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Calderón, temperamento romántico

La comedia representada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, llevada a la época romántica, inaugura con éxito la 40º edición del certamen

Un momento de la representación de 'La dama duende'.
Un momento de la representación de 'La dama duende'.

La comedia de capa y espada como pórtico del drama romántico. El nacimiento accidental de una virulenta pasión entre una viuda joven y un hombre que ni siquiera le ha visto la cara, la alegre ruptura de la unidad de espacio aristotélica, la mezcla de lo humorístico con lo grave y la bien urdida intriga de apariciones y desapariciones fantasmales que Calderón teje en torno a las alcobas de los protagonistas de La dama duende, anticipan un teatro que será moneda corriente en el siglo XIX. Por algo Goethe y sus contemporáneos reivindicaron la obra del dramaturgo madrileño hasta el punto de convertirlo en autor nacional germano, como documenta profusamente Henry W. Sullivan en El Calderón alemán.

El arrebato romántico de Marta Poveda, intérprete de Doña Ángela, sirve de catalizador de esta lograda función, que Gabriela Salaverry viste como si de un Tenorio o un Werther se tratase, siguiendo una poderosa idea rectora de Helena Pimenta. La aclimatación no es meramente cosmética: la escena entre Doña Beatriz y Don Juan está resuelta como si formara parte de una comedia lacrimosa, las intervenciones postreras del duende y su séquito evocan las entradas de las willis en el ballet Giselle; y las escenas que para los personajes suceden en oscuridad absoluta, están resueltas a la manera de la ópera china, perfectamente iluminadas para el público.

LA DAMA DUENDE

Autor: Calderón.

Versión: Álvaro Tato.

Intérpretes: Rafa Castejón, Álvaro de Juan, Marta Poveda, David Boceta, Paco Rojas, Joaquín Notario, Nuria Gallardo, Cecilia Solaguren y Rosa Zaragoza.

Asesor de verso: Vicente Fuentes.

Dirección: Helena Pimenta.

Almagro (Ciudad Real). Hospital de San Juan, hasta el 15 de julio.

Juan Gómez Cornejo crea una atmósfera propicia, de claroscuros, y un contraste oportuno entre los pasajes diáfanos y los de misterio. Esmeralda Díaz, la escenógrafa, va un oportuno paso más allá de lo que Calderón plantea, cuando, en el clímax del montaje de Pimenta, muestra a los personajes que están del otro lado, en la habitación simétrica de la de Doña Ángela, a través de dos falsos espejos, como los que se utilizan en psicología clínica para observar a los pacientes sin que ellos lo sepan. Eso propicia que Don Manuel y Cosme, el criado gracioso, actúen como títeres del fantástico retablo que maneja su ingeniosa y para ellos desconocida anfitriona.

La sugestiva gestualidad innata de Marta Poveda, idónea para el papel que da título a la pieza, resulta todavía más elocuente si cabe cuando, su rostro cubierto por un velo, tiene que fiar toda su interpretación a la expresión corporal. David Boceta es un Don Luis a lo Errol Flynn. Él y Rafael Castejón conducen sus monólogos con elocuencia, y Poveda los suyos con musicalidad. El joven Álvaro de Juan es un gracioso con gracia: hay química entre su Cosme y el Don Manuel de Castejón. Cecilia Solaguren tiene un buen ramillete de ocasiones para desplegar su proverbial vis cómica, Nuria Gallardo resuelve con oficio el papel de segunda dama y Joaquín Notario hace un barbas de libro.

Durante buena parte de la función de estreno, al aire libre, chispeó levemente, sin molestia para el público, salvo cinco minutos en los que se decidió parar porque parecía que iba a comenzar a llover de veras.