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¿Será aquel Travolta? ¡No, es Bunbury!

El músico comienza su gira 'Expectativas' en Santander evocando aires de los setenta e impone su magistral eclecticismo

Enrique Bunbury, en un concierto en Madrid, en septiembre de 2016.
Enrique Bunbury, en un concierto en Madrid, en septiembre de 2016.

Era sábado noche y el juego de las metamorfosis al que nos tiene acostumbrados el artista bien podía llevar a confusión. Cuando apareció en escena con su traje blanco, de chaleco y pantalones de campana se produjo un extraño espejismo: ¿Será Travolta? No. Era Enrique Bunbury. Esta vez, con un guiño psicodélico a los setenta para comenzar un show en el que demostró su contundente y magistral eclecticismo encima del escenario.

Y eso que costó caldear el ambiente. A los responsables del Palacio de Deportes santanderino se les había pasado enchufar la calefacción. Debieron de pensar las autoridades locales: ¿rockeros? Que se calienten ellos… La ola de frío polar en el centro de la costa cantábrica no es para tomársela a broma. Entraba un ris helado por los vomitorios y aquello no pasaba de ser un congelador en mitad del vientre de la ballena.

A eso se asemeja el espacio donde tuvo lugar el concierto, próximo a los campos de Sport de El Sardinero, con todo el mar y sus corrientes a la espalda. Y más alrededor de las nueve de la noche, hora de despegue de una gira que llevará este invierno a Bunbury desde Santander a diversos lugares de España y América.

Tocaba presentar nuevo álbum: este Expectativas, volcado en sonidos más electrónicos que acústicos. El artista ha dejado atrás los aires latinos por ecos de escuelas más apegadas a Londres y Berlín, trufadas con letras directas, que apelan a diatribas calientes. Enfundado en su disfraz de Tony Manero, Bunbury comenzó con La ceremonia de la confusión. Fue el primero de los siete temas del nuevo disco, eje de la primera parte, sobre la que fueron cayendo La actitud correcta, Cuna de Caín, En Bandeja de plata o la brillante Parecemos tontos, que se fueron alternando con algunos anteriores, como Los inmortales.

Bunbury ha cuajado un trabajo coherente pero discordante con todo lo que le precede. Otro camino. Pronto se vería encima del escenario que aquella figura enfundada en un guiño estético a los Bee Gees tenía mucho más que ver con un David Bowie primigenio y también testamentario. Porque el sonido de su nuevo trabajo bebe de ese último suspiro del genio que fue Blackstar, guía hoy de tantos.

Tocaba presentar nuevo álbum: este Expectativas, volcado en sonidos más electrónicos que acústicos. El artista ha dejado atrás los aires latinos por ecos de escuelas más apegadas a Londres y a Berlín, trufadas con letras directas, que apelan a diatribas calientes"

Pero, sin embargo, es Bunbury. Puro Bunbury. Pocos músicos aúnan una compilación tan enciclopédica de estilos para conformar una sola personalidad. En medio de su creativa y bendita madurez, ha dejado joyas como Hellville de Luxe o Las consecuencias. Trabajos de referencia y altura para demostrar que el aragonés no tiene parangón dentro del espectro del pop hispano.

A estas alturas, ya ha transitado del gótico al cabaret, del mariachi y las rancheras a la Velvet Underground. Ha adornado el kroutrock con ecos de Camilo Sexto, Raphael y Nino Bravo. Ha evocado a Tom Waits sin olvidar la herencia de Radio Futura. No quiere perder su vitola de Jim Morrison con alma de Bowie, ni su pizca de las maneras glam que le legó Phil Manzanera cuando el miembro de Roxy Music empezó a producir discos de Héroes del Silencio

Y aun así, con todo y sobre todo, es Bunbury. El guía avizor de la modernidad, la estrella que ha sabido resistir con personalidad propia bebiendo de múltiples y distantes fuentes. El hábil constructor de un estilo que marca diferencias, con esa iconografía singular basada en una continua búsqueda camaleónica. El poeta que ha explorado un cancionero con letras proféticas, románticas y subversivas.

Cuando aquellos versos de Héroes del Silencio tomaron más cuerpo y sentido al desaparecer la banda, encarando una época de derrumbe anunciada por ellos en Deshacer el mundo o en Avalancha, fue clarificándose un enigma que bebía de Baudelaire y William Blake para desembocar hoy en una concepción orwelliana. Pero la música debe estar a la altura de esos enunciados. Y así es. Porque la exploración en Bunbury resulta un karma permanente. En Santander cabalgó desde la urgencia de sus proclamas comprometidas con el mundo en que vive, inquietas a costa de la posverdad y la prementira, de un lado a otro de su carrera.

Cuando dejó aparte la presentación de Expectativas, tiró de repertorio. En ese viaje encontramos bien lavados y peinados para su nueva puesta de largo temas legendarios de Héroes: Mar adentro, Tesoro, la visita al chiquillo que labraba una primera obra maestra como Héroe de leyenda o un Maldito duende medio vudú, entroncado con la percusión diabólica que los Rolling Stones aportaron a Sympathy for the Devil. Se iban turnando con obras de su trayectoria en solitario como El rescate, Más alto que nosotros sólo el cielo o ese himno que es De todo el mundo…

Ventilado el meollo central, Bunbury dejó el escenario junto a su banda, la más que solvente Los santos inocentes, a la que se ha unido el saxo de Santi del Campo. Pero en menos de un suspiro, reapareció para cerrar con aire de cantina mexicana y aroma de tugurio a lo Kurt Weill. Son los ecos que impregnan éxitos como El extranjero, Me calaste hondo o Que tengas suertecita… La constante, una nueva balada con guiños al Afterglow de Génesis cerró la noche. Y Bunbury puso rumbo a los parajes invernales que le tocará ahora llenar de luz con sus Expectativas.