanares.

El amigo de Rafael Alberti... y de Sanjurjo

De entre los pequeños tesoros del Archivo Sánchez Mejías, Paloma Recasens destaca los manuscritos y las cartas entre su abuelo y miembros de la Generación del 27 como Lorca, Alberti, Dámaso Alonso… “Era muy amigo de Alberti pero también del general Sanjurjo; es que estaba por encima del momento político de aquella época”, explica. Un comité formado por miembros de la familia, del Ayuntamiento de Manzanares, de la Peña Sánchez Mejías y del comisario Antonio Fernández velará por la conservación del archivo y de la colección y por la organización de actividades culturales.

Obsesión por los clásicos

Pero en la deliciosa escenografía recreada en la Casa Malpica de Manzanares no es cuestión solo de un espacio expositivo, sino también de un centro de estudios destinado a la investigación y la lectura. Paloma Recasens, nieta de Ignacio Sánchez Mejías, que formalizó la cesión del archivo, habla de “un hombre de una gran cultura, autodidacta y siempre obsesionado por leer a los clásicos”.

La historia nunca hizo justicia a este personaje de tronío, un hombre de convicciones y contradicciones que fue matador de toros, dramaturgo, novelista, articulista, piloto de coches y de aviones, jinete, presidente del Betis, modelo publicitario y, sobre todo, amigo de algunos de los escritores que iban a conformar la edad de plata de las letras españolas, la Generación del 27.

Fue él, de hecho, quien junto a José María Romero urdió la célebre reunión del Ateneo de Sevilla del 17 de diciembre de 1927 que, en el 300º aniversario de la muerte de Góngora, iba a convocar a los García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego… La memoria de muchos de ellos está presente en el nuevo museo, donde también conviven dioses del toreo clásico como Joselito El Gallo, Juan Belmonte o Domingo Ortega. “Creemos que, una vez inaugurado el archivo y el museo, irán creciendo poco a poco, estarán vivos… hace unos días se pusieron en contacto con nosotros unas personas asegurando que tienen la coleta de torero de Sánchez Mejías el día de su muerte”, explica Julián Nieva, alcalde de Manzanares, mientras recorre las salas.

En una de las vitrinas puede contemplarse el libreto de Sinrazón, la obra teatral ambientada en un manicomio (Sánchez Mejías se sentía profundamente atraído por el mundo de los enfermos mentales, a quienes visitaba con asiduidad en el psiquiátrico de Miraflores, cerca de su cortijo sevillano de Pino Montano), obra que estrenó en el Teatro Calderón de Madrid en 1928; al lado, una primera edición de su novela La amargura del triunfo, la única que escribió. Enfrente, el acta de defunción de Joselito El Gallo, cuñado suyo y la persona que lo introduce en el mundo del toreo.

Sánchez Mejías, inmortalizado en el museo de Manzanares. ampliar foto
Sánchez Mejías, inmortalizado en el museo de Manzanares.

Con el sonido de campanadas a muerto como telón de fondo y los relojes de la Casa Malpica de Manzanares parados a las cinco, como en la universal elegía de Federico —Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías—, el visitante se asoma a la palabra de algunos nombres del mejor periodismo taurino refiriéndose al matador de toros bravos: “Desprecio absoluto al riesgo” (Francisco de Cossío). “Alardes suicidas” (Néstor Luján). “Ignacio no era el nuevo Papa… era el guardián del Vaticano” (Gregorio Corrochano).

Las fotografías de Melchor Díaz Pinés muestran los instantes de la embestida que, a la postre, sería fatal. Triste final de un mito en ciernes al que, además, ni siquiera le tocaba torear aquella tarde, pues había sustituido en el cartel a Domingo Ortega, víctima de un accidente de tráfico. Sánchez Mejías viajó desde Huesca, donde había toreado el día antes, hasta Manzanares: 550 kilómetros por aquellas carreteras de entonces. En la tarde fatal compartió cartel con Alfredo Corrochano, Armillita, y el rejoneador portugués Simao da Veiga.

En una de las salas, un teléfono descolgado: el teléfono de la casa de Ignacio Sánchez Mejías en Madrid, tal y como lo dejaron sus familiares cuando salieron para el hospital.

A las cinco de la tarde.

O mejor, como dejó escrito su amigo Federico:

“A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

a las cinco de la tarde”.