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Preferiría no hacerlo

La película posee la singularidad de centrarse en la asfixia masculina en una sociedad de tradición musulmana

HEDI

Dirección: Mohamed Ben Attia.

Intérpretes: Majd Mastoura, Rym Ben Messaoud, Sabh Bouzouita, Omnia Ben Gahli.

Género: drama. Túnez, 2016

Duración: 88 minutos.

Hedi sueña con ser dibujante de historietas, pero trabaja como comercial para Peugeot y no tarda demasiado en darse cuenta de que su vida permanece encerrada por unos límites más severos que los que encierran a un personaje dibujado en el interior de una viñeta. Lo que delimita el espacio vital de Hedi –y también sus posibilidades de futuro- es el entramado de sumisiones -laborales, sociales, familiares- que condicionan la vida de todo joven tunecino mientras la promesa de la Primavera Árabe parece haberse manifestado solo en forma de ese desencanto del que también podría hablar algún joven europeo anclado en la tierra de nadie del presente. A Hedi le quita el aire el peso de la tradición –que determina su matrimonio concertado-, le oprime el yugo materno –esa mujer siempre dispuesta a utilizar los supuestos logros vitales y profesionales del hermano mayor como unidad de medida- y le coloca contra las cuerdas la presión profesional de percibir que el supuesto horizonte de progreso y libertad que le prometieron cristaliza en forma de perpetua urgencia neoliberal.

La opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia, producida por los hermanos Dardenne en lo que parece reconocimiento de una filiación directa –tanto ética como estética-, es un retrato de personaje en plena encrucijada. La película posee la singularidad de centrarse en la asfixia masculina en una sociedad de tradición musulmana, frente a tantos otros trabajos recientes que han optado por atender a la más flagrante situación de la mujer en similares contextos. Precisamente, en este juego de inversiones, será un personaje femenino –Rim, un animadora de resort turístico- quien abra las puertas de una posible emancipación de Hedi, anticipada por la propia resistencia bartlebyana de éste al tomar la decisión de desatender sus obligaciones laborales en la ciudad de Mahdia.

Con su lenguaje en perpetuo presente –la cámara inestable siguiendo en todo momento al protagonista, a la Dardenne-, Hedi corre el riesgo de parecer una película ya vista y casi preprogramada. Resultaría injusto pasar por alto los pequeños detalles que la singularizan: en especial, los trazos, aparentemente casuales, que dibujan la paradoja medular de ese Túnez donde la Primavera Árabe triunfó para mantener un pulso quizá perpetuo con el integrismo. Y, también, la meritoria labor del actor Majd Mastoura, galardonado en la pasada Berlinale, sosteniendo la muy particular alienación de este personaje en su nerviosa trayectoria hacia un desenlace que deviene realmente demoledor.

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