Crítica | Ópera
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Plácidamente

Cuesta comprender que este hombre de 76 años pueda seguir cantando como lo hace sobre un escenario, lejos del que ha sido su territorio natural durante más de medio siglo

Representación de 'Macbeth', con Plácido Domingo y la soprano Ana Pirozzi.
Representación de 'Macbeth', con Plácido Domingo y la soprano Ana Pirozzi. Javier del Real
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A Macbeth lo acosan los fantasmas, pero Plácido Domingo, aunque haya que restregarse los ojos y dar crédito a nuestros oídos, es real. Cuesta comprender que este hombre de 76 años pueda seguir cantando como lo hace sobre un escenario, lejos del que ha sido su territorio natural durante más de medio siglo, ascendiendo las mismas montañas, pero por rutas completamente diferentes: y sin oxígeno. Contaba el nonagenario Joseph Fuchs que él había logrado tocar en el escenario del Carnegie Hall a una edad a la que la mayoría de sus coetáneos no eran ya siquiera capaces de llegar hasta el Carnegie Hall. Plácido, a poco que se lo proponga, acabará haciendo suya la frase del gran violinista neoyorquino.

Que el considerado por muchos el tenor más completo de las últimas décadas haya conseguido reinventarse con éxito como barítono dice mucho de su inconformismo, de su rebeldía, de su intrepidez. Llega a Madrid con el Macbeth ya muy rodado, recién cantado en San Petersburgo, e incluso con una grabación comercial audiovisual realizada hace menos de un año en la Ópera de Los Ángeles (de la que el propio Domingo es director general) y con el mismo responsable de la dirección musical que ha venido a Madrid, su amigo James Conlon.

Plácido remeda así al gran Felice Varesi, que estrenó el papel en 1847 y que luego haría lo propio con el Giorgio Germont de La Traviata y el personaje protagonista de Rigoletto, que cantaría también en el Teatro Real de Madrid en 1853 (y el Conde de Luna un año después). Verdi le escribió: “No pararé de animarte a que estudies bien la situación dramática y las palabras; la música surgirá por sí sola. En una palabra, me place que sirvas mejor al poeta que al compositor”. Parece casi una profecía de lo que hace este nuevo Plácido, que necesita acomodarse de alguna manera la partitura a sus cualidades actuales y, sobre todo, medir mucho los esfuerzos. Apenas audible en algún concertante, y al igual que en I due Foscari hace un año, echó por fin el resto y sacó voz, sin red de seguridad, en Pietà, rispetto, amore, su aria del cuarto acto. A su lado, Anna Pirozzi lució grandes credenciales verdianas, solo empañadas por cierta tendencia a gritar algunos agudos. Su voz no es “áspera, ahogada, cavernosa” ni “diabólica”, como quería Verdi, a sabiendas de que estaba pidiendo un imposible, pero en la escena del sonambulismo, muy bien arropada por Fernando Radó y Raquel Lojendio, nos regaló uno de los mejores momentos vocales y musicales de la noche.

Verdi alertó al empresario del florentino Teatro della Pergola, donde se estrenó Macbeth, que las cosas que más habría que cuidar en su ópera serían “Coro e Machinismo”. Aquí no ha habido tramoya alguna (solo leves efectos de iluminación, tres cambios de vestuario de Pirozzi, un par de espadas, algunas coronas y poco más), pero el coro, permanentemente en escena, aunque muy dubitativo sobre cuándo tenía que sentarse y levantarse, ha estado a la altura de su reputación, a pesar de unos comienzos imprecisos en una función conducida por la batuta segura y complaciente, aunque raras veces inspirada, de James Conlon. En otra carta a Piave, su libretista, en pleno proceso de gestación de la ópera, Verdi le confesó que Macbeth “es una de las más grandes creaciones humanas”, y añadía: “Si no podemos hacer algo grande con ella, intentemos hacer al menos algo fuera de lo común”. Lo más “fuori dal comune” de lo visto y oído en Madrid ha sido el propio Plácido, centro constante de todas las miradas. Pero a pesar de la sangre derramada, de la sucesión de crímenes y del drama mayúsculo que nos presenta Verdi, muy respetuoso con la esencia del diseño dramatúrgico de Shakespeare, esta versión de concierto ha carecido de verdadera tensión teatral y ha avanzado en general plácidamente, un adverbio que, a tenor de lo apuntado más arriba, parece ya merecedor de algo más que la solitaria acepción que nos da el Diccionario de la Real Academia. La sombra del barítono Plácido es alargada.

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