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Los cuentos y las cuentas de la Transición

Borrell teme que los lectores del último ensayo histórico de Santos Juliá se vayan a quedar solo con “la copla de Cataluña”

Santos Julia, a la izquierda, y Borell durante la presentacion del libro 'Transición'.
Santos Julia, a la izquierda, y Borell durante la presentacion del libro 'Transición'.

“Líbrame, Dios mío, de vivir una época interesante”. La plegaria que Albert Camus atribuyó a un sabio oriental al recoger el Nobel de Literatura en 1957 parece, en el fondo, dirigida a un dios sordo. Al menos en el caso de España, cuya historia está plagada de sobresaltos. Lo que podría parecer la bendición de cualquier historiador —una época trepidante— va camino de convertirse en una pequeña maldición para Santos Juliá, quien ayer presentó su Transición (Galaxia Gutenberg) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid acompañado por Josep Borrell, exministro socialista, expresidente del Parlamento Europeo y destacado crítico del independentismo catalán.

El procés ocupa solo nueve de las 650 páginas del libro, pero la actualidad termina por imponerse a una investigación que empieza con Manuel Azaña hablando de “transición” en 1937 para clausurar la Guerra Civil, pasa por las conversaciones entre socialistas y monárquicos en los cuarenta, se detiene en el “contubernio” antifranquista de Múnich de 1962 y relata con todo el rigor los años que siguieron a la muerte de Franco. Hasta el 6 de septiembre en el Parlament aprobó la ley del referéndum ilegal.

Suárez, del suelo al cielo

A Santos Juliá, catedrático emérito de la UNED, no le gusta el sintagma ‘memoria histórica’, pero su libro servirá para reavivar los recuerdos de todos los que piensen que la Transición y Adolfo Suárez transitaron un camino de rosas en el que solo Podemos y la CUP han encontrado espinas 40 años después. “El consenso duró un año. El que duró la elaboración de la Constitución”, insiste el historiador, que ha buceado en los archivos de la época para recordar qué se dijo en su momento de unos pactos y de un presidente de Gobierno mitificados ahora por algunos de sus más duros detractores de entonces. Con la Constitución refrendada el 6 de diciembre de 1978, la oposición desenterró el hacha de guerra para “desprestigiar a Suárez” como “heredero del Movimiento Nacional” y para evitar que resucitara un consenso calificado de “puré de guisantes” en el que supuestamente se mezclaba “contubernio, rebatiña y gremialismo de parte de la clase política, y desencanto, abstencionismo, indiferencia, frustración y desconfianza de parte de los electores”. No era el 15-M, sino otro mayo: el de 1980.

Con los nacionalismos basculando entre el autonomismo y el secesionismo y con una reforma constitucional en el horizonte, resultan reveladoras, subraya Juliá, las intervenciones de políticos como Xabier Arzalluz y Jordi Pujol en las sesiones parlamentarias que en 1978 precedieron a la aprobación de la Constitución. El político peneuvista anunció que, pese a que su grupo se ausentaría de la votación final, no pretendían ni “un escapismo autodeterminatorio” ni “quitar el techo constitucional”. El catalán, de su lado, celebró el espíritu pactista que presidió la elaboración de la Ley Fundamental hasta eliminar “el clásico cliché de una España intransigente, abocada siempre a la lucha fratricida” donde “el trágala y no el acuerdo ha sido habitual en la vida colectiva”. “La solidaridad se sentía”, remachó el historiador.

Amigo de Juliá desde que ambos coincidieron en la Universidad de Stanford en 1974 y autor de Los cuentos y las cuentas de la independencia, Borrell lamentó que los lectores se vayan a quedar solo “con la copla de Cataluña” y no con el resto del ensayo. Él mismo, sin embargo, reconoció que la cuestión territorial sigue sin resolver. ¿Por qué? Por la deslealtad de los nacionalistas —“usaron la autonomía como palanca”— y por las concesiones de los partidos nacionales cuando los han necesitado para gobernar. Tampoco ha habido un relato alternativo: “Contribuyó más a la normalización de la convivencia en Euskadi el lehendakari socialista [Patxi López] que el tripartito en Cataluña. Ceder la conselleria de Educación a ERC no fue neutral ni inocente”.

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