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Literatura de verbena

“Entre los festejos irrepetibles del siglo XX están el festival de Woodstock y la fiesta mayor de Gràcia de 1977”, dice Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza en el verano de 2001.
Eduardo Mendoza en el verano de 2001.

Nunca se agradecerá bastante la influencia de las verbenas en la literatura. En agosto de 1977, hace ahora cuatro décadas, un novelista barcelonés que trabajaba como intérprete en la ONU pasó las vacaciones en su ciudad. España acaba de celebrar las primeras elecciones democráticas en demasiado tiempo, este periódico costaba 15 pesetas y el salario mínimo eran 15.000 (90 euros). El escritor, por su parte, tenía 34 años, una novela publicada y otra atascada por culpa del éxito de la primera. Era verano, se echó a la calle, terminó bailando.

Él lo cuenta así: “Fueron días de mucho calor, de mucho sudar en los bailes de la fiesta mayor del barrio de Gràcia. Me atrevo a decir que la de aquel año no se pareció a las ediciones anteriores ni a las posteriores”. Luego exagera un poco: “En el siglo XX hubo algunos festejos populares irrepetibles. Pongamos que fueron el festival de Woodstock, la fiesta mayor de Gràcia de 1977 y otro que ignoro, algo que pasaría en Birmania o en cualquier lugar remoto y secreto”. Como subraya el novelista, semanas después de aquel hito, tuvo lugar otro: la Diada del 11 de septiembre, “con un millón de personas manifestándose en Barcelona al grito de Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomía. Recuerdo que en Gràcia todo el mundo iba emporrado, dicho sea sin ánimo de relacionar una cosa con la otra, claro está”. Las circunstancias eran excepcionales: se respiraba un aire de precariedad, pero la sensación de libertad era “nueva y embelesadora”. Se intuía que aquel clima sería “flor de un día, que no podía durar. El momento sabía a gloria”.

Literatura de verbena

De vuelta a Nueva York, y sin bajar de la nube, dejó en el dique seco la novela nueva y se lanzó a escribir otra. La redactó en una semana, la metió en un sobre sin guardar copia y la mandó a su editor con un ruego: "Si no te gusta, a la papelera". El escritor, lo habrán adivinado, era Eduardo Mendoza; la novela exitosa, La verdad sobre el caso Savolta; la congelada terminaría siendo, nueve años después, La ciudad de los prodigios; el editor era Pere Gimferrer, y la novela fulgurante, El misterio de la cripta embrujada. Los recuerdos de Mendoza en el verano de 1977 los recoge el periodista Llàtzer Moix en Mundo Mendoza (Seix Barral), que, riguroso, ameno, irónico y fenomenalmente escrito, no solo es el mejor retrato de un autor difícil de atrapar (todo parece tomárselo a broma), sino también uno de los mejores libros publicados jamás sobre un literato español (incluido el que el propio Mendoza dedicó a Pío Baroja).

Sin ponerse estupendo, Moix da además con la clave perfecta para resolver el enigma que ocupa a los críticos de plantilla desde hace casi 40 años, justo desde la aparición de la Cripta en 1979: la convivencia en el último Premio Cervantes de novelas “serias” y novelas de “humor”. No se trata, explica, de obras de diferente categoría —mayores o menores— sino de distinto peso, como en el boxeo: que un peso pesado tumbe a un peso pluma “no impide que el pluma sea, en su categoría, un excelente púgil”. Misterio resuelto. A otros por menos les dieron el doctorado. Protagonizada por un detective loco —más bien loco detective— capaz de hablar como un quinqui y como un notario, aquella novela que tuvo su inspiración —o su combustible— en unas fiestas de barrio fue la primera de una serie que por ahora llega hasta El secreto de la modelo extraviada (2015).

A los fanáticos les molesta todo lo que representan fiestas así y han tratado de apagar la música de Barcelona entera

El misterio de la cripta embrujada tiene sus privilegios por ser la primera aventura de un personaje que suele publicitarse como anónimo pero que tiene nombre: Ceferino Sugrañes. Sin embargo, es posible que la mejor entrega de entre las de su peso sea La aventura del tocador de señoras. Se publicó en 2001, pero con la que está cayendo en la política nacional y comarcal es difícil no acordarse del protagonista mientras se cuela de rondón en una fiesta en la que el alcalde da un discurso para certificar, melancólico, que el tiempo vuela: “Acabamos de guardar los esquís y ya hemos de poner a punto el yate. Suerte que mientras nos rascamos los huevos la Bolsa sigue subiendo. Os preguntaréis, ¿a qué viene ahora esta declaración de principios? Yo os lo diré. Se avecinan las elecciones municipales. ¿Otra vez? Sí, majos, otra vez”.

Como si tuviera la mente en 1977, el prócer rememora luego los tiempos en que el poder le parecía un sueño: “Éramos muy jóvenes, llevábamos barba, bigote, patillas y melena, tocábamos la guitarra, fumábamos marihuana, íbamos salidos y olíamos a rayos. Algunos habían estado en la cárcel por sus ideas; otros, en el exilio”. De regreso a un presente de mordidas y comisiones, remata: “Algunos de los nuestros han vuelto a la cárcel, bien que por motivos distintos. Pero, en lo esencial, no hemos cambiado. De coche, sí; y de casa; y de partido; y de mujer, varias veces, gracias a Dios. Pero seguimos con las mismas convicciones. Y con más morro”. A veces los pesos pluma dan golpes de peso pesado. Otra cosa es no tomarse en serio cosas tan esperpénticas que parecen de risa.

La fiesta mayor de Gràcia de hace 40 años se recuerda por muchas cosas, casi todas buenas. La de este año se recordará, tristemente, porque a los fanáticos les molesta todo lo que representan fiestas así y han tratado de apagar la música de Barcelona entera.

 Mundo Mendoza, Llàtzer Moix. Seix Barral, 2006. 252 páginas. 20,50 euros.