Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

En la mente del asesino

Para matar no es preciso una mente privilegiada sino crueldad, falta de empatía y una tendencia patológica a obtener placer con el sufrimiento de otros

Charles M. Manson, en 1969, saliendo del juicio en Los Ángeles.
Charles M. Manson, en 1969, saliendo del juicio en Los Ángeles. ASSOCIATED PRESS

Que el repugnante Charles Manson pueda provocar algún tipo de fascinación pop no es producto de una sociedad enferma, como se suele afirmar, sino de una suerte de romanticismo idiota que pulula en torno a los asesinos concediéndoles más misterio del que tuvieron. En general, este tipo de asesinos cuyos crímenes no responden a impulsos sino a patrones largamente acariciados desde la adolescencia no suele gozar de una inteligencia superior. Un cociente medio basta para perpetrar su hazaña y, a pesar de que tarden en ser apresados, para matar no es preciso una mente privilegiada sino crueldad, falta de empatía y una tendencia patológica a obtener placer con el sufrimiento máximo de otros, algo difícil de entender hasta para los psicópatas que no matan, que los hay. Los expertos en la materia se esfuerzan en desmentir lo que la ficción se empeña en afirmar. Revisitada con racionalidad, El silencio de los corderos, de Jonathan Demme, es una patochada de tal calibre que al segundo visionado ya se aproxima a la pura comedia: la mente del Lecter interpretado con ironía y talento por Anthony Hopkins es tan alambicada que más se parece a un Houdini que a un malvado en la vida real. Eso es lo que intentaba explicar el antropólogo canadiense Elliot Leyton cuando escribió Cazadores de humanos: desmontar con rigor científico las fantasías que tantos argumentos han proporcionado a la ficción y al periodismo y escarbar en esas razones de orden social que conducen a preguntarse por qué siendo tan escaso el número de asesinos en serie un buen porcentaje de ellos se concentra en los Estados Unidos.

Leo en la revista The New Yorker el sorprendente reportaje dedicado a Thomas Hargrove, un tipo que consideró la idea de valerse de los métodos de las ciencias sociales para practicar el periodismo, y de ser reportero de sucesos acabó organizando un archivo monumental de asesinos y víctimas de su país: 751.785 registrados desde 1976. Hargrove creó un algoritmo que ayudara a la policía a relacionar la naturaleza de ciertos crímenes, con el fin de detectar la presencia de asesinos que obedecieran a un patrón en sus fechorías. Como suele ocurrir, y esto sí que parece de película, la policía desconfió de la sabiduría del viejo reportero, pero acabó siendo fiel a la épica del cine americano: el mapa criminal de Hargrove se ha convertido en una herramienta útil.

Dado que la naturaleza de los asesinos en serie les conduce a repetir un mismo esquema de elección, secuestro y rituales con sus víctimas, la estadística viene a ser la mejor compañera para la resolución de un caso. El archivero sabe que los asesinos múltiples suelen elegir para matar un lugar distanciado de su casa para no ser reconocidos, pero no tan lejano como para sentirse perdidos. Cada año, cerca de cinco mil personas matan a alguien y no son detenidos, y un porcentaje no desdeñable de estos asesinos han matado ya antes. Sus tendencias están primorosamente clasificadas: los ángeles de la muerte que asesinan enfermos, los misioneros que acaban con personas que consideran inmorales, los perseguidores de niños… No se trata de un estudio psicológico sino numérico, pero los números son prodigiosos desvelando incógnitas.

Donde sí se habla de la psicología de estos practicantes de la maldad es en la hipnótica serie Mindhunter, que cuenta en su primera temporada cómo en los años 70 dos agentes de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, Ford y Tench, imaginaron que entrevistando a este tipo de criminales, que se iban a pudrir entre rejas o pasaban sus últimos días en el corredor de la muerte, podrían establecer esquemas de conducta que sirvieran para prevenir asesinatos. Resultaba chocante e innecesariamente generoso que alguien pensara en conceder un minuto de atención a esos monstruos que hasta los demás presos rechazaban, pero los detectives, interpretados por Jonathan Groff y Holt McCallany, no se desalentaron y a fuerza de jugar a la complicidad con estos reclusos lograron que confesaran cuáles fueron los pasos desde el simple deseo de matar a la acción criminal.

Lo más destacable de la serie es, sin duda, su falta de afectación. Se agradece. En un asunto tan escabroso como el de la ritualidad del crimen es fácil dejarse llevar por el efectismo, la muestra impúdica de la sangre, las amputaciones, los aplastamientos o las huellas de una violación, sin embargo, el director David Fincher sabe tratar la crueldad del asesino y la vulnerabilidad de la víctima sin necesidad de que el espectador se tape los ojos a cada momento. Todos los asesinos son hombres, algo que responde a la pura estadística: los varones matan diez veces más que las mujeres, pero la presencia femenina es constante, ya que buceando en las biografías de estos personajes se revela la falta de cariño y atención de la madre. También el maltrato del padre. No disculpa el crimen pero responde a un hecho cierto. También está muy presente la soledad extrema, la falta de cohesión social. Lo que retrató Hopper, sí, lo que Hitchcock copió a Hopper, sí. Y lo que Perkins interpretó.