Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Preferimos el riesgo, aunque perdamos al 80% del público”

El trío escocés Biffy Clyro actúa la próxima semana en Barcelona y Madrid

Simon Neil, líder de Biffy Clyro, en el Mad Cool Festival de Madrid en 2016.
Simon Neil, líder de Biffy Clyro, en el Mad Cool Festival de Madrid en 2016.

Hay un tatuaje que une a Biffy Clyro. Literalmente. Una serie de líneas sinuosas se enredan por los hombros del batería, Ben Johnston, se precipitan por la espalda de su hermano, el bajista James, y terminan su viaje en el muslo izquierdo de Simon Neil, cantante de la banda. “Cuando tres se convierten en uno”, escribió el grupo rock escocés junto con la imagen en las redes sociales del último dibujo pintado sobre sus cuerpos. Se trataba, al fin y al cabo, de lanzar un mensaje, al mundo y a sí mismos. Tras años de ascensos, y algún momento horribilis, Biffy Clyro estaba de vuelta, más unido que nunca.

¿Por qué Biffy Clyro?

Periodistas, fans, amigos. Demasiadas veces le han preguntado a Biffy Clyro por qué su grupo se llama así. Aburridos ante el aluvión de interrogantes, los escoces optaron por inventar historias cada vez distintas. Aquí van algunas:

_Era un jugador del equipo de fútbol de su ciudad, el Ayr United F. C.

_Era otro futbolista, finlandés, y, ojo, del siglo XVII.

_En una noche de borrachera, uno de los miembros del grupo explicó mal, mezclando los nombres, que tenía un bolígrafo del músico Cliff Richards. 

_Sería el acrónimo de "Big Imagination For Feeling Young 'Cos Life Yearns Real Optimism".

_Mezcla el apodo del espía en el que estaban inspiradas las novelas de James Bond y el nombre de una ciudad galesa donde el grupo solía veranear.

_Así se llamaba un escocés que construyó su propio cohete y fue el primer hombre de la historia en viajar al espacio.

Y así pretende demostrarlo al público español, en sus actuaciones del próximo 25 de enero en Barcelona y, al día siguiente, en Madrid. Allí llevará su directo enfurecido y su último disco, Ellipsis, todo un punto de inflexión. Grabado en Los Ángeles, en los estudios The Sound Factory por donde pasaron The Black Keys o Morrisey, se trata del séptimo álbum de un grupo que concibe los proyectos por trilogías: es decir, un nuevo inicio, tanto que los tres aparecen desnudos en posición fetal en la carátula. Y un producto peculiar, que junta uno de sus temas más heavy, Wolves of Winter, canciones country o boogie-woogie y hasta una balada pop, Rearrange, que “podría sonar como Justin Bieber”, como admitía Neil, poco antes de un concierto en noviembre en Glasgow —al que EL PAÍS fue invitado por Warner Music—.

La comparación dejará alucinados a muchos seguidores de los gritos y el furor de Biffy Clyro. Sin embargo, no es de extrañar. “Jamás querría presentar un álbum que fuera reemplazable por otro. Me gustaría que dijeran: ‘Si te ha encantado el segundo, odiarás el quinto’. Queremos que nuestros fans no sepan nunca qué vamos a hacer. Entiendo a las bandas que cogen el camino fácil y repiten el mismo disco. Pero para nosotros ser raros es más importante. Preferiríamos asumir un riesgo y perder al 80% de nuestro público”, asevera Neil. Y los tres miembros del grupo insisten una y otra vez en este concepto. Los hechos también van en esa dirección: pueden lanzar de repente un álbum de 20 canciones, como Opposites, desaparecer para un año sabático o prometer que, cuando tengan 60, seguirán saliendo desnudos al escenario.

Al revés que en El gatopardo, Biffy Clyro lo cambia todo en sus canciones para que todo cambie de verdad. Y con su caza del peligro, los escoceses quieren diplomarse en la universidad de la música. Ya han vendido millones de discos, tocado en grandes festivales y superado crisis internas. Se inspiran en Nirvana o Foo Fighters y han sido teloneros de grupos como Muse, Rolling Stones, Queens of the Stone Age o The Who. Pero aspiran a dejar su propia gran huella en el rock.

En la vida, en cambio, no han modificado casi nada. Aún residen en su Ayrshire natal, en la Escocia profunda, donde el tiempo se paró “hace décadas”. Ver a los granjeros salir cada día a partirse la espalda en los campos refuerza su convicción de esmerarse en su trabajo. “De joven, piensas que vas a dejar tu casa lo antes posible y no mirar nunca atrás. Cuando creces, te das cuenta de lo importante que es”, explica Neil. Por eso, juran, siguen siendo aquellos chavales que se conocen desde los siete años, tocaban de adolescentes ante “cuatro sesentones y un perro” y tienen las mismas novias y amigos.

“En cierto sentido, nos hemos mantenido infantiles y naífs”, defiende James Johnston. Por eso, quizás, Neil suelta una oda sentimental al poder de la música: “Claro que puede cambiar el mundo. En estos días donde la gente se vuelve más separada, puede unir y abrir las mentes. Va a sonar ridículo pero no me enteré de la violencia en Los Ángeles hasta escuchar a Black Cats. Y Rage Against the Machine te dan ganas de salir a cambiar las cosas”.

Dramas personales

En su propio camino, Biffy Clyro superó luchas dramáticas. Como cuando, la noche antes de grabar su sexto álbum, Ben desapareció. Se marchó a un bar, bebió una cerveza y su memoria fue engullida por un agujero negro. Aunque los otros dos recuerdan perfectamente cómo reapareció a la mañana siguiente: perdido y con la cara ensangrentada. Los tres amigos se sentaron, y pensaron si rendirse. Finalmente, su pasión musical y su amistad le ganaron la batalla al alcoholismo de Johnston.

“La vida puede ser un viaje duro. La gente muere, hay enfermedades, momentos buenos y pésimos. En esas situaciones, cuenta más nuestra relación que la banda. Hemos aprendido a mantener aunque sea un pelín de nosotros fuera del grupo”, enfatiza Neil. Él mismo pasó por cinco semanas de crisis artística y mental, donde el “terror” le impedía salir de casa, así como escribir canciones que le parecieran dignas. Hasta que un día compuso tres temas y se los envió a los Johnston. “Son jodidamente increíbles”, contestaron. Y así empezó Ellipsis.