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¡Cuidado con los herederos!

Expurgar cada verano mi caótica biblioteca me permite encontrar alguna joya olvidada como 'Anatomía de Agatha Christie', de Carolina-Dafne Alonso-Cortes

Dibujo del francés Eugene Grasset de 'La Bella Jardinera' (1896). Ampliar foto
Dibujo del francés Eugene Grasset de 'La Bella Jardinera' (1896). GETTY

1. Bibliotecas

Como cada verano, dedico un tiempo a expurgar las zonas más ignotas (segunda fila) de mi sobrecargada y caótica biblioteca. Los bibliotecarios profesionales, que también suelen realizar esa operación de limpieza estival (en Estados Unidos es típico que las bibliotecas de pueblo monten tenderetes con sus desechados en la calle), suelen designar la operación con metáforas jardineras: desbroce, weeding, désherbage. Hubo un tiempo en que me resultaba doloroso desprenderme de libros que —leídos o en espera (ilusa) de serlo— almacenaba en las estanterías. Ahora, no: me libera. Además de proporcionarme espacio, el expurgo me permite encontrar alguna joya olvidada que, rápidamente desempolvada, regresa a primera fila. Ese ha sido el destino de un librito que no veía hace mucho: Anatomía de Agatha Christie, de Carolina-Dafne Alonso-Cortes (Knossos, 1981), quien, además de bibliotecaria, ha sido novelista y, sobre todo, amante de la novela de intriga. Se trata de un breve pero completo vademécum de Agatha Christie en el que se analizan y resumen sus novelas y relatos, además de ofrecer una síntesis estupenda de sus escenarios, detectives, víctimas y móviles. Pero, para mí, lo mejor es el capítulo que dedica a las modalidades del crimen: armas de fuego, ahogamientos, “armas punzantes o cortantes”, “instrumentos contundentes” y demás; pero, sobre todo, a los venenos, a los que era tan aficionada la autora británica. He pasado un buen rato recordando algunos de esos asesinatos por envenenamiento: el ungüento ponzoñoso de La venganza de Nofret (1945), la infección por ántrax en la brocha de afeitar en Cartas sobre la mesa (1936), y el que para mí es el mejor (y más surrealista) de todos, el veneno de serpiente inyectado a una mujer en el cuello (aparentemente por medio de una cerbatana) durante un viaje de avión en Muerte en las nubes (1935). Y es que, como exclama el petulante Poirot, le crime est partout.

2. Diccionario

Si alguien ha podido suponer que Renacimiento, la editorial de Abelardo Linares, había quedado exhausta tras la publicación del monumental —y ya imprescindible— Diccionario bibliográfico del exilio republicano de 1939 (DBER), se equivoca. Los cuatro tomos (2.500 páginas, 100 colaboradores) del DBER representan la destilación de un trabajo de años del Grupo de Estudios del Exilio Literario de la Universidad Autónoma de Barcelona, y se publica bajo la dirección de Manuel Aznar Soler y José Ramón López García. En él se encuentra casi todo lo que pueda buscarse acerca de los escritores (en las cuatro lenguas oficiales de 1939), las editoriales y las revistas literarias. Me he pasado una mañana sumergido en sus páginas y saltando, cada vez más interesado, de una a otra entrada y de uno a otro tomo. Y seguiré haciéndolo; de hecho, el DBER es, desde ya, uno de mis más firmes candidatos a mejor libro del año. Por lo demás, Renacimiento no para: en su programa para otoño encuentro dos títulos que excitan particularmente mi apetito lector. De Barcelona a la Bretaña francesa (28 de agosto) es la reedición de las memorias de Luisa Carnes (1900-1964), “la sinsombrero”, una de las grandes olvidadas entre las mujeres del 27 (nada que ver con las chicas patricias de la Residencia de Señoritas); obrera, militante comunista y autodidacta, sus libros (sobre todo Tea Rooms, publicado por Hoja de Lata) constituyen una grata sorpresa. Y, por último, un inédito que me llama mucho la atención: Yo pagué a Hitler, de Fritz Thyssen (1873-1951), las memorias (dictadas) de un hombre de negocios de la célebre dinastía industrial alemana, que en 1938, tras la Kristall­nacht, cambió su apoyo absoluto a Hitler (incluyendo financiación) por la oposición radical a sus políticas, lo que le costó ser internado en Sachsenhausen y, luego, en Dachau, de donde fue liberado en 1945.

3. Herencias

Imaginemos que usted, improbable lector/a, posee una decente biblioteca personal que ha ido construyendo a lo largo de los años y en la que, como estratos geológicos, los libros indican sus intereses y preferencias (también políticas) a lo largo del tiempo. Tenga usted en cuenta que las bibliotecas nos sobreviven, de modo que, por pura previsión, acuérdese de dejar muy claras instrucciones a sus herederos. Las bibliotecas suelen ser lo primero de lo que se deshacen cuando tienen que vaciar la casa, a menos de que los deudos sean auténticos letraheridos (no se pierdan en la web del Centro Virtual Cervantes la divertida y erudita historia de este catalanismo —lletraferit— que ha escrito el académico Pedro Álvarez de Miranda). A lo largo de mi vida he ido comprando en baratillos y librerías de lance docenas de volúmenes que conservaban en las páginas de cortesía amables, sentidas, circunstanciales, agradecidas dedicatorias de sus autores a los (ya fallecidos) propietarios del libro. Una vez adquirí en una librería anticuaria de Boston un par de libros que habían pertenecido al matrimonio Marichal-Salinas. Y en mi biblioteca tengo libros dedicados a importantes escritores de la generación de posguerra y anteriores adquiridos en librerías de lance de aquí y allá. Todo lo anterior viene a cuento de mi última sorpresa al respecto: en el catálogo de la casa de subastas en la que a veces pujo (poco: no me interesan los libros “de bibliófilo”) me fijo en un par de libros (ambos primeras ediciones) regalados a Luis García Berlanga (1921-2010) por sus autores con sendas dedicatorias manuscritas; el primero es Dos días de setiembre (Seix Barral, 1962), de mi admirado Caballero Bonald, que incluye una dedicatoria cariñosa y tenía un precio de salida de 30 euros; el segundo es El Aleph (Losada, 1949), con “dedicatoria en anteportada” y que, a pesar de algunos defectillos, tenía un precio de salida de 500 euros. Ya ven, la vida.