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El avaro

Hay actores cuya presencia en una película funciona como garantía de un placer previsible que es fácil subestimar la letra pequeña de algunos trabajos

Un fotograma de la película 'Manual de un tacaño'.

MANUAL DE UN TACAÑO

Dirección: Fred Cavayé.

Intérpretes: Danny Boon, Laurence Arné, Noémie Schmidt, Patrick Ridremont.

Género: comedia. Francia, 2016

Duración: 89 minutos.

Hay actores cuya presencia al frente de cualquier película funciona hasta tal punto como garantía de un placer previsible que es fácil subestimar la casi inapreciable letra pequeña que distingue algunos de sus trabajos. La figura de Dany Boon es homologable a una marca infalible dispuesta a no defraudar nunca a sus clientes: una marca que habla de comedia popular, escasamente problemática, que se dirigirá como un cohete, a través de un encadenado de gags vaciados de toda connotación desestabilizadora, hacia un final que caerá como un bálsamo sobre plateas pobladas de espectadores que, cuando entran a una sala, lo último que buscan es buscarse problemas. Boon se ha especializado en el retrato del tipo común sin atisbo de sofisticación, a menudo con escasas luces, pero siempre con un corazón que no le cabe en el pecho. En Manual de un tacaño, encarna a un miserable que antepone su excelencia en el arte de la racanería a cualquier tipo de interacción social. Nadie querría tener a este cicatero François Gautier como vecino o pariente, pero, al mismo tiempo, uno intuye que utilizar su figura como axioma –y más con el rostro de Boon- solo puede desencadenar un previsible arco dramático de redención. Pues bien, el modo en que Manual de un tacaño cumple con esa ley y, al mismo tiempo, sabe cómo traicionarla es lo que redime a este proyecto en su integridad.

Después del levísimo flirteo con el género que había mantenido en el prólogo de la colectiva Los infieles (2012), el hasta ahora director de thrillers Fred Cavayé empieza a dibujar su primera comedia con el trazo agresivo y marcadamente caricaturesco de una historieta satírica francesa, menos preocupada por la verosimilitud que por la contundencia del gag. Por el camino hay guiños cinéfilos entre lo afortunado –la fractura del recuerdo de Pretty Woman (1990)- y lo mecánico –El resplandor (1980)- y algunas secuencias hábiles –la cena romántica en la marisquería-, pero lo realmente remarcable es ese epílogo en el que se intuye que el sentimentalismo no ha salvado a François Gautier: simplemente lo ha atrapado en una imagen.

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