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La derrota es amarga

Dos periodistas de EL PAÍS candidatos al mejor corto documental relatan su experiencia en los Goya

Goyas 2017
De izquierda a derecha, Olmo Figueredo, productor de 'The resurrection club', y los periodistas de EL PAÍS Álvaro Corcuera y Guillermo Abril.

Ahora se entiende todo. Los nervios. Las caras con un rictus cuando uno no se lleva el premio. O la sonrisa perfecta tratando de apaciguar el nudo en el estómago. Los abrazos, la explosión de felicidad. Los que tartamudean en el discurso. Pierden el hilo o lloran o dan un traspié subiendo la escalinata. Todo esto empieza a incubarse unos meses antes. Cuando uno consigue figurar entre los candidatos, el primer corte para entrar en la carrera. Y comienza el runrún en tu entorno: “Ya verás como os lo lleváis”. “Os lo merecéis”. “¡Lo sabía!”. Luego, sorpresa, te nominan, y ahí te lo empiezas a creer un poco. Se va acercando la gala. “Hay opciones”, te soplan. “Ha gustado en la Academia”. Y comienzan a preguntarte por el discurso: “Algo tendréis que preparar, ¿no?”. Y esa es la clave. Si uno lo escribe es porque piensa que quizá lo gane. Que esto va de verdad. Que igual toca subir ahí arriba, dar la cara, agradecer, disfrutar ese minuto de gloria. Y el discurso se prepara del mismo modo que uno se coloca el esmoquin y la pajarita ante el espejo. Con mimo y equilibrio.

Todo listo, llega el gran día. Y nos colamos casi como intrusos en las tripas de la gala, que se desarrolla en un gran hotel a las afueras de Madrid. Somos periodistas, hemos rodado un documental, y de pronto aquí estamos en la fiesta del cine español. A nuestra categoría, cortometraje documental, la convocan a primera hora, las seis de la tarde, cuatro horas antes de que comience el festejo. Nos hacen movernos en grupos de nominados. “Cortos, seguidnos”. Y nos guían por pasillos del hotel. Accedemos a una primera estancia. Hay fotógrafos, y sets preparados para retratar a las estrellas. Todavía no se ha dejado caer ninguno de los peces gordos. Ni almodóvares ni arévalos ni penélopes. A Bayona, en cambio, lo hemos visto hace unos minutos en la puerta, con una mochila al hombro y pendiente de sus padres.

“Corto documental, a y media en punto, listos para el photocall”. A los nominados de los cuatro cortometrajes nos guían de nuevo por el laberinto y, entre paneles, asoma la jauría de la prensa. Resulta extraño figurar a este lado de los flases y las miradas. Pertenecemos a ese otro mundo. Posamos como podemos. Sonreímos a nuestro compañero Bernardo Pérez, que nos pide algún gesto para la foto. Charlamos con los colegas de Cultura. Y nos hacemos selfies porque aún no nos lo creemos. La alfombra roja traza una ele. Fin. Ya estamos fuera.

Pasamos un par de horas esperando en la estancia de nominados. Pero en la reservada a las categorías menores de los Goya. Hay gente de documentales, largos y cortos, técnicos, músicos. El sonidista de Un monstruo viene a verme habla en una esquina, mientras da sorbitos a un vino, de su director, Bayona. Dice que le gusta llevar a su equipo al límite: “Siempre te pide más”. Es inglés y le preocupa que apenas va a poder seguir la gala en español. Nos deseamos suerte. Entre cervezas, la espera comienza a hacerse larga. Y eso acrecienta los nervios. Ahí fuera, los maestros del cine español ya comienzan a pulular entre pasillos. Salimos. Un hervidero de gente. Y empieza a subir la temperatura. Las azafatas piden que vayamos llenando la sala. Ahí vamos.

El auditorio impresiona. Un anfiteatro repleto. Otro selfie para el recuerdo. Quién sabe si volveremos algún día. Nos colocamos en nuestro asiento. Fila cinco, algo esquinados. Pero buen sitio, al lado de Raúl Arévalo, que ha empezado fuerte, llevándose el primer galardón. Eso seguro que significa algo. Los premios empiezan a volar. La gala se pasa como una película, aquí dentro resulta amena, los chistes de Rovira hacen gracia (el de Agustín Almodóvar y Psicosis, una genialidad), las carcajadas recorren el teatro, todo va más rápido de lo que uno cree, los cabezones se suceden de forma vertiginosa, mientras vibran decenas de mensajes en el móvil. “Lo importante ya lo habéis conseguido”. Y entonces sucede ese momento en el que un par de actores jóvenes presentan a los cuatro cortos documentales nominados. La pantalla se llena durante un instante con nuestra película. Y con las otras tres candidatas. Abren el sobre. Palmas de las manos sudadas, un pálpito en el corazón. Y…. Nada. Aplaudimos, damos la enhorabuena, otra vez será.

La derrota es amarga y ahora son cerca de las cinco de la madrugada. Seguimos en el hotel donde se ha celebrado la gala, pero van apagando ya las luces y la música de las salas de fiestas por las que han circulado actores y actrices, directores, guionistas, premiados y no premiados, incluso Albert Rivera, sin despertar demasiado interés, y un solicitadísimo Íñigo Errejón, que tiene que esconderse en una esquina, mientras se forma cola para darle la mano y compartir unas palabras.

Es la hora de la retirada, por los pasillos circula un actor con un goya y dos o tres botellas de alcohol bajo el brazo, de camino quizá a alguna habitación a seguir celebrando. Un tipo con suerte. Hay otro, con el esmoquin desvencijado, roncando etílico sobre una butaca. Suena Frank Sinatra en la última fiesta abierta, la de Tarde para la ira, los compinches de Raúl Arévalo, los ganadores de la velada.

Si uno lo piensa bien, la fiesta de los Goya es lo contrario a lo que se ve en la tele: un cúmulo de perdedores. El 75% de los nominados se ha ido con las manos vacías. David Trueba, que llegó a ostentar el récord de nominaciones no premiadas (11) antes de llevárselo por Vivir es fácil con los ojos cerrados, recomendó en una ocasión como terapia leer el discurso que uno iba a pronunciar en caso de haber salido. Él solía subirse a una silla. Y pronunciarlo entre risas y amigos. Así que cerramos la noche purgando la derrota. Nuestro productor en el centro. Un director a cada lado. Y ante un micrófono imaginario, comenzamos: “Muchas gracias…”. Y nos fundimos en un abrazo. Qué grande ha sido el viaje. Y qué ganas de volver a colarse de nuevo en esta fiesta. Qué felicidad, qué noche inolvidable.

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