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OPINIÓN

Un clavo para Semprún

Pocas personas tan meritorias como él escritor y extitular de Cultura para tener un retrato en el Ministerio

El ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo (d) junto a su antecesor José Ignacio Wert, durante la presentación de su retrato el pasado 14 de marzo. Ampliar foto
El ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo (d) junto a su antecesor José Ignacio Wert, durante la presentación de su retrato el pasado 14 de marzo. EFE

Leo en las páginas de este mismo periódico de hace unos días un pie de foto que dice: “El polémico regreso de Wert al Ministerio con motivo del acto de presentación de su retrato”. Si Wert hubiese sido únicamente ministro de Cultura no hubiera provocado escándalo alguno pues los ministros de este ramo son los únicos que no tienen colgadas de las paredes de la plaza del Rey retrato alguno. Solo los ministros de Cultura, cuando son colonia de Educación, Deporte o demás departamentos, tienen el privilegio de sentirse inmortales en la sede de Educación sita en la calle de Alcalá. Esa exclusión tiene un valor simbólico con respecto a la cultura en nuestro país. Un ministerio con tan bajo presupuesto que ni siquiera es capaz de honrar a quienes lo representaron. Colgar o no de una pared (excepto que el pintor sea un grande como Goya) no tiene la más mínima importancia. Contemporáneamente, para los pocos visitantes que lo puedan contemplar, traerá recuerdos melancólicos o chanzas y chascarrillos ignominiosos. Y pasado el tiempo ya pocos sabrán quién fue el retratado y el retratista.

Cuando en el 2007 llegué al Ministerio lo que menos me preocupaba era este asunto, que ni se me había pasado por la imaginación ni había reparado en él. Me di cuenta del mismo cuando amigos pintores, aprovechando la felicitación de ritual, se ofrecían para prepararme ese futuro tan halagüeño que se produce no con el nombramiento sino con el cese. Entonces fue cuando los funcionarios, ellos sí verdaderos inmortales, me pusieron al tanto de la realidad. Me desprendí entonces de los cuervos, pero reparé a cuántos ministros habría que pintar para llegar hasta mí y cuánto supondría el coste. Desde las Cortes Constituyentes, al menos según mis cálculos, había habido por lo menos once ministros de Cultura. Yo era el doce y mi sucesora (la última hasta ahora), la número trece. La mayor parte habíamos estado en Gobiernos socialistas. El partido socialista siempre ha tenido a gala mantener esta cartera cuyos santos patronos son Cervantes, Velázquez, Falla, Buñuel y tantos otros grandes artistas. Doce retratos de ministros cada uno de ellos a veinte o treinta mil euros (al menos en aquellos tiempos) suponía ya una cuantía cercana al medio millón. Decidí olvidarme del asunto. Sin embargo cuando veo que siguen subiendo a los altares gentes con más dudosos méritos que algunos de mis antiguos compañeros, me viene siempre a la cabeza el nombre de Jorge Semprún.

Fue ministro de Cultura desde el año 1988 al 1991, en la tercera y cuarta legislatura. Presidía el Gobierno de Felipe González. Semprún había sucedido a Javier Solana (él sí tiene retrato porque también lo fue de Educación y Ciencia) y el mismo Semprún sería reemplazado por Jordi Solé Tura. La presencia en esta lista de uno de nuestros más grandes escritores (aunque la mayoría de su obra esté escrita en francés) e intelectuales, testigo excepcional de la compleja historia española y europea del siglo XX, me hace pensar en que él sí debería tener una presencia en la plaza del Rey. Federico Sánchez se despide de ustedes es la historia de aquel tiempo ministerial contada con el mismo rigor, ambición de veracidad y reflexión que todos sus libros. Además —con permiso de todos los restantes ministros y ministras— para mí siempre ha sido el mejor, el que más ha honrado a nuestro país.

Semprún regresó a casa con todo su ingente bagaje para servir a la cultura española. De adolescente había salido exiliado de su ciudad natal, Madrid, donde también deberían homenajearlo. ¿Por qué no lo hice yo y ahora lo reclamo? Sencillamente por lo antes contado. Cuando Semprún salió de Madrid y de España se tendió sobre él el siempre protector y mortífero silencio administrativo. Yo, años después, lo reconocí en cierta medida entregándole a través de los hoy Reyes eméritos la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Cuando se lo comuniqué se alegró porque el galardón venía de sus raíces. “Pensé que os habíais olvidado de mí”. No era así. Lo teníamos siempre presente a través de sus libros. Pero sus obras de gestión también tenían que ser resaltadas.

El retrato de Jorge Semprún debería colgar de las paredes de la plaza del Rey acompañado, por supuesto, de una placa que recordara al autor de libros tan memorables como El largo viaje, La segunda muerte de Ramón Mercader o la Autobiografía de Federico Sánchez; además de ser guionista de algunos de los más grandes directores europeos como Resnais, Losey o Costa-Gavras. Un ministro que, además, pasó por el campo de concentración de Buchenwald. Él hacía alguna suave broma macabra recordando una y otra institución. Pocas personas tan meritorias como él para darnos prestigio a todos los demás. Desde luego este acto de homenaje no sería polémico.

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