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Un extraño caso de estudio

Esta epopeya de amor entre príncipe azerbaiyano y princesa georgiana sobre las turbulencias de la guerra acumula todo tipo de tópicos narrativos y estilísticos

'Ali & Nino'
Adam Bakri y María Valverde, en 'Ali & Nino'.

ALI & NINO

Dirección: Asif Kapadia.

Intérpretes: María Valverde, Adam Bakri, Connie Nielsen, Mandy Patinkin.

Género: drama. Azerbaiyán, 2016.

Duración: 100 minutos.

Unas crudas imágenes en vídeo doméstico muestran el remanso de una celebración de cumpleaños en un domicilio proletario de South Gate. Los jóvenes empiezan a entonar suavemente el cumpleaños feliz, hasta que, de pronto, una de las chicas brilla sobre el conjunto, se separa del grupo y desgrana sus versos con una intensidad que permite reconocer en ella a la estrella que será (aunque todavía no su destino trágico). La chica era Amy Winehouse y así arrancaba Amy (2015), el brillante documental elaborado a partir del montaje de imágenes ajenas con el que Asif Kapadia prolongó las estrategias que ya sostuvieron el excelente resultado de su previa Senna (2010). Ambos trabajos revelaban a Kapadia como autor consciente de la necesidad de aportar nuevos sentidos narrativos y dramáticos a documentos testimoniales del ingente archivo audiovisual a disposición de todo creador con un buen discurso entre manos.

En una secuencia de Ali & Nino, su última película de ficción, la cámara pasa de deleitarse con el fastuoso plumaje de un pavo real a encontrarse con una María Valverde leyendo lánguidamente un libro, apoyada en un tronco de árbol en un jardín oriental. No solo el preciosismo y la afectación de la imagen ponen en evidencia que, en esta ocasión, Kapadia se sitúa muy lejos del mundo de Amy: también suponen la constatación de que, si bien el cineasta sabe muy bien lo que hacer con las imágenes que encuentra, no parece tenerlo tan claro con las imágenes que rueda. Ni la misma sensibilidad, ni la misma inteligencia creativa de sus documentales se manifiesta en este melodrama histórico que también marca las distancias con esa opera prima, El guerrero (2001), que en su día supo ganarse el aplauso crítico.

Esta epopeya de amor entre príncipe azerbaiyano y princesa georgiana sobre las turbulencias de la guerra acumula tantos tópicos narrativos –pese a contar con todo un Christopher Hampton en su guion- y estilísticos –los subrayados musicales, las enfáticas imágenes ralentizadas- que se diría todo un extraño caso de estudio: el del cineasta que pareció envejecer cincuenta años de una película a la siguiente.