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Un brindis por el teatro y la vida

Villanueva rueda y monta con gusto, posando la mirada en las reacciones, los silencios, las risas

Un fotograma de 'Los comensales'.
Un fotograma de 'Los comensales'.

"Solo papelitos. Pero yo espero. Algún día tendré una oportunidad, y sabrán quién soy. Sí, todo el mundo verá que soy una actriz, una buena actriz, una buena cómica. Yo espero, yo espero, yo espero", clamaba, como en una letanía, Christian Galvé en la secuencia inicial de Cómicos (Juan Antonio Bardem, 1954), reflexión dramática sobre la interpretación y el universo teatral, una de las grandes de nuestra historia. Una frase que vuelve a resonar cuando en Los comensales, inclasificable película documento de Sergio Villanueva alrededor del teatro, el actor Quique Fernández cuenta, como un chiste, que la frase retórica de los contestadores automáticos de los actores es "no estoy, pero puedo". La espera de los cómicos. Las dificultades del oficio. También sus grandezas. Una película brindis por la vida en, entre, para y por el teatro.

LOS COMENSALES

Dirección: Sergio Villanueva.

Intérpretes: Sergio Peris-Mencheta, Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Denise Despeyroux, Quique Fernández.

Género: documento. España, 2016.

Duración: 73 minutos.

Un director (y también actor), Sergio Peris-Mencheta, una dramaturga, la uruguaya Denise Despeyroux, y tres intérpretes, Quique Fernández, Silvia Abascal y el también autor y director Juan Diego Botto, quedan para comer en un jardín sin cerezos pero con aroma chejoviano, y son filmados por Villanueva. No se interpretan a sí mismos; son ellos mismos. Y hablan, fundamentalmente, sobre teatro, pero también sobre la vida. ¿Acaso no es lo mismo? Sin guion previo y con diálogos improvisados, se interrogan sobre la creación. Y van expulsando también sus existencias: muertes, dramas, pasiones, depresiones, miedos, inseguridades y (pocas) certezas. Salvo la de su amor por el oficio.

Villanueva, con varias cámaras, rueda y monta con gusto, posando la mirada en sus reacciones, sus silencios, sus risas. Con elipsis musicales donde la banda sonora de Mario de Benito y los encadenados de montaje, utilizando ese jardín como estancia de elocuencia lírica, hacen fluir un relato vital anclado en lo cotidiano, como en una película de Eric Rohmer o Richard Linklater.

Quizá a algunos se les corte el rollo, como en la típica reunión de pandilla, cuando suena el trovador de la guitarra, pero todas las grandes comidas tienen sus picos. Y se trata de apenas un instante en un conjunto muy interesante, en lo profesional y en lo humano. El de un grupo de seres humanos con una vocación, que casi siempre funciona como salvación, la de la creación, pero que a veces también es una condena, la de la espera.