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Una mujer en la ventana

Una noche de bodas sintetizada en dos rostros y un crescendo de dolientes lágrimas son solo algunos de los muchos detalles que invitan a aplaudir la fuerza de esta adaptación

El jardín de Jeannette
Judith Chemla y Jean-Pierre Darroussin, en 'El jardín de Jeannette'.

EL JARDÍN DE JEANNETTE

Dirección: Stephane Brizé.

Intérpretes: Judith Chemla, Jean-Pierre Darroussin, Yolande Moreau, Swann Arlaud.

Género: drama. Francia, 2016

Duración: 119 minutos.

“En el cerco doméstico de la ventana existe también un anuncio de una prisión femenina, que puede llegar a alcanzar aliento trágico”, escribía Jordi Balló en su libro Imágenes del silencio (Anagrama) a propósito del motivo visual de la mujer colocada frente a una ventana. En El jardín de Jeannette -la adaptación de Una vida, primera novela de Guy de Maupassant, que propone Stéphane Brizé- la imagen, en penumbra, de la actriz Judith Chemla, asomada a la ventana con gesto melancólico, se convierte en un motivo recurrente a lo largo de todo el metraje. Una nota única e insistente que refuerza esa de idea de cárcel femenina que va mucho más allá de la claustrofobia matrimonial: a Jeanette no solo le oprimirá la política doméstica de austeridad de un marido infiel, sino, también, los condicionamientos de clase cuando dicha clase social está de capa caída, una educación que no contempla actividades demasiado emancipadas para el sujeto femenino y, también, un amor maternofilial que acabará abriendo la puerta a una forma de parasitismo afectivo y económico.

A Brizé la parece tan relevante ese motivo como elemento rector del relato que no se conforma con adaptar la tradición iconográfica de tantas mujeres que en la pintura o el cine han mirado al fuera de campo desde una ventana, sino que decide aplicar sobre Jeanette la doble condena de encerrarla en un ancho de pantalla de formato académico (4:3) que refuerza la sensación de claustrofobia. La decisión formal genera, no obstante, sus fricciones: Brizé deja claro que la composición del plano no va a interesarle como elemento expresivo, porque lo relevante va a ser la elocuencia del gesto del actor, transmitir al espectador la impresión de que se ha infiltrado en una realidad viva y orgánica –algo que estaba ahí, que no se ha construido para el objetivo de la cámara- y, ocasionalmente, subrayar detalles sensoriales, como ese dobladillo del vestido manchado de barro.

El jardín de Jeannette opta por un modelo de narrativa fracturada y elíptica, periódicamente asaltada por el recuerdo de un luminoso paraíso perdido o la anticipación de la caída y el aislamiento. Una noche de bodas sintetizada en dos rostros y un crescendo de dolientes lágrimas, un giro dramático condensado en los planos de tres cadáveres o la lectura de las cartas maternas son solo algunos de los muchos detalles que invitan a aplaudir la fuerza de esta adaptación.

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