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CINCUENTENARIO DEL NOBEL AL AUTOR GUATEMALTECO

Regreso a Asturias

'El señor presidente' tardó 10 años en escribirse y al publicarse en 1947 representó un salto a la modernidad de la narrativa latinoamericana

Miguel Ángel Asturias en 1967, el año en que recibió el Premio Nobel.
Miguel Ángel Asturias en 1967, el año en que recibió el Premio Nobel. France press

Manuel Estrada Cabrera, el tirano de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, no era ningún prócer ilustrado como el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, recreado por Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo. Ni siquiera fue militar, requisito esencial de los caudillos que reinaron en Guatemala en la segunda mitad del siglo XIX, el más conspicuo de ellos el general Justo Rufino Barrios, cabeza de la revolución liberal de 1871. Estrada Cabrera era un abogado de segunda, del partido liberal también, quien se coló en el poder al producirse el asesinato del general Reina Barrios en 1898 y, entre mañas, fraudes y sobre todo terror, logró mantenerse en el mando hasta su derrocamiento en 1920.

Rafael Arévalo Martínez, el más joven de los modernistas centroamericanos, retrata la satrapía del Insustituible, como lo llamaban sus corifeos, en¡Ecce Pericles!, publicado en 1945, apenas dos años antes que El señor presidente. Es una crónica o reportaje intensivo que puede leerse como una novela preñada de imágenes alucinantes, y bastará con evocar una. Cuando la residencia presidencial de La Palma es bombardeada en el alzamiento que derrumba al tirano, lo acompaña hasta el último momento José Santos Chocano. Un mecanógrafo teclea, apresurado, entre el humo y la destrucción, un decreto de concesión de minas que el dictador deberá firmar a favor del poeta antes de que sea demasiado tarde. Es cuando a la poesía le salen garras.

Tampoco Más allá del golfo de México, de Aldous Huxley, publicado en 1934, es una novela, sino un libro de crónicas de viaje. Pero, otra vez, cunden las imágenes que nos enseñan los relieves fantasmales y a la vez de puro kitsch tropical de lo que fue aquella dictadura. Desde el tren bananero en marcha, Huxley ve “junto a un grupo de chozas especialmente tétricas un gran templo griego construido de cemento y calamina que dominaba el paisaje kilómetros a la redonda. Templos de Minerva los llaman… Fueron construidos por mandato dictatorial y son la contribución a la cultura nacional del difunto presidente [Estrada] Cabrera…”.

El escritor guatemalteco recibió en 1967, ahora hace medio siglo, el Premio Nobel de Literatura, antes que su íntimo amigo Pablo Neruda

Pero todo ese universo estrafalario y cruel donde se condensa con maestría es en El señor presidente, una novela construida de manera cinética, cuadro tras cuadro, que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo, el sometimiento y la adulación, una manera de representar la figura del dictador, que nunca aparece en la novela o lo hace apenas.

El enfoque se centra en el peso que su presencia siniestra tiene sobre la sociedad y sus individuos, terror y corrupción, más que en su figura misma y sus excentricidades. El Licenciado está en todas partes y no está en ninguna, pero nada se mueve sin que él lo mande o lo sepa, todo en su puño a la usanza del doctor Francia. Asturias empezó a componer esta novela tan temprano como en 1923, cuando era estudiante de Derecho y actuaba de secretario del juzgado a cargo de la causa contra el dictador que tenía su casa por cárcel. “Usted hizo muy pocos amigos en el Gobierno”, le comentó una vez, viendo que nadie lo visitaba. Y él le respondió: “Usted no entiende lo que es el poder. Yo en el Gobierno no hice amigos. Lo que tuve fueron cómplices”.

Graduado ya de abogado, Asturias se fue a París en 1923 y estudió Antropología en la Sorbona con el profesor Reynaud, especialista en cultura maya, y allá descubrió dos cosas: las raíces del universo indígena de Guatemala, que plasmaría luego en Hombres de maíz (1949), su otra novela capital, y el surrealismo, que influenció la escritura de El señor presidente, entonces en proceso de escritura. Ambas están escritas en clave de lo que se ha dado en llamar “real maravilloso”, que hace entrar en la escritura la sustancia alucinada de la tradición anónima, las verdades increíbles de la textura del mundo centroamericano compuesto de tres dimensiones revueltas: no solo lo indígena, sino también lo español y lo africano. Ese mismo aprendizaje lo haría también en París por los mismos años Alejo Carpentier, que entra también a través del surrealismo en lo real maravilloso a la lumbre del Caribe insular.

El señor presidente tardó 10 años en escribirse y cuando se publicó en 1947 representó un salto a la modernidad de la narrativa latinoamericana. Rompió los viejos cánones del realismo vernáculo edificado sobre el habla regional. La estructura narrativa y el lenguaje experimental introspectivo son evidencias de esa modernidad. Y viéndola como novela de dictador, es la primera que puede tomarse como tal, con un antecedente valioso que es Tirano Banderas, de Valle-Inclán (1926), no solo en el tiempo, pues ambas son novelas esperpénticas. Las demás de ese ciclo tardarán en llegar para presentarse casi juntas: Yo el Supremo (1974), de Roa Bastos; El recurso del método (1974), del propio Carpentier; El otoño del patriarca, de García Márquez (1975), y bastante más tarde La fiesta del chivo (2000), de Vargas Llosa.

Asturias recibió en 1967, ahora hace medio siglo, el Premio Nobel de Literatura, antes que su amigo íntimo Pablo Neruda. Es un clásico que no merece el olvido.

Sergio Ramírez, escritor nicaragüense, es Premio Cervantes 2017