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CRÍTICA | JULIO CÉSAR

La última cena con Bruto

El director rumano Silviu Purcarete se estrena en Almagro con un 'Julio César' inspirado

Escena del 'Julio César' representado en el Festival de Almagro.
Escena del 'Julio César' representado en el Festival de Almagro.

Julio César

Autor: Shakespeare. Dramaturgia: András Visky. Intérpretes: Zsolt Bogdán, Miklós Bács, Gábor Viola, Szabolcs Balla, Emoke Kató, Eniko Györgyjakab, Csilla Albert, Balázs Bodolai, Áron Dimény, Loránd Váta, Melinda Kántor, Loránd Farkas, Alpár Fogarasi, Sándor Keresztes, Róbert Laczkó Vass, Ervin Szucs, János Platz. Música: Zoltán Horváth. Vídeo: Cristian Pascariu. Música: Vasile Sirli. Escenografía y Vestuario: Dragos Buhagiar. Dirección: Silviu Purcarete. Producción Teatro Húngaro de Cluj.
Almagro. Antigua Universidad Renacentista, 28 y 29 de julio.

Una puesta en escena vigorosa, bruñida y atravesada por un venero poético violento. El director rumano Silviu Purcarete, celebrado en toda Europa desde que en 1995 presentara en Aviñón su Ubú rey con escenas de Macbeth, se ha estrenado en el Festival de Almagro con un Julio César sin tregua ni desperdicio, interpretado por el formidable elenco estable del Teatro Húngaro de Cluj, financiado por el Estado rumano.

Desde la irrupción del hercúleo tribuno tonante por mitad de la grada, que levantó un sorprendido murmullo general, hasta la caída del telón como un cortafuegos protector de la masacre en curso, la función va de hito en sorpresa: incluso las decisiones que pudieran parecer menos afortunadas cobran sentido pasados unos minutos. El primer acto, que tiene como terreno de juego también la platea, transcurre con la luz de sala encendida, para persuadir al público de que cuanto sucede a pueblo y senadores romanos le sucede a él.

Purcarete marida estéticas antagónicas: una composición espacial velazqueña con efectos de película de terror de serie B cuando se manifiestan los efectos de los idus de marzo. El discurso demagógico de Marco Antonio, interpretado habitualmente en vibrante crescendo, lo sirve frío, como debe servirse la venganza: diluvia aquí sobre el locuaz amigo de César y sobre una multitud harapienta empapada, que lo vitorea con gesto exhausto sin emitir sonido alguno; es el Oráculo quien, sabedor del futuro y de la recurrente torpeza humana, pone sin entusiasmo la voz que al pueblo le falta.

Tanta agua real cayó en la ficción, que refrescó el ambiente de la Antigua Universidad Renacentista: el público dejó de abanicarse mientras el pobrecito pueblo romano se abrazaba y patinaba sobre el escenario anegado para celebrar que César le había dejado en testamento sus jardines privados. En la escena anterior, mientras César les daba la réplica micro en mano, los conspiradores hicieron una melé sanguinaria en torno suyo y tras exclamar: "¡Tú también, Bruto,  hijo mío!”, el aludido le extrajo el micro como se extrae un puñal.

Otro hallazgo: la guerra entre los partidarios de los asesinos y los de Octavio, desnudos y cubiertos de talco, transcurre sobre una mesa de disección donde, amontonados, retorciéndose vivos y moribundos los unos sobre los otros, preludian todos la gusanera que pronto serán. El espectáculo causó en buena parte del público parecido impacto anímico al de un tráiler estampándose contra el escaparate de una joyería.