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Londres se zambulle en la piscina de Hockney

La Tate Britain acoge la mayor retrospectiva sobre el creador hasta la fecha

Un visitante fotografía 'Retrato de un artista (Piscina con dos figuras)', de obra de Hockney de 1972.
Un visitante fotografía 'Retrato de un artista (Piscina con dos figuras)', de obra de Hockney de 1972. AFP

Poco antes de inaugurarse la exposición, la más grande dedicada nunca a David Hockney, uno de los comisarios viajó a Los Ángeles a visitar al artista y le preguntó qué le gustaría que la gente extrajera de este estudio de seis décadas de su obra. “Un poco de alegría”, respondió Hockney, “que disfruten del mundo como yo disfruto mirándolo”.

Objetivo logrado. La gran retrospectiva de la Tate Britain es un chorro de alegría para estos tiempos revueltos. La luz lo baña todo: ilumina los campos de Yorkshire, broncea los cuerpos de los amantes, rebota en las piscinas y en las paredes acristaladas geométricas de las casas de Los Ángeles.

La exposición de David Hockney, que abarca hasta 13 salas y que ya ha batido el récord de venta anticipada de la Tate, es un disfrute de principio a fin. Pero el reto del museo fue ir más allá y destacar, a través de una colocación casi cronológica del centenar de piezas, las líneas maestras de un obra rica en temática y técnicas. Y el hilo conductor, en palabras de uno de los comisarios, Chris Stevens, es la reflexión del artista sobre “cómo vemos el mundo y cómo el artista es capaz de capturarlo en dos dimensiones”.

La intención queda clara desde la primera sala, una de las dos únicas que rompen el orden cronológico, que cuelga obras que tienen en común, explica Stevens, un cuestionamiento de los protocolos de hacer cuadros. En Modelo con autorretrato inacabado (1977), el artista se dibuja a sí mismo en el fondo del cuadro, detrás del retrato de su pareja que duerme en primer plano. Pero no se trata del propio artista, como delata el título, sino de un autorretrato inacabado apoyado en la pared.

Un ‘hockney’ para cada lector

No hace falta ser un experto en arte para reconocer su nombre, su obra y hasta su figura risueña, con su pelo despeinado, su cárdigan y sus gafas de pasta. Incluso en Reino Unido, un país acostumbrado a que los artistas invadan la cultura popular y las páginas de los tabloides, David Hockney ha vuelto a rizar el rizo. El pasado 3 de febrero el diario sensacionalista The Sun, el de mayor circulación del país, salía a la calle con su icónica cabecera reinterpretada por el artista. Un hockney para cada lector, decía el diario, que se refería al artista como “una chaval de clase obrera de Yorkshire al que le ha ido bien”.

A continuación el espectador se adentra en los años de estudiante de Hockney, entre 1959 y 1962, en los que una reveladora visita a la exposición de Picasso en la propia Tate le permitió comprender que un artista no tenía por qué limitarse a un solo estilo o una sola idea. El shock que el expresionismo abstracto provocó en los artistas europeos de la época se ve en cuadros como We two boys together clinging, de 1961, que constituye uno de sus primeros, en sus propias palabras, “actos de propaganda” del amor homosexual en un momento en que este estaba prohibido.

Las siguientes salas están consagradas a su alejamiento de la abstracción en los años sesenta y sus juegos de equilibrios entre la imaginación y la observación. Esos años deparan a Hockney un descubrimiento que habría de marcar su carrera: la ciudad de Los Ángeles, a la que viaja en 1964 y que le cautiva con sus espacios abiertos, la luz blanca del sol y el culto al cuerpo. En Peter getting out of Nick’s pool (1966), el cuerpo desnudo de su novio de entonces sale del agua mientras el sol dibuja patrones geométricos en el ventanal de la casa y en la superficie de la piscina. En otra piscina, alguien que se acaba de tirar al agua ha provocado una salpicadura, una especie de eyaculación que rompe la geometría fría de la casa, el trampolín, los bordillos y el marco como de Polaroid que rodea A bigger splash (1967), un cuadro que el tiempo ha convertido en icono.

Su obra, particularmente la de los años sesenta, ha quedado como una iconografía de las revoluciones sexuales, económicas y estéticas de una época. Tanto, que hay cosas de la realidad que se identifican con Hockney: las altísimas palmeras de Los Ángeles, las piscinas suburbiales, los aspersores de riego sobre el césped, todo eso lleva ya la firma del pintor.

Pocos artistas vivos han alcanzado un éxito tan masivo como Hockney. Y esta gran exposición, organizada en colaboración con el Pompidou y el Metropolitan, pretende ser también un reconocimiento al personaje, que este verano cumple 80 años y sigue muy activo, como demuestran la videoinstalación y los cuadros dibujados con tabletas iPad que ocupan las últimas salas de la exposición.

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