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Una memoria sentimental

No es fácil capturar el espíritu de esta película libre y lúdica, en la que el propio padre del director interactúa con dos actores

Desde la izquierda, Francesc Garrido, Teodoro Baró y Nao Albert, en el filme.

LA PELÍCULA DE NUESTRA VIDA

Dirección: Enrique Baró.

Intérpretes: Teodoro Baró, Nao Albert, Francesc Garrido.

Género: ensayo. España, 2017

Duración: 81 minutos.

Sobre las imágenes de una película doméstica en súper 8, en las que se muestra a una familia disfrutando de su ocio en un jardín con piscina privada y casa de juegos de lona, una voz femenina dice: “Desde que vendimos la casa de Begas hace unos años, a menudo tengo un sueño que se repite con bastante frecuencia”. ¿Otra manera de evocar el célebre “Anoche soñé que volvía a Manderley”? En el sueño, la familia que ha perdido su antigua casa regresa a ella cuando los nuevos inquilinos se han marchado de vacaciones. Los antiguos propietarios ocupan, de nuevo, el territorio… hasta que regresan quienes tomaron el relevo y los intrusos se ven obligados a esconderse para no ser sorprendidos. En las imágenes en súper 8, todos los miembros de la familia van desapareciendo en el interior de la casa de lona y quizá no estaría de más preguntarse si, en ese juego, hay algo de remake low-fi de Los otros (2001). La película de nuestra vida, ópera prima de Enrique Baró, tiene un arranque deslumbrante.

No es fácil capturar el espíritu de esta película libre y lúdica, en la que el propio padre del director interactúa con dos actores (Francesc Garrido y Nao Albert) en el espacio de la casa familiar, entre interferencias de viejas películas domésticas que, por textura y color, evocan dos épocas distintas: la de un abuelo que fue obsesivo recolector de imágenes que delataban su obsesión, puramente vocacional, por la puesta en escena y la dramática composición visual y la época de ese padre que sirve de puente para la heterodoxa propuesta del autor de esta película en torno a la memoria familiar y la infiltración de la forma y el estilo en la pura vida.

A lo largo de La película de nuestra vida se van sucediendo secuencias contemplativas saboteadas por un fino humor –las elipsis de pocos segundos marcadas por rótulos-, apartes coreográficos de un grupo de bañistas y espectaculares recitales de caídas cinematográficas a cargo de un especialista en un imaginativo ritual de celebración de la memoria sentimental de tres generaciones.

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