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Así se monta la Feria del Libro de Madrid

Las bambalinas de la 76ª edición de la feria que se inaugura este viernes

Feria del Libro 2017 Ver fotogalería
Antonio Almeida, de la librería Molar, se estrena este año en la Feria del Libro de Madrid.

Antonio Almeida llega a su primera Feria del Libro con lo puesto. Camisa hawaina, bermudas y una bolsa de tela al hombro con el nombre de su librería: Molar.

Luego, los expositores veteranos harán una lista con todo lo que el novato debería de haber traído para montar la caseta: cutter y guantes (para abrir las cajas de libros sin cortarse), agua (a las 10 ya hace calor), trapos (las casetas hay que limpiarlas bastante), escalerilla (para llegar a las estanterías), y toallitas de bebé “para todo lo demás”…

De momento, Antonio —uno de los nueve primerizos que se estrenan en esta 76ª edición de la Feria— se dirige, manos en los bolsillos, despreocupado y feliz, a la caseta de Organización para recoger sus llaves.

Jessica Ayuso y Marta Gómez de Cadiñanos en la caseta de la editorial Siruela, ayer durante el montaje de la Feria del Libro de Madrid.
Jessica Ayuso y Marta Gómez de Cadiñanos en la caseta de la editorial Siruela, ayer durante el montaje de la Feria del Libro de Madrid.

A pesar del aire acondicionado, la oficina prefabricada tiene el mismo espíritu transitorio de las casetas. En el centro hay un enorme tablero con unas 400 llaves numeradas que cuelgan de clavos y que dos secretarias (Rosa y Mariví, almas de la Feria) se encargan de repartir a los expositores. En una esquina, otra mujer se dedica en exclusiva a introducir en una base de datos los detalles de las 5.000 firmas que tendrán lugar en los próximos 17 días.

Antonio entrega su documentación y recoge una autorización para meter el coche en el Retiro y las llaves de la caseta 96. A la salida, un hombre reparte las manivelas para extender los toldos.

Este año, las casetas estrenan una rotulación interior porque con el toldo bajado era difícil saber dónde estabas. Más novedades: el mostrador sobresale para que las personas en sillas de ruedas se puedan acercar a los libros; las firmas además de por megafonía se anunciarán en unas pantallas, como los vuelos en un aeropuerto; por primera vez la Feria venderá merchandising en los puntos de información; y en todas las casetas habrá fibra óptica (han pasado de 1MB a 200 según la organización).

“¿Hay ya internet?”, le pregunta todo librero que pasa a Manuel Gil Espín, el director, que también es nuevo y pide paciencia. “Yo he sido expositor cuarenta años”, dice, “pero no tienes una visión global del increíble puzzle logístico que supone organizar la Feria: los generadores, los baños, los bafles, la seguridad, la ambulancia medicalizada…”. De aquellas ferias de los años setenta recuerda que el suelo, sin asfaltar, se convertía en un barrizal, y que las casetas de hierro eran un horno. “Era una feria de pueblo, simpática, pero nada comparable a lo de ahora”, dice el director, alabando a su predecesor, Teo Sacristán, por profesionalizar el evento.

En la feria trabajan unas 25 personas: las secretarias, los de prensa, los dos que reparten las 300.000 bolsas a las casetas, la docena de agentes de seguridad privados que refuerzan la vigilancia policial. “A nivel seguridad lo más delicado son las firmas”, dice Gil, que asegura que los robos no son nada habituales más allá de quien “se lleva un libro al descuido”. El seguro del contenido de las casetas, corre a cuenta de los expositores; la feria cubre la responsabilidad civil del evento. “Sin embargo, la mayoría de las incidencias”, asegura el director, “son de tipo bricolaje”.

En la caseta 96 hay una: la puerta de Antonio no cierra. Para estar aquí el socio de Molar Librería ha pagado 1.500 euros de alquiler, más unos 900 que cuesta agremiarse en Madrid. “Es una pasta, pero llevamos cinco años con la librería… y ya era hora; en la Feria se hace dinero —si no la gente no repetiría—, pero además es una cuestión de presencia”, dice el librero. “A nosotras también nos costó lanzarnos al principio, porque es un embolado”, le dicen en la vecina Panta Rhei las hermanas Ingrid y Lilo Acebal, que llevan ocho años viniendo. “Pero merece la pena a nivel ventas, a nivel darte a conocer y a nivel ver a los colegas”.

En la caseta de Organización suena por enésima vez el tono de Motörhead. Es el móvil de David Fernández, responsable del montaje; a quien llamas cuando se te rompe una puerta o no sube una persiana. Coleta, ropa de camuflaje, herramientas al cinto y en la mano, desde el sábado pasado, manojos y manojos de llaves. “La mayoría no se saben el truquito”, dice, “esto no es la puerta de tu casa, el suelo no está plano, hay que levantar, girar, abrir".

David Fernández, responsable de montaje de la Feria, con el tablero de llaves de las casetas.
David Fernández, responsable de montaje de la Feria, con el tablero de llaves de las casetas.

Hay dos tipos de casetas, las de tres y las de cuatro metros, por lo demás idénticas. Sin embargo, hay diferencias. En la de la editorial Cabaret Voltaire, Miguel Lázaro (al que le ha tocado una persiana eléctrica), comparte mostrador con Minúscula, porque no llega a los 141 títulos publicados requeridos para solicitar una caseta. Quien más tiene es el grupo Planeta, que al tener distintos sellos, puede juntar siete espacios.

Christina Linares, de la editorial y librería sevillana Renacimiento, viene a la feria desde niña con su padre. “Ya no tengo porque hacerlo, pero me encanta”, dice. Paga el doble de alquiler porque no está agremiada en Madrid y para recortar gastos, dormirá en el sofá de su hermano. Desde Sevilla ha traído cuatro palés de libros; cree que venderá uno. En la caseta de al lado, seis dependientes de La Casa del Libro se afanan en ordenar 21 palés de mercancía supervisados por José Hipólito. "Las grandes entramos en el sorteo como las demás, pero tratan de ponernos en una cabecera para que las enormes colas de nuestras firmas no molesten a los demás", dice. Este año: Fernando Aramburu y Blue Jeans. En el mostrador ya tienen listas dos cajas registradoras.

En el de la editorial Siruela tienen una caja de caudales y dos calculadoras. “Nosotras estamos siempre en la oficina, así que esto es como una excursión al campo”, dicen Jessica Ayuso y Marta Gómez de Candiñanos, encantadas de pasar unos días en contacto directo con el público, aunque suponga “un montón de curro”. Es básico, dicen, ordenar bien los 2.000 libros que caben en la caseta para luego poder gestionar los miles de clientes que pasan por allí. Justo enfrente está la que se supone que es la peor caseta: al final, sin árboles y en la acera que da el sol de tarde. “Imagina que estás en el Bernabeu con otros 100.000 y pasa una paloma y te cae justo a ti, así nos ha ido en el sorteo”, resumen sus inquilinos, los editores de la Biblioteca de Autores Cristianos Edice.

Las bambalinas de la feria son un bullicio. Gente limpiando, operarios poniendo a punto las máquinas de refrescos, contenedores de cartón rebosando de cajas, pilas de libros desordenados... En el pabellón infantil, Juanvi Sánchez y Pedro Vez están pintando los homenajes a los ilustradores portugueses que protagonizan el fantasioso estand.

De vuelta en la caseta 96, Antonio ha empezado a abrir las cajas que le han traído los de las “distris” y pelea con un albarán de cuatro páginas. Junto a su socia, les esperan dos semanas de trabajo en el que tendrán que tirar de familia y amigos para atender la librería y la caseta al mismo tiempo. A la lista de cosas que tiene que traer ha añadido una neverita con cervezas. Sus vecinas de caseta celebran la idea del novato. Antes tendrá que ordenar todos estos libros que se apilan en su mostrador y etiquetarlos con un 10% de descuento. Tiene hasta hoy viernes a las 11 para hacerlo.

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