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El demonio y la carne

Michel Franco se ha hecho un hueco en el terreno del desafío moral y social con sus obras, primas hermanas de las de Amat Escalante y Carlos Reygadas

Las hijas de Abril
Desde la izquierda, Emma Suárez, Joanna Laregui y Ana Valeria Becerril, en el filme.

LAS HIJAS DE ABRIL

Dirección: Michel Franco.

Intérpretes: Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Enrique Arrizón, Joanna Larequi.

Género: drama. México, 2017.

Duración: 96 minutos.

Entre las extraordinarias películas que Luis Buñuel creó en su etapa mexicana con apenas unos chavos y un torrente de talento, Susana (demonio y carne), de 1950, destaca por sus maquiavélicas actitudes disfrazadas de sensuales deseos. Su personaje protagonista, un clásico de la destrucción del hogar, de la corrupción de un ecosistema humano que funciona más o menos correctamente hasta que su irrupción y sus maquinaciones lo hacen tambalearse, lograba sus propósitos a través del movimiento, la lascivia y el celo. Algo que ni siquiera necesita su legítima heredera mexicana en Las hijas de Abril, que consigue semejantes ganancias sin variar un ápice la imagen de delicadeza y sensatez que despliega en su interpretación Emma Suárez. Michel Franco parece mirar a Buñuel para romperlo desde dentro con una película que huye del melodrama del español ―aquí ni siquiera hay banda sonora― y aterriza en la rigurosidad del plano fijo y la narración a plomo.

Tras la feroz Después de Lucía (2012) y la demasiado gratuita Chronic (2015), Franco presenta en Las hijas de Abril un retrato del capricho y la perversidad compuesto a partir de la caricia, que en su primera media hora, deliberadamente fría, parece un tanto desganada, pero que con dos sucesivos giros de guion gana cuerpo en su ruptura continua del tronco del árbol genealógico familiar. De las conversaciones intrascendentes, interpretadas con un distanciamiento quizá excesivo, se pasa así a una angustia juvenil a la que, sin embargo, le falta rotundidad, tanto visual como narrativa.

Con tres premios en el Festival de Cannes ―dos galardones en Una cierta mirada, por Después de Lucía y Las hijas de Abril, y uno en la sección oficial a concurso, el de guion por Chronic―, el director mexicano se ha hecho un hueco en el terreno del desafío moral y social con sus obras, primas hermanas en diversos aspectos formales de sus contemporáneos Amat Escalante y Carlos Reygadas. Pero también cabe preguntarse si en esa provocación no hay cierto truco estabilizador: o entonces, ¿por qué se elige a un actor de 23 años, que los aparenta, para interpretar a un chico de 17? Si quería una película verdaderamente hostil, ahí tenía su gran oportunidad.

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