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Obituario

Muere Peter Hall, fundador de la Royal Shakespeare Company

Gran director de teatro con el perfil de un Orson Welles británico

El director de teatro Peter Hall en 1980.
El director de teatro Peter Hall en 1980.

Adorado y denostado a partes iguales, Peter Hall, gran director con el perfil de un Orson Welles británico (megalomaníaco, exuberante, adicto al trabajo y al lujo, con barbaza y sombreros de ala ancha) murió el pasado día 11 a los 86 años, víctima de una demencia que le había apartado del teatro. A los 25 ya dirigía el Arts Theatre de Londres, y se dio a conocer con el estreno en inglés de Esperando a Godot, de Beckett, que lanzó su carrera (aunque tiempo después calificó su montaje de “excesivamente decorativo”). Tennessee Williams le echó el ojo y le encargó dos puestas consecutivas: Camino real, en el 57, y La gata sobre el tejado de zinc, en el 58. Ese mismo año se encontró con su tocayo Peter Brook, el otro joven prodigio de la escena inglesa, que le abrió las puertas del Stratford Memorial Theatre, donde Hall dirigió a monstruos sagrados como Laurence Olivier (Coriolano), Peggy Ashcroft (Cymbelino) o Charles Laughton (El sueño de una noche de verano). A cambio, Hall le llamó para fundar la Royal Shakespeare Company, con sede en Stratford y sucursal londinense en el Aldwych. En los primeros sesenta, los dos Peter firmaron espectáculos que harían época: Brook dirigió una versión aérea y casi circense de El sueño de una noche de verano, y Hall marcó el nuevo sello de la casa con el ciclo shakesperiano de The War of the Roses, que adaptó con John Barton, el otro talento del tripartito.

Peter Hall se convirtió también en el gran valedor de Harold Pinter, del que bajo el paraguas de la RSC monta La colección, lo impone como dramaturgo con Regreso al hogar en 1965 (hay una estupenda versión filmada por el propio Hall con el mismo reparto del Aldwych), y se convierte en su director “de cabecera” hasta Other Places, en el National, veinte años más tarde. Las envidias se multiplican cuando Hall obtiene un nuevo éxito con el Hamlet protagonizado por el joven David Warner, y dirige un descomunal (300 intérpretes) Moisés y Aaron, de Schöenberg, en el Covent Garden. En 1968, exhausto y al borde del colapso nervioso, deja la RSC en manos de su discípulo Trevor Nunn. Pero la caja de los truenos estalla a lo grande cuando en 1973 es nombrado responsable del National Theatre en pleno mandato de Olivier. En sus monumentales Diaries (Limelight, 1985), el libro que todo director en crisis debería leer para consolarse, Hall cuenta como hubo de enfrentarse, entre otros, a la guardia pretoriana de Olivier, a los productores del West End (que le acusaron de despilfarrar dinero público), a la prensa tory (en contra desde el primer día del edificio del South Bank, que todavía estaba inacabado, y le llamaba “socialista de lujo”), a los sindicatos (que montaron varias huelgas), y a la censura (enfurecida por el montaje de The Romans in Britain, de Howard Brenton). Con la presión arterial en un perpetuo hervor, Peter Hall logró permanecer 15 años al frente del NT y dirigió 33 espectáculos, entre los que cabe destacar No Man’s Land de Pinter, con John Guielgud y Ralph Richardson, Tamburlaine el Grande de Marlowe, con Albert Finney; Amadeus, de Peter Shaffer, con Paul Scofield y Simon Callow, que saltó al West End y Broadway y le hizo millonario, o, ya con un pie en el estribo del cargo, un memorable Antonio y Cleopatra, con Judi Dench y Anthony Hopkins.

Fuera del National, donde le sustituyó Richard Eyre, creó compañía propia desde 1988 hasta 2000, con una cincuentena de montajes y repartos encabezados por figuras tan populares como Vanessa Redgrave (Orpheus Descending), Dustin Hoffman (El mercader de Venecia), Alan Bates (The Master Builder) o Jessica Lange (Un tranvía llamado deseo). Entre 2002 y 2011 se puso al frente del Theatre Royal, de Bath. Uno de sus últimos trabajos como director fue un melancólico retorno al National, en 2011, con los ochenta cumplidos, para dirigir Noche de reyes en el Cottesloe, con el rol de Viola a cargo de su hija, Rebecca Hall (a la que aplaudimos en el Español en el Cuento de invierno montado por Sam Mendes). La antorcha paterna también la comparte su hijo Edward Hall, fundador de la compañía Propeller, que nos ha visitado con frecuencia en Temporada Alta, y actual responsable artístico del Hampstead Theatre, en Londres.

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