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La Bienal de Venecia entra en su recta final con montajes de gran calado

Anna-Sophie Mahler justifica su eclecticismo con su irónico acercamiento a Wagner

Una escena de la obra 'NO43 Konts', representada en la Bienal de Venecia.
Una escena de la obra 'NO43 Konts', representada en la Bienal de Venecia.

La Bienal del Teatro veneciana entra en su recta final con llenos diarios en los teatros del Arsenale y bajo un calor calificado por meteorólogos y lugareños como feroz y casi inédito. Hay una efervescencia que la transmite el programa mismo, con sus intenciones muy claras. Antonio Latella, el director artístico, ha acertado en su debut. Buscaba acercar a los jóvenes, mantener motivada a la casi siempre rigurosa pero impredecible crítica teatral italiana y, sobre todo, sentar las bases de una etapa totalmente nueva que no oculta el intento de sellar las heridas, estéticas y funcionales, de la gestión anterior. Un programa dedicado a mujeres directoras ya planteaba retos complejos en sí mismo. Latella explica a EL PAÍS: "Ya en el cartel pongo regista [Director] a secas, libero del género al término y al reclamo, le quito intencionalmente el artículo y la personalización femenina. La creación no es genital". Y ahonda en el rol de las mujeres en este sector: "Las directoras gestionan mejor que los hombres la comunidad, el grupo; y en ellas, cuando hay ese don, está también de manera notoria la capacidad de anticipación. Pensemos cuando a Pina Bausch se la pitaba implacablemente a la hora de los saludos".

Tras el debut de las dos directoras italianas seleccionadas, Maria Grazia Cipriani y Livia Ferracchiati, cada una con tres espectáculos diferentes (esto formaba parte del ideario del programa: "Hay que dejar ver bien el proceso creativo y la evolución de la personalidad de las directoras y, para eso, un espectáculo no basta", sentencia Latella), le ha tocado el turno a Anna-Sophie Mahler con su divertimento en formato de pastiche sobre Tristan e Isolda, un relato fragmentado de su "experiencia catártica" como asistente de Christoph Marthaler en Bayreuth. Relata la propia Mahler que el director vino las primeras veces, y luego, durante seis temporadas, la joven Mahler se enfrentó sola año tras año a la reposición del título wagneriano en aquel templo; así estableció una comunicación ambigua con Wagner y el propio Bayreuth.

Esta semana de cierre (del 6 al 9 de agosto) también se verán las piezas al alimón de Suzan Boogaerdt y Bianca Van del Schoot, además de las creaciones de Claudia Bauer, y aún resuena la aceptación y el impacto que tuvo en todos la obra NO43 Konts, que dirigió Ene-Liis Semper junto a Tiit Ojasoo, con su potente suelo de fango y sus referentes transversales a la danza-teatro alemana.

Las tres últimas jornadas (del 10 al 12) estarán dedicadas al College, con prometedoras sesiones como los dos maratones de piezas breves interpretadas y creadas por los jóvenes, anunciados con una duración superior a las seis horas. Esas performances comenzarán en la tarde y se extenderán más allá del umbral de medianoche. El College, como apunta Latella, versa sobre una idea central con un tema que exhibe cierta fascinación a la vez que rechazo y polémica: mujeres creadoras, artistas, que estuvieron activas en la segunda mitad del siglo XX, suicidas (Latella lo expresa así: "Con una lupa, agrandar, ver algo, alguna cosa que se hubiera mantenido escondida o que se hubiera querido mantener en silencio"). Cada maestro del College fue invitado a escoger una de estas artistas. Por poner algunos ejemplos, Simone Derai seleccionó a Marilyn Monroe (1934-1962); la francesa Nathalei Béasse a Jean Seberg (1938-1979); Letizia Russo a la enigmática escritora Unica Zürn (1916-1970); y Anna-Sophie Mahler a la bailarina y escritora rumano-suiza Aglaja Veteranyi (1962-2002), una existencia dramática y llena de meandros.