Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

‘Los entremeses’ de Cervantes, a Gastronomía

“Coged un libro” no es una buena estrategia para incitar a leer a los niños ni para que le dejen a uno tranquilito

Dos niñas leyendo, o simulando que leen, en un parque.
Dos niñas leyendo, o simulando que leen, en un parque.

Un antiguo compañero librero, de refinado humor y sagaz talento, solía colocar Los entremeses de Cervantes en la sección de Gastronomía. También ponía entre los libros de Sexología El buen posicionamiento, un manual de marketing en boga en los primeros noventa. Tal vez la ambigua ilustración de su portada podía confundir a algún despistado, pero las expectativas se congelaban de inmediato cuando le echabas un ojo y descubrías tablas y consejos para posicionar un producto en el mercado (entonces nadie hablaba de Internet y mucho menos de su santo grial, el SEO). El caso es que ambos libros se vendían y el cliente se los llevaba esbozando una sonrisa, según aseguraba mi compañero.

Muchos años después, me acordé de él. Era verano, estaba metido en la piel descarnada del escritor noruego Karl Ove Knausgård, leyendo cómo se agobiaba en los cumples de los amiguitos del colegio de sus hijos, en los que tenía que departir con padres desconocidos, nada extraordinario pero que me tenía enganchado, cuando mis hijas empezaron a entonar la zángana letanía estival del “me aburro”. Entonces les espeté: “Coged un libro”.

“Coged un libro” no es forma de incitar a los niños a leer

Error, grave. Nunca debes obligar a que lean. Tienen que experimentar el placer, que vayan descubriendo por sí mismas el maravilloso mundo de… Sí, sí, ya, ya. ¿Qué haría mi antiguo compañero? No se me ocurrió nada, pero recordé la recomendación del filósofo Santiago Alba Rico en Leer con niños y me puse a leer en voz alta al noruego. Si se habían tragado las casi tres horas de la película Boyhood de Richard Linklater, sobre la vida de Mason entre los 6 y los 18 años, por qué no intentarlo. Aguantaron hasta que dejaron de salir los hijos del protagonista y reanudaron la búsqueda del tesoro escondido, la tablet, frente a la que pueden pasar horas siguiendo las evoluciones de una familia numerosa youtuber de Pamplona, que también se dedica a contar su vida.

Otro día puse en práctica el consejo de un compañero actual sobre la colocación casual de libros por puntos estratégicos de la casa: que se los vayan encontrando y les pique la curiosidad. Al poco, habían construido con ellos un caminito que conducía a la tablet y en el que el principal desafío era pisar sin perder el equilibrio mi tocho del escritor noruego. Se me escapó una sonrisa. Error, mayúsculo. Hace un mes, ante mi insistencia, metieron sendos libritos a las mochilas que se preparaban para ir al bendito campamento de verano. Tras volver de los días más guays de sus cortas vidas, lo único impoluto eran los libritos.

Hace unos días, en la playa, pillé al vuelo un comentario de una de mis hijas sobre lo chulo que era un cuento de Roald Dahl. Pensé: ‘debe haberlo leído por la noche, mientras los demás dormíamos, como aquel buen amigo que aseguraba haber leído todos los ensayos de Anagrama y jamás nadie le vio con uno de ellos’. “No te enteras, o no estás o estás en la parra”, me respondió la niña. La otra, tras acabar una vieja edición de Los Cinco de su madre, reconoció que se lo había pasado muy bien, pero que no hay derecho “a que los chicos sean los que tengan aventuras y corran peligros y las chicas, hala, solo a preparar la comida”. Esto último es lo único rigurosamente cierto de este artículo de autoficción.