De granjero a cineasta, para salvar el planeta

El documental 'Gracias por la lluvia' inaugura en Madrid el Another Way Film Festival, con peliculas centradas en el progreso sostenible

Un fotograma de 'Thank you for the rain'.
Un fotograma de 'Thank you for the rain'.

Semanas de espera. Pero, al fin, diluvia. Los secarrales chapuzan, las plantas respiran y Kisilu sonríe. Porque el aguacero anuncia buenas noticias para el granjero: la larga temporada seca ha terminado. “Gracias por la lluvia”, dice Kisilu. Aunque la alegría tiene un precio. Las gotas que trajeron alivio se han llevado los tejados: una treintena de cabañas ha sido descabezada. “De un problema a otro”, reflexiona el keniano. Y de una película a otra. Hasta entonces, la joven noruega Julia Dahr pretendía rodar un corto sobre cómo afrontaba el granjero los meses de sequía. Ese día, en cambio, decidió embarcarse en algo mucho más grande: un documental que contara el cambio climático desde otra mirada. Thank you for the rain (Gracias por la lluvia) inaugura hoy viernes el Another Way Film Festival, certamen que reúne en Matadero Madrid durante tres días los filmes más concienciados sobre el progreso sostenible.

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“Creo que era una historia que no había sido contada. Hablamos mucho de los icebergs y poco de los seres humanos, o de una injusticia enorme: los que no hicieron nada por provocar el cambio climático son los más damnificados. La perspectiva de Kisilu es importante porque es también una alarma”, reflexiona Dahr por teléfono. Frente a la palabrería de Occidente sobre cómo salvar el futuro del planeta, la cineasta opone su cámara y el presente: el cambio climático ya está aquí. Y ante quien percibe con desinterés el derretimiento de un glaciar, propone un relato más cercano: el de hombres y mujeres que sufren a diario en su piel y sus cultivos las décadas de emisiones nocivas y consumismo indiscriminado de algún país lejano.

Kisilu es uno de ellos. Y por eso ha decidido redoblar su lucha. Se ha armado de paciencia y palabras, para sensibilizar a su comunidad y las aldeas cercanas sobre la importancia de una conciencia ecológica. “Nuestro problema es el cambio climático. Hay que actuar hoy. Quiero que plantéis más árboles que yo”, explica a sus vecinos ante la cámara. Y justo allí ha encontrado el otro campo de batalla: el cine.

Cuando Dahr le propuso el documental, el keniano aceptó con entusiasmo y una condición: él también grabaría. De ahí que Gracias por la lluvia mezcle amplias imágenes de la llanura africana con primeros planos cámara en mano de Kisilu; se ven sus arengas para convencer a los escépticos y sus reflexiones íntimas sobre la unión de una comunidad, mientras filma el vaivén de un hormiguero. “Para mí era importante desafiar a los estereotipos: siempre se da una imagen victimizada de África, y se dice que no hacen nada para contribuir a la solución. Sus grabaciones también permitían ver los retos psicológicos del cambio climático”, defiende Dahr.

Porque el optimismo incurable de Kisilu es sacudido una y otra vez. Cuando un huracán destruye en cuestión de segundos los proyectos de árboles que tanto le había costado levantar; cuando sus vecinos y su propia mujer ponen en duda o desafían su plan a largo plazo: el breve también importa, está lleno de obstáculos, y la lucha por el planeta no compra el pan de cada día. Y sobre todo cuando el activismo de Kisilu llega hasta los oídos de la ONU, que en 2015 le invita a la Conferencia sobre el Cambio Climático en París. Como el mito de Sísifo, el keniano consigue subir con fatiga todas sus esperanzas hasta la cumbre más alta, pero el inmovilismo político le arrastra de vuelta al barro. Ante el mayor megáfono, Kisilu descubre que su voz no se oye. “Me gustaría llevar a todos estos líderes a pasar hambre, para que entendieran qué significa”, tercia. Y eso que el encuentro se cerró con el primer acuerdo global contra el calentamiento generado por el hombre. Un paso histórico, según algunos, y demasiado corto, para otros.

“En París fue la única vez que le vi cabreado, sintió que nadie le había escuchado. Aunque él siempre cambia el foco hacia lo que puede aportar”, explica Dahr. “Si sabes hacer algo bueno, deberías aprovecharlo. Si no, el mundo entero te culpará”, lo resume Kisilu. Así que, tras la película, el keniano y la noruega se volcaron en la acción. “El filme solo es la mitad del trabajo”, asegura Dahr. Queda enseñarlo —en su web lo ofrecen por un centenar de euros a cualquiera interesado en organizar una proyección— y lograr más apoyos. Su web permite colaborar y financiar la red de aldeas y proyectos sensibles que Kisilu ha puesto en marcha en Kenya; pero Dahr confía también en que la película despierte conciencias: “Esperamos que muchos quieran sumarse a la organización y presionar a los políticos. Se puede crear un movimiento que cambie las cosas”. Semana tras semana. Gota a gota. Hasta que, al fin, diluvie.

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