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Tiempo de castigo

El historiador Gutmaro Gómez Bravo indaga en los procesos represivos aplicados por el franquismo y la normalización social de la violencia política

Presos republicanos junto a la muralla romana de d'Empúries, Girona, en 1940.
Presos republicanos junto a la muralla romana de d'Empúries, Girona, en 1940.

En la cruda lista de países con más desaparecidos, España ocupa el segundo lugar después de Camboya. Más de 114.000 personas siguen enterradas no se sabe dónde. Y por más que la mayoría de los discursos se refieran a ellas con benevolencia, de algún modo su abandono les mantiene bajo el estigma de la culpabilidad. Si esto perdura obedece a algo más que a la inacción política. Hay dos elementos capitales que cita Gutmaro Gómez Bravo, un historiador con larga experiencia en el estudio de la violencia política desplegada durante el siglo XX en España: “La apariencia de legalidad de la represión franquista” y “el grado de normalidad que alcanzaría”. En conclusión, “pasadas más de cuatro décadas de la muerte del dictador, las figuras del criminal y la víctima siguen siendo las mismas que fijó Franco”.

Este libro se adentra en esos factores que explican lo inexplicable, de la mano de testimonios de la época —no adulterados, por tanto, por el paso del tiempo—, documentos reservados, dibujos y planos extraídos de una veintena de archivos. La normalización de la represión fue tan eficaz que en aquellos lugares donde triunfó el golpe de Estado en el verano de 1936 prosperó la falsa impresión de que “aquí no pasó nada”, aunque se ejecutasen a un millar de personas como ocurrió en Ávila, una provincia sin conflictividad extrema y afín a los partidos de la derecha en las elecciones de febrero de aquel año.

Tiempo de castigo

A esta aceptación social contribuyó la telaraña tejida en la guerra y perfeccionada en la dictadura con la creación de la Dirección General de Seguridad, que asume los efectivos del activo Servicio de Información y Policía Militar, para incentivar el espionaje, la delación y el colaboracionismo. Nunca antes, sostiene Gómez Bravo, se había montado una red tan amplia con tentáculos en la sociedad civil. Se espían las cartas. Se ponen en marcha procesos “de información retrospectiva”. Se equipara al enemigo político con el social. Los vecinos elaboran fichas secretas de sus vecinos. Y, para acabar con los escrúpulos, ya estaba la Iglesia católica con su bendición de las penas a quienes se desviaban, política o socialmente, del orden impuesto en la nueva España. El castigo en nombre de Dios.

Geografía humana de la represión franquista. Gutmaro Gómez Bravo. Cátedra, 2017. 311 páginas. 20 euros