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El centenario de la Revolución Rusa trae a los zares a Holanda

El Hermitage de Ámsterdam presenta la tragedia de los Románov y la victoria de los bolcheviques en la única muestra que podrá verse en Europa Occidental

El zar Nicolás II con familia en 1914.
El zar Nicolás II con familia en 1914.

La tragedia del zar Nicolás II de Rusia y su familia simboliza la transformación histórica operada en su país en el siglo XX. Joven e inexperto a la muerte de su padre, Alejandro III, al que sucedió con 26 años, mal aconsejado por sus ministros, reacio a las reformas e incapaz, por tanto, de administrar un territorio colosal minado por la pobreza, el hambre y las desigualdades, el peso de la corona le sobrepasó. “No estoy preparado para esto. No sé nada de lo que es gobernar”, dijo, ante el cadáver de su progenitor. En el centenario de la Revolución de 1917, el Hermitage de Ámsterdam, la sucursal del legendario museo de San Petersburgo, sigue el descenso a los infiernos de la dinastía Románov y el estallido revolucionario en la única muestra de su clase para Europa occidental.

Los Románov y la Revolución es una mirada íntima a la familia de Nicolás y la zarina, Alejandra, y a sus hijos: las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, y Alexey, el zarévich, asesinados en 1918. En plena convulsión de una sociedad anclada en el feudalismo que Lenin supo galvanizar con la promesa de tres derechos fundamentales: ´paz, comida y tierra´.

De la fosa común a los altares

“La destrucción de la dinastía Románov era una obsesión para los revolucionarios. Al caer la autocracia, se creyó en Rusia con ilusión que todo sería libertad, hermandad, amor y paz sin sangre. Pero se equivocaron. A las celebraciones le siguió una horrenda guerra civil”, dice Mikhail Piotrovsky, director del Hermitage de San Petesburgo, en el catálogo de la exposición. El asesinato de los zares y sus hijos, además del resto de sus familiares, se ocultó durante la Revolución. Nicolás era primo hermano de Jorge V de Inglaterra (abuelo de la actual reina Isabel II), y el Gobierno Provisional ruso de 1917 pensó en mandarle al exilio inglés. La respuesta inicial fue que sí. Luego, Jorge V temió pagar las consecuencias de la impopularidad de su pariente y les dieron la espalda. En el año 2000, la Iglesia Ortodoxa rusa canonizó a los zares asesinados y a tres de sus hijas, encontrados en 1991 en una fosa común. Es posible que María y Alexey, hallados en 2007, lo sean el próximo año.

La pinacoteca holandesa ha reunido 250 obras de la colección de su casa madre rusa, el Archivo Estatal de Moscú y el museo de Artillería de San Petersburgo, y presenta a un Nicolás “buen padre y esposo, pero mal gobernante”.

A la sorpresa de una filmación de la boda de Nicolás y Alejandra, se suman escenas familiares en momentos de esplendor y duelo, incluido su arresto domiciliario tras la abdicación en 1917.
Junto a la foto del cadáver de Rasputín, el guía espiritual de la zarina, que le creyó sanador de su hijo hemofílico, se ven cuatro grupos de recuerdos que persiguen al visitante: los dibujos y juguetes de los hijos de los zares, que tenían entre 14 y 23 años cuando fueron ejecutados; el diario de su madre, con la última entrada fechada el 16 de julio de 1918, la noche antes del fusilamiento en el sótano de la Casa Ipátiev; una de las bayonetas usadas para rematar a la familia y a cuatro sirvientes, y muchas fotografías: de la avalancha de la coronación, en 1894, cuando el gentío hambriento se atropelló en Moscú ante un reparto festivo de comida y hubo más de un millar de muertos, a las trincheras de la I Guerra Mundial, que desangró al país y destruyó el campo.

Las dimensiones del Hermitage holandés han permitido reproducir El Pasaje, las galerías comerciales de San Petersburgo, abiertas en 1848. La recreación de sus escaparates devuelve la doble imagen de la sociedad en que se fragua la amenaza a la autoridad de los zares: a un lado, las exquisitas alhajas de Fabergé, el joyero de la nobleza y proveedor luego de armamento, o una profusión de jarrones art nouveau y delicados vestidos de seda y uniformes de gala; al otro, una resplandeciente colección de figuras de porcelana vestidas como en los distintos rincones del Imperio y carteles de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), un desastre para Moscú.

Coronado en 1894, Nicolás II llevaba una década en el poder, y la catástrofe bélica, unida al Domingo Sangriento, cuando la Guardia Imperial disparó contra una manifestación de trabajadores a las puertas del Palacio de Invierno, desencadenó la Revolución de 1905. Poco después, el zar, que preside la muestra en un retrato del pintor realista Ilya Repin, tuvo que prometer reformas constitucionales y aprobar la creación de la Duma (asamblea legislativa), que después disolvió sin pensar que eso encrespaba más a los grupos que al final le derrocaron en 1917 y llevaron a la creación de la Unión Soviética.

Superadas las galerías, el museo invita a introducirse en un túnel del tiempo blanco, negro y rojo, que entre cuadros, ilustraciones e iconos, avanza hacia la desaparición de una dinastía de 300 años.

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